COLUMNISTAS CONVIVENCIA

Protocolos, caprichos e injusticia

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Así como aferrándose a los protocolos, los tratamientos médicos suelen ignorar a esa persona única e irrepetible que es cada paciente, también la justicia de los tribunales se refugia en lo que a veces se llama “fría letra de la ley” para convertir a otras personas, generalmente las víctimas, en meros casos, fallos o expedientes. Es lo que se deduce de lo que el fiscal federal Federico Delgado escribió en una columna de opinión en La Nación del pasado 9 de noviembre. “El sistema judicial privilegia la formalidad del expediente al caso en sí mismo –dice allí Delgado–, se preocupa más por las rutinas, los giros semánticos y los latiguillos en una mezcla de latín y español que por el hecho que ocurrió en la sociedad. El conflicto humano queda subordinado a esa lógica del expediente”. Tal rigor técnico y formalista en disciplinas que deberían tener una fuerte inspiración humanista hace que los sufrientes que acuden a ellas terminen por sentirse a menudo abandonados, desoídos, descalificados en sus reales dolores, convertidos en objetos. La suma de estas actitudes genera una extendida sensación social de indefensión, una angustiante y a veces rabiosa impotencia.
La sociedad se siente así desamparada por ese cumplimiento frío e inclemente de las formalidades, que acaso se deba menos a la búsqueda de excelencia que a la de atajos para quedar a salvo de posibles imputaciones de mala praxis médica o judicial, o para cumplir compromisos tanto políticos como comerciales (cada vez se alzan más voces contra la proliferación de estudios y análisis clínicos que responden antes a intereses de la industria médica y farmacéutica que a necesidades reales del paciente). Sin embargo, esa misma sociedad hace del otro extremo (es decir, de la transgresión permanente de normas, indicaciones y reglas) una fuente de calamidades y malestar.
El antropólogo Pablo Wright, investigador del Conicet y conductor del equipo Culturalia, que produjo una amplia investigación en la Universidad de Buenos Aires sobre etnografía vial, advierte en varios trabajos acerca del nefasto hábito nacional de convertir señales en símbolos. Una señal indica, informa, avisa, orienta, prohíbe o permite, y lo hace taxativamente, de manera que no admite discusión. Puede expresarse mediante un dibujo, un signo, un gesto o cualquier otro recurso sobre cuyo significado hay un acuerdo previo, tanto tácito como explícito, que lo hace inteligible. En la Argentina, demuestra Wright, el uso y la costumbre convierten las señales en símbolos. Un símbolo es una interpretación. El significado que se le atribuye no está en el texto, en el dibujo, en la imagen, en el relato o en la metáfora donde se lo detecta. Una cruz sobre la silueta de un auto, encerrados en un triángulo demarcado en rojo, es una señal. Sólo significa una cosa: no estacionar. El dibujo que representa el yin y el yang es un símbolo; en él se interpreta filosóficamente la integración de los opuestos, la dualidad de la realidad, las polaridades. Sobre esto se puede opinar, se puede creer o no y se puede contraponer otra cosmovisión. Sobre la señal que prohíbe estacionar no puede haber dos opiniones diferentes, ni creencias o agnosticismos. Sin embargo, la mayoría de los argentinos decide interpretar las señales (viales y de cualquier tipo) y actuar según su interés, necesidad, ganas o humor. De esta manera, se demuele cotidianamente todo pacto social, todo acuerdo moral, empezando en los pequeños gestos y actos y terminando en las acciones vinculadas a las instituciones republicanas, y se acaba por vivir bajo una sola ley: la de la selva.
Como se ve, ni el rigorismo formal de expedientes y protocolos ni una falsa concepción de la libertad y la flexibilidad garantizan una convivencia respetuosa, en la cual el otro merezca el mismo tratamiento que cada quien reclama para sí. Cuando una sociedad se habitúa a vivir al margen de la ley, termina por vivir también al margen de la justicia. En el siglo IV antes de Cristo, el filósofo griego Epicuro decía que la justicia es un contrato por el cual los hombres se comprometen a no hacer daño ni padecerlo. El seguimiento frío de protocolos y la interpretación caprichosa de señales llevan exactamente a lo opuesto.

*Periodista y escritor.



Sergio Sinay