COLUMNISTAS IDEOLOGIAS E IMPORTACIONES

Podhoretz y los calzoncillos mágicos

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En 1958, la revista Commentary ya era más o menos de derecha. Pagaba razonablemente. Su editor en jefe, Norman Podhoretz, vivía en un departamento en el Upper West Side y tenía ahorros como para seguir alquilándolo durante un tiempo. También tenía 28 años y un pasado progresista. Decidió renunciar a su trabajo y escribir un libro. La libertad del freelancer siempre suena más atractiva de lo que es. Dos meses después, un sábado, habiendo escrito –supongo– casi nada, Podhoretz atendió el teléfono y una chica le dijo:
—Estoy con Allen y Jack, quieren que vengas a verlos esta noche.
No reconoció la voz pero sí los nombres: Jack era Kerouac y Allen era Ginsberg. Pensó que era un chiste. Podhoretz, todavía en pijama a las 8 de la noche, no se sentía en condiciones de visitar a nadie, y menos al dúo beatnik cuyo estilo había criticado en un artículo para Partisan Review. A la chica le daba igual –si sos la novia de Kerouac, hay muchas cosas que no te importan– y le pasó el teléfono a Ginsberg, que era capaz de convencer a cualquiera de cualquier cosa.
Un par de horas después, Podhoretz tocaba el timbre de un departamento ruinoso en el East Village. Ginsberg lo recibió sentado en el piso, en posición de loto, y empezó a insultarlo. Kerouac le ofreció un porro y le explicó la situación: no les preocupaba una mala crítica sino la falta de lealtad, que no debía repetirse. Intentaron, sin éxito, recuperar a Podhoretz para el progresismo. “No importa”, le dijo Ginsberg al despedirse, “ya te vamos a cagar a través de tus hijos.”
Podhoretz cuenta esta historia de intervención y muchas similares en Ex amigos, un libro que compré hace años con la explícita intención de encontrar analogías pero sigue en mi escritorio esperando su momento, que nunca llega. No porque las analogías no sean evidentes, sino porque son demasiado fáciles. El proceso de Podhoretz, de joven idealista a adulto conservador, es un lugar común tan universal como el rechazo que fue provocando en sus amigos de izquierda (Ginsberg, Lillian Hellman, Norman Mailer y, en menor medida, Hannah Arendt). Ese rechazo fue corriéndolo más hacia la derecha. Esto pasa todo el tiempo y tiene toda la lógica del mundo. Lo que no tiene es interés, más allá de algunos chismes disfrutables. La experiencia de Podhoretz se parece a la nuestra en cuanto describe instancias de necedad y prácticas tribales de la izquierda, pero sucede en un país libre y en el universo de una intelligentzia cuyos efectos sobre la realidad son mínimos, o nulos. Si Lillian Hellman es pelotuda no pasa nada, no chocan los trenes. Lo que Podhoretz describe en sus memorias es la “grieta” que Jorge Lanata cree ver y que otros analistas menos sinceros usan como bastón para acomodarse donde les conviene. Como la conocemos de antes, pensamos que lo que pasa ahora en Argentina es lo mismo. Pero ese escenario del enfrentamiento ideológico no me termina de convencer siquiera cuando lo enuncio yo. No me alcanza, hay otra cosa.
Trascendió hace poco que el Gobierno impide la importación de, entre muchos otros ítems, ropa interior diseñada específicamente para mormones. Me dio curiosidad. Las descripciones oficiales que encontré en internet evitan toda descripción; las coloquiales hablan de “calzoncillos mágicos”. El concepto me sonaba de alguna novela de Douglas Coupland. Releyendo, lo encontré en un personaje secundario de JPod, que por motivos vagamente religiosos decide entregarse a la abstinencia sexual. En un momento prueba los calzoncillos mormones, diseñados para disimular las formas del cuerpo “de modo que si te calienta alguien, digamos, no se note”. Me pareció dar de casualidad con una metáfora tal vez más pertinente. Capas de sometimiento, una que se apila sobre otra: la prohibición que le niega al mormón el sufrimiento elegido en su error anterior (que, de este modo, se potencia). Solución no tengo. Va a llevar muchos años.

*Escritor y cineasta.



Guillermo Raffo