COLUMNISTAS EL PAIS REAL

Por qué nos volvimos ciegos

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Quizá porque me crié en un barrio donde la revolución era un dogma inapelable, siempre me costó comprender por qué muchos de mis ex compañeros de izquierda se fueron enamorando del kirchnerismo. Nunca entendí cómo se produjo esa mutación desde la intransigencia extrema del cambio social a esta módica religión de la praxis peronista, ni cómo se fue licuando tanta exigencia ética, tanto principismo elitista, hasta desembocar en una religión sin dioses, conducida por hombres de una moral tan porosa que podrían haber animado las peores pesadillas de nuestra infancia política. Es tan profunda la fractura que empiezo a sospechar que no habrá forma de que nos volvamos a encontrar. ¿Será así?

Horacio González, quizá el intelectual más noble y sensato del oficialismo, ha visto en las masivas concentraciones del 18A la obra de una “derecha imaginaria” que arrastra en su envenenado paso a sectores bienpensantes que parecen no comprender  el ciclo histórico en curso, una especie de reencarnación contemporánea de los sueños populares iniciados en el siglo XX. “Vivimos en sociedades donde se ha producido una brutal expropiación del leguaje político. Las izquierdas pueden hacer un papel cuya estructura de efectos sea de derecha”, concluye el filósofo y hace un llamado a los confundidos para que se aparten del camino de la confrontación que la televisión y los medios críticos (los nuevos enemigos malditos de la revolución social) estimulan con su edición arbitraria de los hechos. 

Durante estos largos diez años, he tratado de comprender el punto de vista de quienes piensan diferente y siempre me ocurre lo mismo. Es como si un tabique se hubiera instalado entre nosotros. Vemos películas distintas, narraciones que hablan de dos países muy diferentes. Donde unos ven un cuento de hadas, otros vemos una historia de falsedades. Es tan sordo el debate que siempre termina en fatiga.  Entonces, dejamos de hablar y esperamos pacientemente que actúen los hechos.

Si se destapa un escándalo de lavado de dinero que involucra al poder, aquellos que militamos en el “pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad” (para utilizar la fórmula de Gramsci) esperamos que el país de los creyentes abra los ojos y reaccione. No con ánimo de revancha sino para que podamos por fin sentarnos a la misma mesa. Para decir: así, no. Y que empecemos a andar.  Pero eso no sucede. La respuesta, esparcida por las redes sociales como reguero de pólvora, es sintética y contundente: “Lanata golpista”. Entonces, volvemos a empezar. Cada uno se acomoda en su butaca y sigue mirando el espectáculo que más le gusta. Por el canal de su preferencia. Y así, tabicados, nos sentamos a esperar el próximo capítulo, que será, seguramente, el adecuado a los gustos de cada quien.

Cuando la reciente inundación dejó al descubierto al país real (o al menos una parte de ese país), la ministra de Desarrollo Social, que lleva el apellido de la familia presidencial, tuvo un exabrupto que en boca de otra persona –digamos Mauricio Macri– hubiera desencadenado la ira de los bienpensantes de la causa nacional.  Son “agitadores violentos”, disparó Alicia Kirchner contra los indignados que la hostigaron en su visita a la periferia del país hundido. No hace falta recurrir a Freud para entender que es en los momentos de tensión cuando la verdad sale a la luz. Semejante lenguaje no puede nacer sino desde las profundidades del inconsciente. Desde los tiempos de la dictadura –cuando ese término integraba el vocabulario argentino de la infamia junto a “subversivo”, “infiltrado” y “apátrida”– no se escuchaba descalificación semejante.  Sin embargo, es tan arbitraria la lectura de la realidad, es tal el grado de “expropiación del lenguaje político” (en palabras de Horacio González) que nada parece conmover a la fiel audiencia del reality oficial. El show debe continuar. Estamos atrincherados en nuestras verdades parciales. Es difícil imaginar que de ese aturdimiento pueda surgir la síntesis de un país normal.  

El jueves concurrí, por primera vez en mucho tiempo, a una marcha de protesta. Estuve durante tres horas parado en la esquina de Diagonal Norte y Florida, luego recorrí la Plaza de Mayo y, finalmente, me desplacé hacia Corrientes y Callao.  Al día siguiente, busqué desesperadamente en diarios y redes sociales los cometarios sobre la película que yo había visto. Encontré solo fragmentos. Otra vez, la tropas estaban a alineadas, cada cual en su frontera. Y vuelta a empezar. 

Si como decía el general, la única verdad es la realidad, habrá que empezar a preguntarse: ¿cuál realidad? Quizá, si hacemos un esfuerzo de compresión, descubramos que hay trozos de verdad esparcidos en ambas veredas. Pero, para eso, habrá que deponer el fanatismo. De lo contrario, es muy posible que la gente termine apagando el televisor. Y ya sabemos cómo termina ese capítulo.
 

*Periodista.



Jorge Sigal