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Política y omnipotencia

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Un hecho concreto: Cambiemos ganó las elecciones en segunda vuelta y por un margen estrecho. Determinar cómo influyeron las presencias de Aníbal Fernández primero y de Carlos Zannini después, o definir cuántos votos fueron en contra de y no a favor de, queda para los politólogos. Pero ambos son factores cuya incidencia no puede soslayarse.
Otro hecho concreto: Cambiemos es minoría en Diputados y en Senadores.

La realidad definida por esos dos simples hechos concretos exige que muchas decisiones controvertidas necesiten el apoyo de otros actores del escenario político. Por eso, no parece prudente descalificarlos ni –mucho menos– ignorarlos y actuar como si no existieran.

Buena parte de las críticas a Duran Barba, el exitoso gurú de las estrategias de campaña de PRO/Cambiemos, tiene que ver con ese proceder. Lilita lo hizo en su momento (mi gobierno comunica mal). Sanz, poco después (la política no es seguir encuestas). Hace pocas semanas, Monzó (tiene muy poca idea de la realidad política argentina). Los tres alertan desde una visión política que el ecuatoriano descalifica.

El aporte positivo de JDB es indiscutible: la no presentación de Macri en 2011, la candidatura de Vidal, el no acuerdo con Massa, sostenidos contra el sentido común político, son algunos de sus sólidos aciertos. Pero ignorar cualquier cuestionamiento y suponerse omnipotente es extremadamente riesgoso.
En PERFIL del 30/04 (“El mejor equipo del continente”) JDB señala: “Las campañas del PRO fueron una academia en la que se formaron políticos y consultores… Nunca estudié una experiencia de comunicación política más exitosa que ésta”.

De inmediato plantea desafiante: “Si alguien conoce una experiencia semejante o mejor, me gustaría invitarlo para que la exponga en nuestra facultad”. Como si no hubiera reparado en que las críticas se referían a las comunicaciones de la etapa de gestión y no a las previas, de las campañas electorales.

Más tarde (PERFIL 24/07, “Enseñanzas del convento”) descalifica críticas señalando que las encuestas dicen que Mauricio Macri tiene mejor imagen que el porcentaje de votos que tuvo en la segunda vuelta. Lo llamativo es que ese comentario parece desconocer que esos indicadores positivos de imagen estaban descendiendo. (Por otra parte, y desde “el rigor científico”, dudo que la distribución geográfica de las encuestas sea comparable a la del padrón electoral que generó los votos). En la misma nota también se afirma: “Si Mauricio se dedicaba a recitar la lista de desastres de los K, le habría faltado tiempo para gobernar”. Afirmación tan poco objetiva como las que él mismo descalifica con razón en sus críticos. ¿No es extremo sostener que describir la herencia recibida… ¡hubiera impedido gobernar!?

¿Cuál es el problema, entonces? Carlos Pagni (La Nación, 12/12, “Una sucesión de derrotas obliga a recalcular”) lo señala claramente: una regla de oro de Duran Barba. El líder debe poner el foco en la opinión pública y desdeñar las preferencias de la dirigencia, el dichoso “círculo rojo”. Pero –advierte con acierto Pagni– administrar requiere de jueces, sindicalistas, legisladores y otros integrantes de ese círculo.

Frente a este delicado desafío, la ceocracia puede contribuir con una metodología usada frecuentemente al evaluar alternativas: abandonar la tiranía del “o” y abrazar la potencia del “y”. Es decir, no limitarse solamente a considerar “esto o aquello”; sino tener en cuenta “esto y también aquello”.

¡Claro que es fundamental no caer en las trampas de la vieja política! Pero tampoco es razonable ignorarla completamente. La inteligencia es incorporar todo: escuchar a la gente, sin descalificar al círculo rojo. Conciliar y potenciar. No hacerlo podría ser causa de complicaciones políticas. Precisamente como las que ha empezado a enfrentar el presidente Macri.

*Aliado estratégico.

Martin Gauto