COLUMNISTAS MISTERIOS

Probar con fuego

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La ilusión de que el teatro deba reflejar la vida en vez de –por ejemplo– distorsionarla es una de las discusiones más álgidas desde los griegos a esta parte. Hoy sabemos que presentar la vida así como así es imposible: el mero hecho de observarla la está modificando. En la antigüedad griega (de la que sabemos poco y hemos de deducir mucho) este problema parecía estar zanjado de antemano: la realidad cotidiana (el costumbrismo) no existía (salvo en las etílicas fiestas de Baco) y el teatro trágico fue ordenando el mundo a partir de mostrar, semiescondido en las fábulas, los aspectos filosóficos de la existencia, desplazando poco a poco el desorden de la bacanal y del delirio para hacer precario orden. En Occidente la recuperación de lo real ha sido un timón lento pero firme y tal vez el “realismo” sea uno de los inventos más vanguardistas y más básicos. La fábula persiste –incluso si relata lo extraño–, pero la ilusión de mímesis con algo que creemos real (normal) suele ser la vara con la que medir si una obra está hecha bien o mal. Si un actor logra hacer creer que le pasa algo que todos sabemos no es real, ese actor es un buen actor. Hamlet mira, obseso, a los actores que representan su fantochada y no puede creer que sean capaces de verter lágrimas reales por una historia que no es real, cuando él mismo, Hamlet hijo, no es capaz de llorar debidamente la real muerte de su padre asesinado y ofrecerle la venganza que amerita. Pienso que de Shakespeare en adelante es imposible hacer teatro sin reflexionar sobre este aspecto metalingüístico.

Los argentinos –que veneramos las vanguardias europeas pero no podemos resistirnos a suponer que no nos pertenecen en forma pura– hemos hecho la trampa de llamar “realismo” a una rara forma de imitación: la del grotesco. Esta sustitución es lógica; basta echar un vistazo a la política o la televisión locales para asumir que vivimos en un mundo pero lo representamos con una dosis extra de grotesco. Tal vez pensemos que, en el fondo, detrás de cada trascendencia se agazapa una grosería o una estafa.

Pienso en todas estas cosas, que tal vez ya pensaba antes, después de ver Prueba I: El espectador, de Matías Feldman (uno de los nombres mejor guardados de nuestro teatro).

Ellos insisten en que la obra no es una obra, sino una prueba. En una casa-estudio de la brevísima calle Bravard, 17 espectadores son invitados en horarios extraños a observar unos actores que representan a una familia. Javier Drolas y Juliana Muras no son una familia, pero el uso de sus hornallas, sillones y hasta inodoros está disfrazado de realismo. Salvo por el raro hecho de que sus espacios están invadidos por nosotros, los espectadores, la clase media: esa plaga que todo lo ideologiza. Observar la realidad la modifica: es el experimento fundamental de toda ciencia. Los niños, de 6 y 9 años, son Guido Losantos y Braian Kobla, dos adultos en calzoncillos que pelean en el piso como infantodemonios desterrados de un limbo perimido. La obra prescinde de los elementos adosados al 99% del teatro: no hay luces ni técnica; no se promociona ni se hace prensa, salvo en las bocas de sus espectadores; no tiene horarios normales (yo la vi un miércoles a las 14.30) ni periodicidad establecida (no tengo ni idea de si están en cartel ahora ni cómo llegar a ellos); no cobra entradas, o sea que no es enajenable; no parece tener duración fija. Es decir que, buscando jaquear al realismo, estos artistas talentosísimos, divertidos y discretos, tal vez estén dando el más feliz de los pasos en falso en busca de las razones de su arte: una redefinición de “realismo” es siempre saludable, no para arrinconar al teatro, que poco importa, sino a la madre de todas las distorsiones: la realidad. O eso que nos han impuesto como tal.

Celebro locamente que Buenos Aires, en la intimidad de sus salones, lejos de los megarrecitales de Violetta y otras embajadas culturales, guarde cual ostra perlas tan preciadas.

Y a no creer que estas acciones son –como se pensaba antes– elitistas: cualquiera puede verlas, disfrutarlas, desguazarlas a su antojo. Feldman afirma que se vienen las Pruebas II y III, pero nadie sabe dónde ni cómo ocurrirán. El aura de misterio es un valor agregado que no paga impuestos.



Rafael Spregelburd