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Poetas y músicos

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El mundo sigue andando, pero sigo fijado en la Feria del Libro porque este año fui cinco veces, más de lo que estuve en el resto de mi vida. Había en la feria un stand muy interesante llamado Sólidos Platónicos compartido por ocho editoriales independientes. Una tarde pasé por ahí y pude hablar con Ricardo Romero, de Aquilina, con Daniel Wolkowicz, de Wolkowicz, con Salvador Cristofaro, de Fiordo. Unos días antes, Pablo Braun me había presentado a Alejandro Lagazeta, responsable de la editorial uruguaya Criatura. Pero quería comentar las dos conversaciones más extensas que tuve en el stand y sus resultados.

La primera fue con María Eugenia Romero, poeta y editora de Letra Nómada, personaje encantador que vive en La Cumbre, donde practica algunas brujerías. Con Romero hablamos primero de sus dos maridos. El anterior fue Gabriel, legendario vendedor de la disquería El Agujerito, de quien hablé alguna vez en esta columna. Le otorgué un trofeo que se les concede a quienes conviven con personas de mal carácter. El actual marido es Remo Bianchedi, reconocido artista plástico y también poeta (no lo he tratado). Letra Nómada es una editorial sofisticada y sus libros de formato alargado le dan prestigio a cualquier biblioteca. Uno de los ases del catálogo es el portugués Gonçalo Tavares, que nació en 1970 y amenaza desde hace tiempo con ganar el Premio Nobel (al menos eso predijo su compatriota Saramago). Nunca había logrado leer a Tavares, me expulsaba después de un par de páginas. Pero María Eugenia fue persuasiva y además me regaló el último Tavares, Un viaje a la India, largo poema épico-paródico que me convenció de que ésa era mi vía de acceso al escritor. Tanto me convenció que días más tarde compré tres libros más de él. Leí el más corto y más temprano, Historias falsas, compuesto por fábulas y parábolas filosóficas correctas, a veces ingeniosas pero un poco escolares. Luego me puse con los otros libros y leí un poco de cada uno. No hubo caso. Tavares me volvió a parecer un profesor puesto a escribir que mira desde arriba la crueldad del mundo y los instintos de los hombres pero cuya frialdad, si se me permite, me deja frío. No sé cómo decirle esto a María Eugenia.

La otra charla fue con Leandro Donozo, de Ediciones Gourmet Musical, individuo muy entusiasta, quien me desafió con una teoría que merece ser atendida. Decía Donozo que quienes escriben sobre cultura se niegan a considerar la música y se la dejan a los especialistas, mientras que de otros temas hablan con todo desparpajo. Y que él no veía la razón por la cual la gente se siente intimidada cuando en un libro hay un pentagrama.

Me regaló Proust músico, de Jean-Jacques Nattiez, que prueba largamente su punto. Después de consultar una bibliografía enorme (de Proust parece haberse dicho todo), Nattiez sostiene que la estructura de La recherche está inspirada en Wagner y en Schopenhauer. Apoyando la idea de Donozo, queda claro que aunque Proust no era músico, hacía mucho más con el arte musical que asistir a conciertos o citar compositores, pero sin necesidad de entrar en tecnicismos. Convencido ahora de que es posible leer sobre música, me gustaría sugerirle a Donozo que consulte con su vecino Wolkowicz para que el diseño tipográfico de los libros de su editorial sea más armonioso.



Quintín