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Poetas malditos

Era uno de los tantos exiliados acostumbrados a la rutina gringa que al ver trazos de vitalidad en su país de origen entran en estado de euforia y experimentan sacudones de orgullo patrio.

Era uno de los tantos exiliados acostumbrados a la rutina gringa que al ver trazos de vitalidad en su país de origen entran en estado de euforia y experimentan sacudones de orgullo patrio.
Era uno de los tantos exiliados acostumbrados a la rutina gringa que al ver trazos de vitalidad en su país de origen entran en estado de euforia y experimentan sacudones de orgullo patrio. Foto:toledo

Muchos años atrás, en Lima la Fea, además de recorrer inmensos mercados repletos de mercadería contrabandeada, me encontré con un poeta que volvía de visita al país después de años residiendo en EE.UU. Llamémosle D, para proteger su integridad. Había escuchado su nombre en alguna reunión en Buenos Aires y al encontrarlo en la recepción del hotel, luchando a codazos por un rápido check in después de un vuelo nocturno en el que probablemente no hubiera dormido, reconocí la mirada desahuciada de alguien que volvía preparado para lo peor. Al notar que era extranjero y estaba igual de extenuado, D improvisó un acercamiento y me preguntó qué hacía en Lima. En cuanto le mencioné la Feria del Libro, se presentó y me dijo que Lima la Fea había sido, antes de Fujimori, una ciudad que, aunque no rivalizaba con la bohemia de Buenos Aires, conservaba un esplendor decadente: mujeres, alcohol y boleros. D no me pareció tan mayor como para haber experimentado ese esplendor. Como si me leyera la mente, me dijo que antes de irse de Perú a estudiar a EE.UU., había entrevistado a Julio Ramón Ribeyro y había sido él quien con suma nostalgia le había subrayado el encanto contradictorio de Lima.  

Después de ese diálogo, no volví a cruzarme con D durante días, y entre compromisos y el tedio que suelen acompañar las actividades oficiales de una feria, me perdí de descubrir rastros de esplendor limeño. Hasta que una mañana, como si se repitiera la misma escena de la llegada, coincidí con D en la recepción del hotel. Con un acento que no era del todo peruano, me dijo: “Fijate que me pregunté si volvería a verte… Quiero mostrarte unos bares… ¿te quedás una noche más en Lima?”.  Ante mi confirmación, entusiasmadísimo, como si hubiera encontrado un compañero para un día de camping, me dijo que nunca me arrepentiría. Quedamos en encontrarnos en ese mismo lugar a las ocho de la noche. “No faltes, la noche de Lima está en su mejor momento”.

Cuando se retiró para dar una entrevista, no pude evitar pensar que D era uno de los tantos exiliados acostumbrados a la rutina gringa que al ver trazos de vitalidad en su país de origen, entran en estado de euforia y experimentan sacudones de orgullo patrio.  No conté las horas y por poco me olvido del encuentro.  De hecho salí del hotel para comer algo cuando vi a D, esperándome en el lobby. “Amigo, temía que te perdieras esta noche”.

Durante el trayecto de diez cuadras al bar Queirolo, D se ocupó de hablar de sí mismo, de la impresión que le producía el ambiente literario limeño, de la tristeza que le inspiraban los poetas de su edad, igual de envidiosos y miserables que quince años atrás, cuando eran jóvenes y se emborrachaban hasta el amanecer.

Entramos al bar y un poco fuera de sí, D saludó hacia varias mesas. Sólo en una de ellas, un grupo de ocho hombres replicó el saludo. Al cabo de un rato yo concluí que sus pares eran una generación de poetas infrarrealistas que nunca dejaban copa sin llenar y línea sin jalar. Frente a ellos D adquiría un frenesí extraño, como de niño fascinado por un circo del que repentinamente conocía todos los entretelones: la pelea a muerte entre los enanos, la relación de la mujer barbuda y el hombre bala, el autismo encubierto del domador de fieras.  

Lo último que supe de D es que no pudo dejar Lima y que día por medio, con colegas infrarrealistas, se junta a conventillear y hablar mal de nuevas y viejas generaciones de poetas que fallan tanto en la perfección como en la imperfección más duradera.



Oliverio Coelho