COLUMNISTAS PRACTICA FRACASADA

Progre asustado

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Alguna vez existió un proyecto de progresismo en Argentina. Ese proyecto ya no existe. A lo que sobrevive podríamos llamarlo progresismo epidérmico, progresismo reaccionario o PRE. Pero si existe el PRE, algo debió haber fallado antes: el progresismo histórico.

El progresismo histórico se reconoce hijo de la socialdemocracia europea. Económicamente se encuadra en el desarrollismo económico frustrado del frondizismo y en el intervencionismo estatal keynesiano. Apoya cosas básicas como la movilidad social ascendente dada por las mejoras de las condiciones laborales, en una educación laica y de primer nivel, accesible para todos los sectores sociales, en la redistribución de la riqueza vía progresividad impositiva, en el respeto a la libertad de culto, de opinión y de prensa, en el acceso gratuito a salud de calidad así como acceso a la vivienda. Que en todos los casos el Estado provea los mejores instrumentos como para llegar a esos objetivos. Pero también en el reconocimiento de los derechos individuales mientras estos no afecten otros. Y también en la necesidad de la existencia de un sistema jurídico estable y republicano.

El PRE, en Argentina, nace con la mutación presuntamente democrática, republicana y electoral de algunos de los movimientos revolucionarios de los 70 aunque también con el principio de la crisis de los partidos hegemónicos post ’83 (PJ y UCR, naturalmente). Sobre esa base maniquea y antirrepublicana se diferenciará del progresismo histórico.

Y es que muchas de las prácticas que definen al PRE se entroncan en eso que Umberto Eco llama el Ur-Fascismo, que es un microfascismo cotidiano, un fascismo de las prácticas diarias. Un fascismo idealista que consiste en:

  •  Desprecio por los procesos históricos: entiende que la historia es un gran ciclo al que se vuelve a pelear la misma batalla contra los enemigos de siempre con distintas máscaras. Y para desenmascarar al enemigo no dudará en llevarse puesta a la democracia y la república.
  •  Contradicciones flagrantes: su propia historia, la de sus hombres y la de sus acciones se desmiente a cada paso.
  •  Eufemismos para ocultar: necesita de una lengua empobrecida o una neolengua que invente términos. Pero también se vale de las frases hechas que son arengas para fanáticos.
  •  Culto a la tradición y rechazo al modernismo: se siente parte de la continuidad de una epopeya. Niega el presente y el futuro. En el fondo también es un culto a la muerte: no defiende la lucha por la vida, sino la vida por la lucha.
  •  Fuerte culto a la personalidad: destaca la necesidad de la acción sobre toda toma de distancia y reflexión. Las acciones de gobierno son ciegas, con acciones bruscas e imprevisibles.
  •  Rechazo a los partidos políticos e intolerancia frente a la discusión y a la disidencia: el Ur Fascismo surge de la frustración y el resentimiento social luego de períodos de enorme inestabilidad político-económica. El ur fascismo actúa por cooptación y fanatismo: negación de la política. Se opone al parlamentarismo y al consenso.
  •  Elitismo popular, desprecio a las minorías: no cree en la diversidad, sino en la inclusión monolítica de las mayorías. Como contraparte, desprecio por las minorías, en cuya disidencia no uniforme ve el mayor peligro: la evidencia de la demagogia del líder con sus seguidores.

El progresismo histórico fue una práctica fracasada. Pero quizás su función era otra cosa: no una promesa, sino un horizonte de peligros, entre ellos el de la destrucción del sistema republicano. Quizás debamos ampliar la frase del liberal asustado. Un progre asustado, en definitiva, es un progre epidérmico. Y un progre epidérmico se apoya –¿sin saberlo?– en el fascismo eterno.

*Guionista, crítico, escritor.



Federico Karstulovich