COLUMNISTAS ENSAYO

Por amor al arte

En plena Segunda Guerra Mundial, casi en silencio, un grupo de curadores, directores de museos, historiadores de arte y otros especialistas junto a militares estadounidenses y británicos se dedicaron a recorrer Europa para tratar de rescatar de la destrucción y recuperar obras de arte saqueadas. Operación Monumento (Océano) es el relato de esa odisea, retratada por Robert Edsel, que invirtió su trabajo y sus recursos económicos en salvarlos del olvido.

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Los Hombres de Monumentos (Monuments Men) fueron un grupo de hombres y mujeres de 13 países y la mayoría de ellos prestó servicio como voluntarios en la recién creada sección de Monumentos, Bellas Artes y Archivos, o MFAA. La mayor parte de los voluntarios de primera hora contaba con experiencia como directores de museo, conservadores, estudiosos y profesores de arte, artistas, arquitectos y archiveros. La descripción de su trabajo era bien simple: salvaguardar cuanto fuera posible del legado cultural europeo mientras durasen las hostilidades.

La creación de la sección MFAA fue un experimento que hizo historia. Por vez primera, un ejército marchaba a la guerra procurando reducir al mínimo posible los estragos culturales, aun careciendo de medios de transporte, pertrechos, personal o precedentes históricos. A primera vista, los hombres a quienes se encomendó esta misión tenían bien poco de héroes. Los primeros sesenta que sirvieron en los campos de batalla del norte de Africa y Europa hasta mayo de 1945, la primera etapa que cubre esta historia, eran en su mayoría personas de mediana edad, sobre la cuarentena. El mayor de ellos, un “viejo e indestructible” veterano de la Primera Guerra Mundial, contaba 66 años; sólo cinco estaban entre los 20 y los 30. Los más tenían familia y un buen empleo, pero todos eligieron unirse a la causa bélica ingresando en la sección de Monumentos, Bellas Artes y Archivos y luchando y dando la vida por aquello en lo que creían. (…)

Casi todos sabemos que la Segunda Guerra Mundial fue la guerra más devastadora de la historia. Conocemos su terrible costo en vidas humanas; hemos visto imágenes de la destrucción de las ciudades de Europa. Y sin embargo, cuántos de nosotros hemos recorrido majestuosos museos como el del Louvre, hemos paladeado la soledad en catedrales imponentes como la de Chartres o hemos admirado una pintura sublime como La última cena, de Leonardo da Vinci, mientras nos preguntábamos: “¿Cómo sobrevivieron a la guerra todos estos formidables monumentos y obras de arte? ¿Quiénes los salvaron?”.(...)

¿Y si nos dijeran que en primera línea de batalla hubo un grupo de hombres que salvaron literalmente el mundo tal como lo conocemos; una brigada que ni empuñaba ametralladoras ni pilotaba tanques; individuos que no eran hombres de Estado; hombres que no sólo supieron prever la grave amenaza que pesaba sobre los mayores hitos culturales y artísticos de la civilización, sino que acudieron al frente para intentar evitarla? Estos héroes anónimos fueron conocidos como los Monuments Men, “los Hombres de Monumentos”, un grupo de soldados que participaron en la campaña militar de los Aliados occidentales entre 1943 y 1951. Su cometido inicial consistió en mitigar los daños ocasionados en combate, principalmente en lo relativo a estructuras: iglesias, museos y otros monumentos relevantes. Con el avance de la guerra y el franqueamiento de la frontera alemana, pasaron a ocuparse de localizar obras de arte, muebles y demás creaciones culturales robadas o desaparecidas.

Durante el tiempo que ocuparon Europa, Hitler y los nazis cometieron el “mayor saqueo de la historia”, confiscando y trasladando al Tercer Reich más de cinco millones de objetos de arte. La campaña aliada, encabezada por los Hombres de Monumentos, resultó ser “la mayor búsqueda de tesoros de la historia”, con su correspondiente repertorio de anécdotas, inimaginables y curiosas, como todas las que acontecen en tiempos de guerra. Fue una carrera contrarreloj: decenas de miles de obras maestras del arte mundial, muchas de ellas robadas por los nazis –pinturas de Leonardo da Vinci, Jan Vermeer y Rembrandt, esculturas de Miguel Angel y Donatello, todas ellas de incalculable valor–, se hallaban escondidas en los lugares más increíbles, algunos de los cuales han inspirado modernos iconos populares, como el castillo de la Bella Durmiente en Disneylandia o La novicia rebelde. Y algunos de los nazis fanáticos que las custodiaban tenían muy claro que si no habían de ser para el Tercer Reich, no serían para nadie.

