COLUMNISTAS

Primavera, vení

¿Los políticos nos aman o se aman? Que se rompen por seducirnos está más que probado. Tanto que lo intentan hasta en el instante menos oportuno.

PERFIL COMPLETO

Foto:CEDOC.

Vaya tiempo plomo. La primavera se empacó y solo asoma en el deseo. La lluvia de promesas que sacude al país inflacionó al invierno y demoró su  arribo. Justo en medio del mayor espectáculo cívico, se nos retrasa la alegría del jazmín. Es natural entonces que se propague la dominguitis que embarga a candidatos y apostadores. La historia (siempre escrita antes de suceder) da poco a los que sueñan. Deben moverse con cautela para evitar pasos en falso antes de entrar en la gatera de las urnas.

Intoxicados por el desgaste electoral los seis rivales no se soportan ni a si mismos. Abusaron de los más bellos adjetivos. No dejaron tiempo futuro de los verbos sin usar. Vaciaron el diccionario. Del otro lado, la previa de los votantes tampoco ha sido cómoda: debieron escucharlos.

La prueba de que se puede vivir sin gobierno la dan estos días. Eso sí, sale caro. 198 millones de pesos para ver y oír como seis de nosotros se autoproclaman lo más aptos repitiendo hasta el sopor la tantísima falta que nos hacen. Lo de este domingo 25 es una pulseada teatral a todo trapo. Es lógico que sus 6 cabezas de compañía lo vivan como su rito de iniciación en la gloria. Uno optó tomar un curso abreviado de Stanislavsky. Otro aprendió a maquillarse solo. Aquel alza y baja las manos a ritmo de mariposa. Este se ejercita en el arte de hablar sin dejar de sonreír. Nadie optó por campaña modesta usando el dinero público para ir de pueblo en pueblo a lomo de micro o tren. O elegir un proselitismo budista: no prometer nada, solo mostrar la jeta por tevé y decir “Yoommm soy yoommm” Solo la estoica Stolbizer quedó corta. Su estupenda persona se dio a la dieta pero olvidó al fonoaudiólogo: de hablar más lento subiría tres puntos por lo bajo. Tampoco apeló alguien a la amigable sorpresa del pasacalle. En época de política tan porca lo estimulante que habría sido dar con un “Votenmé. Yo los amo” a la vuelta de una esquina.

Pero…¿nos aman los políticos o solo se aman a si mismos? Que se rompen por seducirnos está más que probado. Tanto que lo intentan hasta en el instante menos oportuno. Decididos a todo convierten sus caras en emoticones y sin pestañear por la vecindad publicitaria encaran su homilía después de un aviso contra la caspa y antes del anuncio de un laxante. Es un circo: pero es nuestro circo, Así es como toleramos se nos presenten en sociedad los animales más listos de nuestra fauna nacional.

Temo haberme ido para los tomates siendo que solo me proponía una columna light que achicase el pánico y evitase anécdotas o detalles bizarros. Pasa que uno quiere despachar la nota sin recaer en la oxidada sintaxis protocolar, sin acudir a remanidas palabras altas y célebres como patria, misión, colegio, urna, fiscal, y otras muchas legales del diccionario de la liturgia y el ceremonial cívico.  Es casi tradición airearlas con respeto en estos días. Como también batir el parche del fasto sagrado del domingo patriótico que nos espera para forjar (sic) juntos, en un solo haz de 40 millones de almas (sic), el envión hacia un futuro dorado (sic) al que nos convocan los egregios líderes que precedieron a estos (los 6) que ahora se disponen a continuarlos para el progreso de la Nación y de nuestra cada día más y armónica realización personal.

Vaya que me costó escribir esto. Pero así, más o menos, es cómo se encaraban hasta hace poco las crónicas sobre fechas como las que vivimos.  La fórmula ha ido variando aunque no demasiado.  Repetida por décadas echó raíces y es fórmula que puede encontrarse camuflada y expuesta en gran parte del parloteo de la mayoría de los candidatos de hoy. Picaresca que renueva sus anzuelos retóricos y anuncios mágicos para continuar prometiendo primaveras de alta gama que mejorarán al país para siempre. En todo tiempo de elecciones son más sutiles las maravillas que se dan a degustar desde los palcos o la tevé. Por unas semanas somos el cuerpo receptor de la más fantástica bandeja de promesas que se pueda hacer al animal social motivado a votar. Este glamoroso gesto de la historia sucede, como los eclipses, muy de tanto en tanto. Y, como los eclipses, su hechizo es fugaz. A poco de cumplida la jornada denominada por todos como “histórica” el sistema (solar o social) deja todo como estaba.

Estas son quejas de un votante cansado. Pero aún así, iré a las urnas. Mi voto ya lo decidí. Se lo daré al Gauchito Gil.



epeicovich