COLUMNISTAS ENSAYO

Porvenir del socialismo

El filósofo Mario Bunge y el periodista y escritor Carlos Gabetta compilaron en ¿Tiene porvenir el socialismo? (Eudeba) reflexiones propias y de los intelectuales Josep Fontana, Antoni Domènech y Antonio Gutiérrez Vegara, de España, y del argentino Mariano Schuster, sobre las ideas socialistas y sobre su futuro. Aquí, el prólogo escrito por ambos y un fragmento del ensayo de Bunge sobre por qué hay que preferir el socialismo al capitalismo.

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El socialismo: ¿objetivo posible de la humanidad?; ¿necesidad objetiva de la evolución histórica?; ¿ensueño idealista; utopía?
Se trata de una vieja discusión, aún no resuelta. Pero la persistente crisis económica y financiera capitalista mundial, la descomposición política y social, la proliferación de focos de conflicto que hacen trastabillar a las democracias y amenazan la paz en el mundo, el agotamiento de los recursos naturales y/o su contaminación, vuelven a poner el tema del socialismo sobre el tapete. Todo parece indicar que vivimos un fin de época: la transición entre una forma de producir, intercambiar y repartir; una cultura, en suma, que da signos de haber agotado su ciclo histórico, y otra cultura que asoma, pero debe concretar su forma, desarrollarse. El desarrollo capitalista ha alcanzado el nivel de producción de bienes que hacen posible un mundo de paz, libertad, igualdad y progreso. Pero el modo de reparto, la distribución capitalista, lo impide, generando problemas y conflictos cada vez más graves. En estos tiempos, la encrucijada para la humanidad es, así, entre el caos o el hallazgo de nuevas formas de producción, intercambio, consumo y distribución; de una cultura que deje atrás la capitalista.
Fracasada en la Unión Soviética la experiencia de socialismo autoritario, el capitalismo devino planetario. Los reiterados fracasos del liberalismo y el populismo ante su crisis, ahora instalada en los países desarrollados, el corazón del sistema, parecen despejar el camino de la alternativa socialista.
Pero además de una teoría, el socialismo tiene una historia política concreta; de éxitos y fracasos. Ante esta oportunidad histórica, el debate torna pues a abrirse. Los compiladores han procurado variedad de matices teóricos y experiencias concretas, aspirando a que el libro potencie el debate entre estudiosos de lo social y aquellos ciudadanos que no se aferran a recetas que el tiempo y el uso han puesto en cuestión. Los trabajos de este libro intentan ser un aporte a esas discusiones y a la elaboración de una propuesta socialista democrática (...)

¿Existió el socialismo alguna vez, y tiene porvenir? En 1989 fue derribado el Muro de Berlín, que simbolizaba la moribunda dictadura comunista. Veinte años después se desplomó Wall Street, cúpula y símbolo del capitalismo desenfrenado. Curiosamente, los sismógrafos socialistas no registraron ninguno de ambos terremotos. No aprovecharon 1989 para buscar los motivos del fracaso del llamado “socialismo realmente existente”, y casi todos ellos se sumaron al coro antisocialista. Los socialistas tampoco están aprovechando la crisis económica iniciada en 2008 para averiguar si el fracaso del capitalismo es coyuntural o estructural: si el mal llamado mercado libre es reparable con un parche keynesiano, o habrá que reemplazarlo por un sistema más racional, justo y sostenible.

¿A qué se debe el silencio de los socialistas en medio del estrépito de esos dos grandes derrumbes? ¿Habrán perdido los ideales? ¿Sólo les interesará la próxima elección? ¿Ya no se interesan por lo que ocurra fuera de sus fronteras nacionales? ¿O han perdido lo que Fernando VII llamaba “el funesto hábito de pensar”, ya porque han subido al poder y se han acostumbrado a administrar una sociedad capitalista con Estado benefactor, ya porque siguen en el llano y han perdido la esperanza de reformar la sociedad? No tengo respuestas a estas preguntas, que exigen investigaciones empíricas que soy incapaz de emprender.
Por ser filósofo, me limitaré a describir y analizar los grandes rasgos de la familia de filosofías políticas que agrupamos bajo el rubro “socialismo”, y que de hecho van desde un liberalismo ilustrado hasta un igualitarismo autoritario (lo que, desde luego, es contradictorio y por tanto imposible). Espero que otros, más competentes que yo, documenten en detalle las ideas y las acciones de los socialistas de distintos pelajes. Concentraré la atención en lo que me parece esencial.
Mi intención no es historiográfica sino filosófica y política: me interesa destacar la gran variedad de la familia socialista, a fin de ver qué queda vigente de ella, y qué habría que agregarle o quitarle a la tradición socialista para que pueda servir como alternativa al capitalismo en crisis.

