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¿Puede triunfar un candidato de ‘derecha’?

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Hasta hace unos años ésta era una pregunta no pertinente, y hasta impertinente, ya que no cabía en el imaginario colectivo y además resultaba ofensiva. Hoy, un candidato a presidente con etiqueta de “derecha” tiene probabilidades reales de llegar al gobierno. ¿Qué cambió? Por un lado, un mayor pragmatismo en la mayoría de los votantes; y por otro, un debilitamiento del efecto que producían las etiquetas “izquierda” o “derecha”. Ambos factores interactúan y se retroalimentan para dar una mayor libertad a la hora de votar.
La división entre izquierdas y derechas, nacida de la mera ubicación espacial de los representantes en una asamblea de la Francia de 1789, separados por su posición respecto del poder de veto del rey, cobró relevancia en los orígenes del capitalismo. Algunos textos del Marx joven hablaban de un escenario limitado a dos clases sociales (burguesía y proletariado) y de su inevitable enfrentamiento; lo que definía claramente las posiciones ideológicas: la derecha con la burguesía y la izquierda con el proletariado.
Pero cuando Marx, ya más maduro, intenta un análisis científico de la realidad, así como al hacer sus análisis históricos, deja de lado el reduccionismo de sólo dos clases y la inevitabilidad de su combate final. En El 18 brumario los grupos de intereses y sus representantes políticos son varios; El capital se interrumpe precisamente cuando Marx se disponía a desarrollar su teoría sobre las clases (capítulo LII, tomo III), escribiendo apenas una página; y cuando en 1939 se publican, tardíamente, los Grundrisse ya no quedan dudas de que Marx había abandonado por completo el reduccionismo burguesía-proletariado para dar entrada a las clases medias (ligadas a la distribución del excedente) y con ello a nuevas posibilidades de identificaciones ideológicas. Por su parte Rosanvallon, en La nueva cuestión social, sostiene que “los fenómenos actuales de exclusión no remiten a las categorías antiguas de la explotación”.
En nuestro país, sin embargo, se siguen utilizando, perezosamente, las viejas categorías de izquierda y derecha como si nada hubiera pasado en más de un siglo de cambios económicos y sociales. Por eso la etiqueta de izquierda alcanza tanto a un castrista, un chavista o un kirchnerista, como a la socialdemocracia europea, a los socialistas y radicales argentinos, a Libres del Sur y al Partido Obrero, entre otros. Y la de derecha se aplica a un jefe de gobierno que se preocupa por la educación pública pagando los mejores salarios docentes; mejora la vida de los habitantes de las villas, quienes lo votan mayoritariamente pese al asco de los Fito Páez; otorga mayores espacios para el transporte público a costa del auto privado; habla de crear empleos genuinos y buenos salarios, en diálogo constructivo con dirigentes del movimiento obrero.
La pérdida de capacidad identificadora de esas etiquetas ocurre junto al alejamiento de las mayorías ciudadanas de los discursos que hablan con categorías abstractas que esas mayorías no consiguen relacionar con la satisfacción de sus necesidades muy concretas y elementales. La no traducción de esos discursos a propuestas comprensibles que atiendan sus expectativas deja a esas mayorías disponibles para consignas de campaña carentes de rigurosidad, pero que al menos hablan de sus necesidades inmediatas.
Todo esto no significa ignorar la diversidad de intereses económicos entre grupos sociales, los que llevan a posturas ideológicas diferentes. Sólo significa que hay que trabajar duro para aprehender la nueva realidad social y, a partir de la misma, construir las nuevas categorías teóricas y las operaciones metodológicas necesarias para identificar esos intereses diferentes.
Tampoco quiere decir que el candidato de “derecha” sea la mejor oferta para gobernar; sólo significa que los argumentos para impugnar esa propuesta no deben pasan por una simple etiqueta que ha perdido capacidad identificadora.

*Sociólogo.



Omar Argüello