Al final, unos 350 hombres y mujeres de 13 países sirvieron en la sección de Monumentos, Bellas Artes y Archivos (MFAA, por sus siglas inglesas), número llamativamente modesto si se compara con los millones de hombres que fueron movilizados en total. Al término de la guerra (8 de mayo de 1945), no obstante, sólo quedaban en Europa unos sesenta Hombres de Monumentos, la mayoría estadounidenses o británicos. Italia, a pesar de su riqueza artística, disponía tan sólo de veintidós encargados de Monumentos. En los meses que siguieron al Día D (6 de junio de 1944), en Normandía había sobre el terreno menos de una docena. Otros 25 se sumaron a ellos gradualmente hasta el cese de las hostilidades; sobre sus hombros, la abrumadora responsabilidad de peinar todo el norte de Europa. Una tarea a todas luces imposible.

El planteamiento original de este libro consistía en narrar la historia de las actividades de estos guerreros del arte en Europa, con especial atención en los hechos ocurridos entre junio de 1944 y mayo de 1945, a partir de las experiencias de sólo ocho de los hombres que sirvieron en primera línea –más otras dos figuras clave, entre ellas una mujer–, valiéndome para ello de diarios de campaña, diarios personales, partes de guerra y, sobre todo, de las cartas que mandaron a sus esposas, hijos y familiares durante la guerra. Dadas la vastedad de la historia y mi intención de dar de ella fiel testimonio, el manuscrito final se alargó tanto que, por desgracia, fue necesario excluir del libro las actividades de los oficiales de Monumentos en Italia. He utilizado el norte de Europa –mayormente Francia, Países Bajos y Alemania– como crisol para comprender esta campaña de recuperación. Los oficiales de Monumentos Deane Keller y Frederick Hartt, estadounidenses ambos, John Bryan Ward-Perkins, británico, y muchos otros, vivieron momentos increíbles durante el desempeño de su ardua misión en Italia. Durante la investigación, salieron a la luz reveladoras y emotivas cartas dirigidas a sus familias, donde detallaban la responsabilidad, en ocasiones agobiante, derivada de tener que proteger una de las cunas de la civilización.(...)

El núcleo de Monuments Men es una historia personal: una historia sobre personas. Se me permitirá, pues, una anécdota propia. El 1º de noviembre de 2006 volé a Williamstown, Massachusetts, para conocer y entrevistarme con el miembro de la MFAA Lane Faison Jr., quien trabajó también para la OSS (Oficina de Servicios Estratégicos), antecesora de la CIA (Oficina Central de Inteligencia). Lane llegó a Alemania en el verano de 1945 y se dirigió de inmediato a Altaussee, Austria, para ayudar a interrogar a un importante grupo de oficiales nazis detenidos por las fuerzas aliadas occidentales. Su misión consistía en averiguar cuanto fuera posible acerca de la colección artística de Hitler y sus planes para el Führermuseum. Terminada la guerra, Lane fue profesor de arte durante casi treinta años en el Williams College, donde formó a un buen número de estudiantes y compartió con ellos sus privilegiados conocimientos. Su legado profesional pervive en sus discípulos, sobre todo en los que han alcanzado cargos de responsabilidad en muchos de los principales museos de Estados Unidos: Thomas Krens (que dirigió la Fundación Solomon R. Guggenheim de 1988 a 2008), James Wood (director del J. Paul Getty Trust desde 2004), Michael Govan (director del Museo de Arte del Condado de Los Angeles desde 2006), Jack Lane (director del Museo de Arte de Dallas entre 1999 y 2007), Earl A. Rusty Powell III (director de la Galería Nacional de Arte de Washington desde 1992) y el legendario Kirk Varnedoe (director del Museo de Arte Moderno entre 1986 y 2001).

Pese a contar con noventa y ocho años, Lane gozaba de buena salud. Por precaución, Gordon, uno de sus cuatro hijos, me advirtió: “Hace tiempo que papá no aguanta despierto más de treinta minutos, así que no lo tome a mal si no saca gran cosa de su conversación”. La charla no pudo ir mejor: duró casi tres horas, durante las cuales Lane hojeó mi primer libro, Rescuing Da Vinci, un homenaje fotográfico a la labor de la sección de Monumentos, deteniéndose de vez en cuando a observar algunas imágenes que parecían transportarlo hacia atrás en el tiempo. En ocasiones, los recuerdos acudían a la memoria, se le encendían los ojos y movía los brazos con entusiasmo mientras me contaba historias maravillosas. Al final, ambos sentimos la necesidad de poner punto final a la charla. Gordon no daba crédito, ni tampoco sus hermanos cuando lo supieron. Me levanté para marcharme y me acerqué a su sillón para darle la mano y mostrarle mi agradecimiento. Lane me la estrechó con ambas manos, me hizo acercarme y me dijo: “Llevaba toda la vida esperando conocerlo”. Diez días después, apenas una semana antes de su nonagésimo noveno cumpleaños, falleció. Era el Día de los Veteranos.

*Escritor y empresario. Dedicó su vida a difundir la labor de los Monuments Men.



Robert M. Edsel