COLUMNISTAS PARODIAS

Políticas de la crueldad

En una tira de Mafalda, la niña camina con su amiga Susanita. Se cruzan con esa constante visual del paisaje de la ciudad de Buenos Aires: un grupo de mendigos o familia paupérrima (no me acuerdo bien).

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En una tira de Mafalda, la niña camina con su amiga Susanita. Se cruzan con esa constante visual del paisaje de la ciudad de Buenos Aires: un grupo de mendigos o familia paupérrima (no me acuerdo bien). Mafalda dice: “Me parte el alma ver gente pobre”. Susanita le contesta: “A mí también”. Mafalda: “Habría que darles de comer, ropa, trabajo”. Sigue, creo recordar, un cuadrito en blanco hasta que Susanita remata: “Para qué tanto, bastaría con esconderlos”.

Cuando eran apenas dos jóvenes ambiciosos que actuaban en sótanos porteños, Carlos Perciavalle y Antonio Gasalla grabaron un disco (1971) con algunas de sus mejores canciones y monólogos. El de Carlos Perciavalle (Los pobres) comenzaba diciendo algo así como: “Qué barbaridad... ¿Ustedes saben por qué pasan estas cosas espantosas en este país, viste, estos siniestros crueles? ¿Quiénes tienen la culpa de que haya devaluaciones, que aumente todo, que venga la revolución? ¡La gente pobre, m’hija! Si son la mayoría, viejo. Cada vez hay más, ¿viste? Esa gente es de lo peor... Siempre vestidos con esos colores tan deprimentes... Mandan a sus chicos a colegios del Estado gratis, donde no va nadie conocido, ¿cómo pueden?”.

La década del 70 imaginaba, a través de esas voces, cómo piensa la clase “alta” y, al hacerlo, revelaba su propio imaginario y la distancia incomunicable de ambos imaginarios. La relación de clase implica siempre el desconocimiento radical del otro.

El monólogo de Perciavalle acaba de ser modelo (voluntario o no) del audio de la doctora de Nordelta que se queja de sus vecinos porque toman mate, juegan con el perro y gritan: cosas de pobres. La relación entre ambos discursos queda subrayada por el uso de una palabra totalmente fuera de registro y del uso actual: “cache” (equivale a “grasa”, pero incorpora la sonoridad del kitsch, tan productivo durante los 60 y 70).

Las reacciones a ese audio han sido mayormente de condena: pensar así es ejercer una violencia social inesperada. Los mejores comentarios vinieron de otras mujeres que a la parodia inicial agregaron las suyas: la Negra Vernaci y Verónica Llinás dieron rienda suelta a su desenfreno y produjeron piezas hilarantes.

Pero en esa cadena de parodias (Perciavalle parodiaba el espíritu de la clase, la doctora de Nordelta parodiaba a Gasalla, Vernaci y Llinás parodiaban a la doctora de Nordelta) algo se pierde: la posibilidad de pensar lo otro.