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Por un aborto legal y seguro

Antes de hablar de los derechos, sin ser un jurista, quisiera manifestar mi convicción de que el aborto está en el ADN de las mujeres.

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Antes de hablar de los derechos, sin ser un jurista, quisiera manifestar mi convicción de que el aborto está en el ADN de las mujeres y como tal en el ADN de la obstetricia y la ginecología, siempre y cuando consideremos que hoy ambas especialidades, junto con la medicina familiar, tienen como misión velar por la salud de las mujeres. Siempre hubo abortos y los habrá independientemente de su moralidad o legalidad, su facilidad o dificultad.

La carga del aborto, o aun de la sexualidad, no es pareja para el hombre y la mujer. El hombre tiene una erección durante algunos minutos, la mujer, en cambio, carga un embarazo durante nueve meses, tiene de 10 a 14 horas peligrosas en el parto y luego suele sostener la crianza del niño en los primeros días, meses y años. Las mujeres lo tienen tan claro que desde tiempos inmemoriales y por distintos motivos han tomado la decisión de interrumpir un embarazo. La desesperación o el convencimiento han sido motores superiores al riesgo o a la legalidad. Dicho de otra manera, quisiera declarar que, a mi juicio y a juicio de los que estudian este tema, el aborto es algo habitual y nada raro en la vida de las mujeres. Claramente, en algunos momentos de la historia debe haber sido un método de planificación familiar. Pensemos que en el 1800 el número de hijos era siete por mujer, en el 1900 disminuyó a 3,5 por mujer, y en 1930, prácticamente, llegó a dos. Los anticonceptivos recién cumplieron su medio siglo de existencia hace unos años, por lo que es evidente que la interrupción del embarazo debe haber sido el elemento que hizo disminuir la natalidad o que contribuyó a declinar la fertilidad.

Esto muestra que los humanos siempre tuvimos una conducta para disminuir nuestra fertilidad. No lo hacemos público, no lo compartimos con la sociedad, negamos su existencia, pero siempre apelamos a los métodos anticonceptivos y, algunas veces, al aborto, para no tener hijos o para no aumentar el número de hijos que ya tenemos. Esta negación genera tensiones en la sociedad y muchas veces crea una molestia compleja entre hombres y mujeres. No olvidemos que los hombres ejercen un poder, que no es menor, sobre las mujeres al confinarlas al cuidado de los niños y al tenerlas sujetas al hogar.

Por otro lado, el aborto corrige errores de conducta, errores de anticoncepción, evita que mujeres y hombres se conviertan en madres o padres antes de tiempo o antes de que lo hayan decidido. Para algunos, los errores no deben coartar la vida del embrión, sobre todo si ha habido un desliz en la utilización de un condón… Para otros, si una niña  de 13 años ha sido violada por su propio padre, por un amigo del padre o por una jauría de jóvenes, igualmente debe seguir adelante con su embarazo.

En lo personal, cada vez estoy más convencido de que la mujer, independientemente de su edad, debe decidir sobre la prosecución o no del embarazo. No importa qué es lo que ustedes o yo pensemos al respecto. Los sesenta millones de abortos que se hacen por año en el mundo hablan por sí solos. Para algunas pocas mujeres, el aborto es un evento protegido y seguro para su salud. Otras deben recurrir a tallos vegetales, sondas, agujas. Estas mujeres no tienen ni voz ni voto para revertir la situación ilegal del aborto, por lo que, además, algunas terminan en prisión.

Es curioso que los países que encarcelan a las mujeres por abortos provocados, y muchas veces sólo sobre la base de la sospecha, tienen los índices más altos de femicidios, de embarazos adolescentes y de habitantes que quieren irse de esos países. La legislación como arma para disminuir el número de abortos ha sido totalmente ineficaz y trágica. En 1966, el dictador Nicolae Ceaucescu, en Rumania, prohibió el aborto, una práctica que precedentemente era legal. Nueve meses después, la tasa de natalidad se duplicó. Más tarde, la tasa de natalidad volvió a disminuir, pero a expensas de una tasa de mortalidad materna que comenzó a crecer gracias a una red de abortos clandestinos. Los que practicaban el aborto fueron puestos en prisión y en las fábricas se examinaba y se preguntaba a las mujeres sobre sus menstruaciones. A pesar de estos atropellos, la tasa de natalidad siguió en disminución. Se estima que durante el período en que gobernó ese dictador murieron 13 mil mujeres. ¿Esto es lo que quieren los defensores de la vida? En 1989, Ceaucescu fue depuesto y a las 48 horas el aborto volvió a ser legal. Pero no en todo el mundo la situación es pareja. En Rumania se estima que hay un promedio de cinco abortos por cada mujer, en los Estados Unidos se estima un aborto cada dos mujeres antes de llegar a la menopausia, mientras que en Holanda una de cada seis mujeres tiene un aborto.

Estas cifras no muestran que las mujeres sean distintas, sino que lo distinto es el nivel de educación y el acceso a los anticonceptivos. Cada minuto hay, aproximadamente, trescientos nacimientos; 45 abortos; la muerte de una mujer en edad reproductiva por embarazo, parto o aborto; dos adolescentes quedan embarazadas; se consumen 4.500 toneladas de petróleo y se gasta 1 millón de dólares en armamentos.

La muerte materna por la complicación de un aborto es una muerte que algunos justifican para defender la santidad de la vida del embrión, que es un valor moral, pero que no es un valor parejo para todos. Una muerte materna es una muerte que se puede prevenir si somos pluralistas, tolerantes y no inmiscuimos la religión en la vida cotidiana. Hasta que no se comprenda que la planificación familiar es un derecho humano, difícilmente se pueda modificar este escenario. Bloquear el acceso a la planificación familiar debería considerarse un delito de lesa humanidad. Planificación familiar y aborto seguro tendrían que ir de la mano, ya que no hay planificación que pueda ser perfecta.

*Doctor en medicina. Obstetra del Hospital Italiano. Fragmento de Aborto legal y seguro (Paidós)


Mario Sebastiani


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