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Pólvora

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A Salman Rushdie lo obligaron durante años a vivir en la clandestinidad por su libro Los versos satánicos. El cineasta Theo Van Gogh fue asesinado por haber filmado la película Sumisión, que ponía en entredicho la forma en que eran tratadas las mujeres en la cultura islámica. En 2005 se desató una ola de violencia contra las caricaturas publicadas por el diario danés Jyllands Posten. Hace unos días Francia fue conmovida por la masacre en la redacción de Charlie Hebdo. Tres millones de personas y una decena de presidentes salieron a las calles de París en defensa del sistema democrático y la libertad de expresión. Cristina Kirchner esquivó la reunión. Aún peor, Luis D’Elía (quien no por casualidad habría sido el nexo entre la Argentina e Irán para canjear petróleo por impunidad, según la denuncia del malogrado fiscal Nisman) se declaró en contra de la marcha.

La inquisición o la quema de brujas dan cuenta de que cuando la religión católica tuvo poder político y dinero también corrió sangre. Basta leer la Biblia para constatar un fenómeno equivalente en la religión judía. La guerra florida prueba que los aztecas mataban en nombre de Quetzalcoatl. Ni hablar de los faraones egipcios. Y los adoradores del dinero matan por su deidad metálica. En cuanto a los musulmanes, el comienzo del fundamentalismo podría datarse en las décadas del 60 y 70, en ese lapso que va de la creación de la OPEP a la llegada al poder del ayatolá Jomeini (¡qué paradoja, exiliado en París y apoyado por los medios franceses!). En una palabra: el problema no son los musulmanes sino toda religión cuando poder y dinero entran en combustión.

El derecho a cuestionar e incluso a reírse de las religiones es completamente lícito. El problema es que en Europa tanto la derecha (al impedir que los hijos de inmigrantes se integren al sistema educativo, confinándolos en sus casuchas miserables donde lo único que hacen es mirar a los telepredicadores con túnica que aparecen por cadenas islámicas) como la izquierda (al repetir la siniestra estupidez de que la cultura eurocéntrica no debe burlarse de los débiles) han trabajado contra la libertad de expresión, atizando el fuego. Derecha e izquierda europeas son cómplices de la barbarie.

Pero no nos equivoquemos: la épica cultural de Mahoma es hoy una coartada. Detrás del siniestro degollador de James Foley, detrás de la masacre de Charlie Hebdo, hay algo más y algo menos que un choque de civilizaciones. Lo que secretamente mueve estos desquicios, por detrás de esa aparente epopeya religiosa, es el dinero. Esta es la torsión de la hora, la primicia que muchos de estos terroristas que se inmolan en nombre de Mahoma ni siquiera sospechan (con el mismo candor funerario con el que los militantes de los 70 ponían bombas en los supermercados Minimax). En Mosul hay petróleo, por eso EI tomó esa ciudad y no otra. Si le importara el imaginario simbólico habría preservado la histórica medina de Alepo en lugar de destruirla. Lo que verdaderamente quieren los jefes no es venerar a Mahoma sino implantar un califato para vivir como millonarios. Acertadamente señaló Umberto Eco que con el fundamentalismo islámico hay un peligro equivalente al de Hitler. Y quizás peor, porque mientras Hitler escondía sus campos de concentración los jihadistas exhiben obscenamente sus crímenes. Lejos de ser débiles encarnan la cruzada de países riquísimos, como Arabia Saudi, Kuwait o Qatar, la de los dueños de Harrod’s, la que mantiene imanes, erige mezquitas fastuosas, universidades vampirizadoras y milicias sanguinarias. Estamos en la etapa Chamberlain de la amenaza islámica, a la espera de un improbable Churchill. En ese escenario dicotómico, la Argentina parecería inclinar sus simpatías por la barbarie. Y barbarie multiplicada cuando, al mejor estilo de El patrón del mal, los que alzan una voz disonante aparecen misteriosamente muertos.  

*Escritor y periodista.



Marcelo Gioffre