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Punto de almohadillado

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Akenaton fue el décimo faraón de la dinastía XVIII de Egipto. Un tipo raro, tanto que muchos estudiosos, por la forma en que se hizo retratar, suponen que tuvo ADN extraterrestre. Los faraones anteriores se hacían representar con espalda ancha y cintura finita, es decir, se fotoshopeaban para la eternidad. Akenaton, en cambio, eligió mostrarse tal cual era. ¿Cómo era? Tenía el cráneo alargado –como Alien– panza y brazos largos y ciertos rasgos femeninos que culminaban en un rostro andrógino. ¿Cómo se vería Michael Jackson de haber nacido en el antiguo Egipto? Es decir, ¿qué dirían de él los antropólogos que se dieran de bruces con sus figuras talladas en piedra y su tumba inmensa con un chimpancé, una máscara para respirar, juguetes de Disney y nenitos embalsamados? Jacksonismo es un libro notable que acaba de editar Caja Negra y en el que muchos críticos orbitan el fenómeno de Michael Jackson estudiándolo como signo. Hay en estos textos fanatismo por su música, pero nunca se cae en el tributo fácil o lacrimógeno. Lacan llama “punto de almohadillado” a ese momento en que un significante se anuda a un significado para drenar significación. