COLUMNISTAS ENSAYO

Prensa y populismo

En Vox Populista (Gedisa), Silvio Waisbord muestra la descollante presencia de los medios en el debate público como resultado de dos procesos complementarios, la mediatización de la política y el retorno del populismo. Logra una síntesis entre las dos caras de un fenómeno que marca los procesos políticos de América latina y el pulso de las democracias contemporáneas: la relación entre gobiernos y medios de comunicación.

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El término “populismo” es un adjetivo que, para algunos, tiene significado peyorativo, ya que se lo identifica con rasgos negativos de políticas económicas, estilos de liderazgo, retórica y movilización política. Otros, en cambio, rescatan el “populismo” como categoría analítica que no implica determinados juicios de valor sobre sus políticas o impacto. Esta última es la posición adoptada en este libro. No le atribuyo un sentido normativo determinado (positivo o negativo) ni lo identifico con caudillismo, demagogia o personalismo en la comunicación. Estos rasgos no son únicos de los movimientos convencionalmente definidos como “populistas”, sino que son típicos de diversas tradiciones políticas-comunicacionales, sin distinción de derecha o izquierda, o necesariamente identificadas con particulares políticas económicas y sociales. Apelar al “pueblo” discursivamente es un rasgo común de partidos y gobiernos de diverso signo ideológico. El personalismo, particularmente en temas comunicativos o como estilo de liderazgo mediático, no es único del populismo. La ola reciente de gobiernos populistas no contribuyó a dirimir viejas disputas conceptuales, sino que reavivó el interés en establecer su esencia inmanente y definir las continuidades entre formas actuales e históricas. En la última década, la etiqueta “populismo” fue utilizada para catalogar los gobiernos de Kirchner y Fernández de Kirchner en Argentina, Morales en Bolivia, Correa en Ecuador, Ortega en Nicaragua y Chávez en Venezuela. Uno de los argumentos centrales de este libro reside en que el populismo suscribe una visión estatista sobre la relación entre política, medios y periodismo en función de una lógica de construcción de poder. Aunque hay diferencias entre los gobiernos, existe un “parecido de familia” que los une y los distingue de otros fenómenos políticos. Estos rasgos comunes están basados en una concepción sobre la articulación entre Estado, mercado y sociedad civil en los sistemas de medios. Aunque el populismo continúa el “patrimonialismo mediático” que caracterizó el desarrollo histórico de los sistemas de medios en América latina, plantea la necesidad de refundar el orden vigente. Esta visión se puede sintetizar como un proyecto de fortalecer el rol del Poder Ejecutivo en la estructura y la dinámica de los sistemas de medios y trazar o profundizar líneas divisorias en los medios, estén basados en el mercado o en la sociedad civil, según su posicionamiento frente a la presidencia. Puesto que mi interés es entender la relación del populismo con los medios y el periodismo es preciso aclarar definiciones conceptuales. “Los medios” es una idea acuñada durante la primera mitad del siglo XX para denominar canales de información masivos –prensa escrita, radio y eventualmente televisión– que distribuyen contenidos simbólicos. Como concepto, está asociado con el surgimiento de tecnologías e industrias que producen y distribuyen contenidos para la emergente sociedad de masas a fines del siglo XIX. Durante la Segunda Revolución Industrial, la prensa fue la primera industria de medios masivos. Desarrollos tecnológicos posteriores en la primera mitad del siglo XX, el cine, la radio y la televisión, ampliaron la condición de “medios masivos” como instituciones que controlaron el flujo unidireccional de información y contenidos. “Los medios”, como categoría, se identifica con la presunta unidad de industrias y tecnologías a gran escala que detentan una posición única y un poder notable. En años recientes, sin embargo, este orden de “los medios masivos” se ha resquebrajado, principalmente debido a innovaciones tecnológicas que posibilitan la comunicación por fuera de las estructuras clásicas, “masivas”, de las viejas tecnologías e industrias. Si bien es erróneo concluir que la idea de “medios masivos” es una pieza de museo, se debe revisar. La digitalización y el crecimiento de internet provocaron la explosión de “medios” que resquebrajaron divisiones tajantes entre comunicación interpersonal y masiva. El correo electrónico, las “redes sociales” (en referencia a aplicaciones como Facebook y Twitter) y la multiplicación de plataformas de acceso a internet (desde teléfonos “inteligentes” hasta tabletas) obligan a repensar la definición de “medios” como tecnología e industria. Tales innovaciones modifican lo que comúnmente se entiende como “sistemas de medios”, que no pueden ser simplemente identificados con los medios escritos y audiovisuales tradicionales. Es preciso integrar una variedad de fenómenos híbridos, motorizados por plataformas que posibilitan la comunicación multidireccional en redes complejas de circulación de datos, información, noticias, y opinión. Por lo tanto, el análisis de los “sistemas de medios” requiere entender la creciente complejización de los medios como tecnología, industria e institución. No existen “los medios” como se formuló por posiciones críticas de la posguerra, que hablaban de “medios masivos” en su visión liberal o la “industria cultural” como entidad homogénea en la versión crítica marxista. Ninguna de estas apreciaciones debe ser tomada ex-ante. La pulverización de los medios, su desintegración en innumerables plataformas que “mediatizan” la vida cotidiana constituye el hecho fundamental y excluyente de la última década. Este proceso obliga a repensar o desechar categorías producidas para explicar sociedades con diferentes infraestructuras comunicacionales. Además, este proceso desnuda las limitaciones de la idea de “sistema de medios”, inevitablemente sesgada por el funcionalismo de la posguerra que presume totalidad, estabilidad y unicidad. Este panorama contrasta con la versión popular que habla de “los medios” como si fueran una unidad indivisible. Deberíamos decretar una moratoria en su uso, aunque no tengamos posibles reemplazos. Un concepto como “ecología mediática”, aunque fuerce la analogía ambientalista, es preferible ya que alude al carácter dinámico, la interrelación entre diferentes campos/actividades y la permanente expansión, a pesar de que carece de la misma resonancia y brevedad.

Otros conceptos claves para el análisis son “prensa” y “periodismo”. La prensa surge como espacio de opinión y crítica de la autoridad monárquica en los comienzos de la modernidad y la revolución democrática en Occidente. Representa el intento de proveer plataformas para el pensamiento y la reflexión fuera de la autoridad estatal y eclesiástica. Se cristalizó con la aparición de panfletos, periódicos, semanarios y otras publicaciones que reflejaron la emergencia de la “república de letras”. Eventualmente, la idea de prensa se utilizó para denominar a periódicos y otras publicaciones escritas durante la progresiva democratización de la esfera pública. Más adelante, la prensa incluyó la producción de noticias e información desde nuevas industrias de medios: radio y televisión. Los notables cambios económicos, políticos y tecnológicos de las últimas décadas contribuyeron a ampliar el concepto, pero persiste la idea de que la “prensa” sigue dominando la producción y distribución de noticias, la información y la opinión de diverso tipo con distintas orientaciones mercantiles, públicas y políticas. “Periodismo” se refiere a una ocupación que surgió a principios del siglo XIX en Inglaterra, dedicada a la recolección y la diseminación de información, noticias y comentarios. Hasta entonces, no existía el periodismo como tal. La prensa estaba constituida por “imprenteros” que difundían información, notificaciones oficiales, rumores y otros tipos de contenidos. No existía la idea de noticia como información perecedera dentro de un espacio reducido de tiempo. Fue durante el siglo XIX cuando el periodismo se afirmó como oficio u ocupación destinada a recabar contenidos para difusión masiva dentro de una prensa dominada por identidades ideológicas y, crecientemente, por objetivos mercantiles. Aquí el periodismo se concibe como campo de práctica separado de otros actores y campos sobre la base de procesos de diferenciación anclados en un objeto propio (noticias), formas de producir conocimiento (rutinas de trabajo), intereses editoriales y normas regulatorias. El periodismo no debe confundirse con la prensa, aunque, obviamente, ambas mantienen una relación estrecha. “Prensa” se refiere a la institución socialmente discernible para la producción de información y sujeta a dinámicas industriales, políticas y económicas. “Periodismo”, en cambio, define un conjunto de prácticas e ideales que regulan las actividades de recolectar información y convertirla en noticia. Si bien es inobjetable que cualquier análisis del periodismo debe considerar el contexto de la prensa, es errado utilizar ambas categorías como si fueran idénticas.


*Sociólogo.



Silvio Waisbord