Definición de “socialismo”. Adoptaré una definición de “socialismo” que creo congruente con todas las corrientes de izquierda. En una sociedad auténticamente socialista, los bienes y las cargas, los derechos y los deberes se distribuyen equitativamente. En otras palabras, el socialismo realiza el ideal de la justicia social.
Este ideal se justifica tanto ética como científicamente. En efecto, la igualdad social pone en práctica el principio de equidad o justicia; contribuye poderosamente a la cohesión social y es fisiológicamente beneficiosa, como lo sugieren experimentos recientes, que muestran que la exclusión causa estrés, el que a su vez debilita el sistema inmunitario al punto de enfermar o aun matar.
Sin embargo, hay dos maneras de entender la justicia o igualdad social: literal y calificada, o mediocrática y meritocrática. La igualdad literal descarta el mérito, mientras que la calificada lo exalta sin conferirle privilegios. El socialismo que involucra la igualdad literal nivela por abajo: en él, como dijo Discépolo en su tango Cambalache, un burro es igual a un profesor. (Obviamente el ilustre tanguista no se refería al socialismo sino a la sociedad argentina de su tiempo.) Por el contrario, el socialismo que involucra la igualdad calificada es meritocrático: fomenta el que cada cual realice su potencial y, a la hora de asignar responsabilidades, da prioridad a la competencia. Desprecia la chapucería y aprecia el valor social y moral del trabajo, que ensalzara Karl Marx.
El socialismo meritocrático practica la divisa propuesta por Louis Blanc en 1839: “A cada cual conforme a sus necesidades, y de cada cual según sus capacidades”. Blanc llamó proporcionalidad a esta forma de igualitarismo calificado o meritocrático. Esa fórmula se complementa con la divisa de la Primera Internacional Socialista que fundara Marx en 1864: “Ni deberes sin derechos, ni derechos sin deberes”.
En cualquiera de sus versiones, el igualitarismo implica la igualdad económica, y a su vez ésta implica una limitación drástica de la propiedad privada de los medios de producción, intercambio y financiación. En otras palabras, el socialismo incluye la socialización de dichos medios, que no hay que confundir con su estatización.
Las diferencias entre las distintas formas de socialismo aparecen cuando se pregunta si el socialismo se limita a la esfera económica, y en qué consiste la llamada socialización. El socialismo economicista se limita a la justicia social, mientras que el socialismo amplio abarca todas las esferas sociales. También hay socialismo autoritario o desde arriba, y socialismo democrático o desde abajo.
Yo argüiré en favor de la socialización de todas las esferas. En otras palabras, romperé una lanza por lo que llamo democracia integral: ambiental, biológica, económica, política y cultural. Sostendré que la democracia parcial, aunque posible, no es plena, justa ni sostenible. En particular, la democracia política no puede ser plena mientras haya individuos que puedan comprar votos, puestos públicos e incluso leyes (como suelen hacerlo los 4.500 lobbyists, o procuradores, registrados en Washington); la democracia económica no es plena bajo una dictadura que imponga el gobierno sin consulta popular; la democracia cultural no es plena mientras el acceso a la cultura se limite a los privilegiados económicos o políticos; la democracia biológica no será plena mientras los hombres no compartan las tareas domésticas con sus mujeres; y la democracia ambiental no se cumplirá mientras haya empresas, ya sean privadas, cooperativas o estatales, que extraigan recursos naturales o los contaminen con toda libertad. En síntesis, el ideal sería combinar democracia con socialismo. Esta combinación podría llamarse democracia socialista, a distinguir de la socialdemocracia o socialismo débil, que de hecho no es sino capitalismo con red de seguridad, también llamado socialismo estatal o de arriba.
En suma, tanto la democracia como el socialismo son totales o no son auténticos. La democracia socialista total sólo existió y subsiste en tribus primitivas. La cuestión es saber si es posible construirla sin renunciar a la modernidad y, en particular, sin romper las máquinas ni abandonar la racionalidad. Pero antes de abordar este problema convendrá echar un vistazo a los socialismos del pasado y del presente.

*Filósofo. **Periodista y escritor.



Mario Bunge* / Carlos Gabetta**