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Poder y dinero en “este país”

No ha sido el neoliberalismo el que ha empobrecido el país, sino un Estado que ha enriquecido a sus gobernantes con contratos, esta vez sí espurios, con distinto tipo de socios.

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La política hoy en día es un tema muy complejo porque agrupa muchas variables. Decir que tiene que ver con el mundo de los negocios es una perogrullada. Quiero decir que es una afirmación redundante. Pero no lo es para todos. No dejamos de escuchar voces que nos ofrecen un diagnóstico sobre el estado de cosas del mundo de hoy, que difiere de la afirmación anterior sobre las relaciones obvias entre el dinero y el poder. Ante este hecho desafortunado, simulan escandalizarse.
Sostener que las relaciones entre los hombres se establecen bajo un sistema injusto y salvaje es otra banalidad. Lo es porque no es cierto. La vida no es una jungla en donde impera la ley del más fuerte. Existen los contratos, si no existieran, la civilización no hubiera siquiera nacido y el Homo sapiens menos aún.
Sin pactos no hay humanidad, queda tan sólo la animalidad. No se anula por eso ni las relaciones de fuerza ni las de dominación, pero si un contrato sólo fuera una mascarada impuesta por el más poderoso para disimular su fuerza de coerción, la historia ni siquiera sería posible. Ya que el tiempo de la historia es discontinuo y renovado por los cambios en las relaciones de poder.
Además, ¿para qué la ley si alcanza con el poder? Por eso está mal visto que los contratos no se respeten. La seguridad jurídica no es un verso, salvo para consumo interno.

La izquierda. El espíritu de la izquierda encarnada en todo tipo de relato, desde el foucaultiano al marxista o nietzcheano, no sólo hace un uso farmacéutico de grandes pensadores, sino que encubre con su recetario un discurso burgués, por su empleo en quienes ofician de conversores de ideas al servicio de una ideología para panzas llenas.
Al pueblo no se le vende con tanta facilidad un opio de tan baja calidad. Del poder no hablan los pobres porque lo conocen. Les interesa el sueldo, la seguridad, la salud, la educación de sus hijos, la posibilidad de denunciar cuando se los avasalla en sus derechos. Saben que los poderosos pueden ser impiadosos, pero sólo hablan de poder con espíritu puritano quienes lo ejercen. Las nuevas almas bellas que pululan en el espacio público han encontrado en su modo de denunciar al neoliberalismo, una coartada políticamente correcta. Saben que nuestro país es un miembro más del mercado mundial. No tienen dudas de que sólo por el hecho de poder vender y comprar bienes transables para ese mercado, los argentinos sobreviven. Saben por sus bolsillos y por sus ojos, que la economía es transnacional y que la integración no es una opción. Si sólo viviéramos con lo nuestro moriríamos de inanición. Quizás no de hambre, pero sí en la pobreza extrema o en la miseria.
La ideología argentina del vivir con lo nuestro es responsable de la decadencia de nuestro país. Se la califica de soberana cuando no es más que sometimiento. Nos autoriza a envalentonarnos para después mendigar. Nos imposibilita llegar al más mínimo sentimiento de dignidad. No es casual que siempre hablemos en términos despectivos de nuestro propio país llamándolo “éste” país, y regodeándonos en nuestras falencias.
Los discursos de la Presidenta y de su coro neocamporista no son más que revanchistas. Se justifican a sí mismos acusando a poderes monopólicos, concentrados, hegemónicos, grandes intereses, como si sólo existieran durante el kirchnerismo. Se presentan como violados por la codicia ajena. Ocultan su propio enriquecimiento y su gran poder. Tienen voceros que le hacen eco gráfico, sonoro, y visual.

Las corpos. Así como se denuncia la voracidad capitalista se recita el sermón de un estatismo victimizado por las corporaciones. Se lo hace ocultando que es gracias al Estado que han hecho grandes fortunas quienes lo ocupan transitoriamente. Empresa que se estatiza ofrece una nueva oportunidad de enriquecimiento para la llamada dirigencia.
No ha sido el neoliberalismo el que ha empobrecido el país, sino un Estado que ha enriquecido a sus gobernantes con contratos esta vez sí espurios con distinto tipo de socios. Ha creado nuevos y grandes ricos durante el Consenso de Washington, durante la Patria Grande, con dictaduras, dictablandas y democracias.
Hoy en día tiene un nombre corto: “la caja”.
Otro artilugio ideológico del relato kirchnerista es el de considerar al inversor corporativo como un colonizador, haciéndose pasar por pueblo originario. Se le pide invertir al tiempo de tildarlo por todos los micrófonos de pirata. Se habla de economía concentrada, de cartelización, de monopolios, y al mismo tiempo se viaja por todo el mundo para que las multinacionales, los fondos de inversión y la banca financiera, colaboren en el desarrollo de fuerzas productivas ya que la denostada – otro grupo social en la lista demonizada– burguesía nacional, es distinguida por su ausencia, deserción o traición.
Por lo que toda inversión que no sea hecha por el Estado y sus socios eventuales, es un veneno, un cuerpo extraño que hay que extirpar, veneno que no deja de ser considerado un antídoto necesario contra el atraso y la pobreza.
El kirchnerismo discursivo no ceja en sus embates contra los especuladores, ocultando nuevamente que la especulación no es más que un procedimiento inmanente del sistema de mercado. A la vez un mecanismo de defensa por su cálculo de anticipación, previsión, y la conciencia del factor azar en las transacciones comerciales.
Esto lo saben muy bien quienes administran el Estado argentino que no sólo falsifican las estadísticas sino que programan comprar de los privados dólares baratos y venderlos, cepo mediante, caros; son duchos en el tema quienes recaudan cifras exorbitantes por la inflación creciente y pretenden ponerle un techo a las paritarias de los empleados estatales; y más conocedores aun de este tema son los que imponen un crédito usurario incluido en los precios que llena los cofres de los bancos mientras lo disimulan con las cuotas fijas que denominan “sin interés”.
Así funciona el relato progresista de izquierda del kirchnerismo y de sus opositores del frente nacional y popular. Sólo tienen una desavenencia por un problema de patentes y de autenticidad. Decir que la línea que separa en la política es la que se marca entre quienes creen que es el Estado el que tiene la misión de la justicia económica y quienes pregonan la autonomía de los actores en el mercado, o entre izquierda y derecha, o neoliberales y socialistas, es un salvoconducto de los ilustrados de la alta burguesía.
Es una izquierda caviar y sushi hoy disfrazada de locro. El mundo es otra cosa. Sin duda que es cruel, por eso hay que ser cruel con el pensamiento, para no enmantecarlo con melaza progre

*Filósofo.
www.tomasabraham.com.ar



TomAs Abraham