COLUMNISTAS MATERIAS PRIMAS

Populismos felices e infelices

Con precios de las commodities estables, los gobiernos de la región dependerán más de las cantidades producidas. Pero para eso hace falta atraer inversiones.

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Parafraseando a Tolstoi: “Todos los populismos felices se parecen, pero cada uno es infeliz a su manera”.

Los populismos de la región fueron “felices” gracias a excepcionales condiciones internacionales comunes a todos, básicamente el aumento de los precios de las commodities. Para dar una idea, en esta década, los precios de la energía se multiplicaron por cinco, los de los metales por tres y los de los alimentos se duplicaron.

Cuando la crisis financiera de 2008 “se nos cayó encima”, desplomando los precios de las materias primas y modificando los flujos de capitales, cada país fue “infeliz” a su manera. En el caso argentino, se decidió recurrir a la estatización de los ahorros privados en los fondos de pensión, al uso de las reservas del Banco Central y a la inflación. Otros populismos de la región, en cambio, con otra estructura de votantes, pudieron “tolerar” caídas en el nivel de actividad, devaluaciones, etcétera.

Y cuando los precios, ya en 2010- 2012, se recuperaron, en el caso argentino, la explosión del gasto electoral y las necesidades de importar cada vez más productos energéticos, obligaron a seguir usando de manera creciente, tanto las reservas del Banco Central, como el impuesto inflacionario, mientras que, en otros casos, pudieron recurrir, parcialmente, al mercado de capitales, aunque, finalmente, se encuentran, ahora, “ajustando”, devaluando, y con más inflación.

Pero con precios de las commodities buenos pero estables, la única alternativa para recuperar “felicidad”, es decir mejorar los ingresos de los votantes, es con mayores “cantidades producidas y vendidas”. En el caso argentino, eso depende del clima y de las decisiones de inversión de miles de productores. Con mejor cosecha de soja, más dólares, más actividad económica, más ingresos fiscales.

En el caso venezolano, boliviano, ecuatoriano, la dependencia es con la producción de petróleo, gas, minería. Es decir, decisiones de inversión del Estado, y de un grupo de empresas extranjeras que manejan dicha inversión en base a los precios internacionales, los costos internos y de la rentabilidad que consiguen.

En los países en donde, por más inversión, eficiencia y rentabilidad, la producción se sostuvo o mejoró, el problema ha sido menor. En otros, como en el caso venezolano, en que la producción petrolera cayó, no hubo más remedio que devaluar y ajustar.

Dicho en otras palabras, la felicidad populista depende de la evolución de los precios de los commodities, de las cantidades producidas de los mismos, y, salvo el caso argentino, del flujo del mercado de capitales y la inversión extranjera directa.

Respecto de las cantidades producidas, en nuestro caso, eso queda  en manos de muchos productores descentralizados que toman decisiones en función de sus expectativas de precios, costos, señales del Gobierno, etcétera.

En el caso de los populismos “petrominerales”, la dependencia es de la ineficiente burocracia estatal y de un grupo reducido de empresas extranjeras que determinan inversión y producción.

Paradójicamente, los populismos dependen, para su felicidad, de los productores privados locales a los que les imputan “suerte y egoísmo”. O de empresas extranjeras, la mayoría provenientes del “mundo” al que ese mismo populismo ataca o desprecia. 

Visto para delante: lo más probable es que, para seguir siendo “felices”, los populismos regionales dependan crecientemente de las cantidades (es decir de la inversión y la producción) que de los precios que, aunque en niveles altos, parecen relativamente estabilizados.

Pero sucede que para obtener más cantidades, inversión, tecnología y eficiencia productiva, hace falta ser menos populista.

Es por eso que los populismos, al final del día, fracasan.

Su éxito depende de no ser lo que son. Nótese, por ejemplo, que la única medida en petróleo y gas post YPF estatal fue, aumentar, todavía marginalmente es cierto, los precios al productor.

Y estos populismos todavía se mantienen, porque este ciclo de precios de las materias primas ha sido más largo, por condiciones estructurales y coyunturales y porque quienes pueden cambiar las cosas, políticos, empresarios y dirigentes en general, todavía no han presentado una alternativa confiable y esperanzadora, o siguen dominados por el temor, o la corrupción.



Enrique Szewach