COLUMNISTAS ESCENARIO ELECTORAL

Política blanda, realidad dura

Macri enfatiza su identidad de contracara del autoritarismo kirchnerista. Entre desafíos de campaña y de largo plazo.

NUDO GORDIANO, Roberto Baradel.
NUDO GORDIANO, Roberto Baradel. Foto:TEMES

La situación política ha sido redefinida: el Gobierno se apresta a confrontar en un año electoral. El campo en el que se librará la contienda no es una pradera llana ni un terreno de césped sembrado: es un territorio confuso, ante el cual todos los contendientes parecen sufrir las mismas incertidumbres. Hay un oficialismo, representado bien por el presidente Macri y por la gobernadora Vidal, que cuenta con algunos dirigentes de fuste en varias provincias, pero en muchas otras carece de referentes fuertes. Hay un espacio ambiguo, poblado de híbridos –opositores “suaves” como Massa o Stolbizer, oficialistas “duros” como Carrió–, que despiertan confianza en buena parte de la población y complican las estrategias electorales de todos. Hay un peronismo desgastado, ninguno de cuyos dirigentes  –ni siquiera Cristina de Kirchner– es hoy un foco de confianza para grandes sectores de la población, se definan o no como kirchneristas. Es un territorio político blando, sin una estructura sólida.

Está claro que el Gobierno busca plantear la contienda electoral en términos de oficialismo vs. kirchnerismo. Dentro del espacio electoral más afín al Gobierno muchos se preguntan por qué le recurrencia a referir todo lo que sucede al gobierno anterior. La respuesta es que es ese contraste el que define la identidad de este gobierno: es la antípoda del kirchnerismo, no es otra cosa; ésa es la amalgama que une a una masa bastante heterogénea de votantes que difícilmente coincidirían en un programa explícito de un país distinto. Por suerte para el Gobierno, muchos de los referentes kirchneristas y otros peronistas que no lo son –como, entre otros, los hoy protagónicos dirigentes sindicales– aceptan ese desafío y procuran convencer a los votantes de que “antes estaban mejor”.  Siguen la misma lógica de la campaña de Menem en 2002: “¿Te acordás de los 90?”; la gente se acordaba, pero Menem no superó el 25% de los votos. Hoy parece suceder lo mismo: es posible que muchos estuviesen mejor en 2015 que hoy, es posible que tengan buena memoria, pero no quieren volver a aquello. Punto. Allí reside la fuerza del macrismo.

El analista Ian Bremmer –un lúcido seguidor de la escena geopolítica del mundo actual– sostiene que el gobierno de Donald Trump se caracteriza por tres rasgos negativos: su incompetencia, los conflictos de intereses en los que se ve involucrado y su autoritarismo. La incompetencia y los conflictos de intereses son rasgos universales; el autoritarismo, en EE.UU., es un atributo inviable para legitimar un gobierno. La reacción en el país del Norte no la lidera la clase política –apabullada por el último proceso electoral y desconcertada ante lo que sucede– sino una opinión pública que empieza a reaccionar espontáneamente y la vieja guardia del periodismo y los medios de prensa que van recuperando gradualmente un lugar protagónico del que parecían desalojados. En estas mismas páginas de Perfil, Jorge Fontevecchia viene analizando este fenómeno en el que los “viejos” medios vuelven a liderar un mercado que se les iba de las manos, en tiempos en que la actual cultura simétrica de emisores y receptores de mensajes parecía dejar definitivamente atrás el mundo de la prensa profesional.

Semejanzas y diferencias.Esos modelos de análisis se aplican a la Argentina. La incompetencia y los conflictos de intereses son huesos duros de roer que afectan al gobierno de Macri. En cambio, en el plano del autoritarismo reside una de sus mayores fortalezas: Macri es la alternativa que la sociedad encontró para salir de la variante autoritaria que era el kirchnerismo, y tiene sentido que insista en diferenciarse de aquellas situaciones que encarnan más gráficamente la propensión autoritaria de la sociedad argentina. Y aquí, como en todas partes, los medios de prensa hacen su trabajo, enfrentando las vicisitudes del mercado y de la tecnología. Un trabajo que consiste no en complacer a los gobernantes, sino en informar sobre lo que ocurre y lo que se dice en la calle. Pero aquí, como en EE.UU., los viejos medios parecen volver a entrar en sintonía con el público, como lo demuestran los índices de ventas que se mueven en alza.

A esa compleja constelación de factores le falta un ingrediente que será decisivo para el desarrollo de los acontecimientos: la economía y la situación social. Es la realidad ante la cual la sociedad expresa sus quejas. El Gobierno necesita desesperadamente que la economía se reactive y la situación social mejore. Esta realidad argentina presenta problemas perdurables ante los cuales el mundo entero se declara perplejo. Uno de ellos es el sostenido declive del país en casi todos los indicadores concebibles, a lo largo de los últimos setenta u ochenta años, atravesando gobiernos de todos los tipos y todos los colores. Algo debe cambiar en la matriz estructural de la Argentina para que el país pueda despegar. Si el gobierno de Macri no está dispuesto a atacar esos problemas desde sus raíces más duras es previsible que las cosas no vayan a mejorar, por lo menos no sostenidamente. Ese es un desafío mayúsculo. Porque, al mismo tiempo, el Gobierno necesita un humor social aceptable para acompañar el proceso electoral de este año.

El otro problema consuetudinario de la Argentina es el desajuste entre el desempeño –a menudo sobresaliente– de sus miembros individuales y el subóptimo desempeño colectivo de esos mismos individuos cuando forman organizaciones. No hay mejor evidencia de eso que nuestro fútbol: cuna de talentos sobresalientes, de jugadores emblemáticos que pueblan el mundo, y a la vez incapaz de organizar una asociación de fútbol razonablemente eficiente y transparente, de sostenerse en esas organizaciones llamadas clubes de fútbol que puedan representar, sin opacidad, proyectos y voluntades de producir un deporte y un espectáculo dignos de las calidades individuales que, a veces, consiguen salir a la cancha.

Esa es la Argentina que el Gobierno debería tratar de mejorar.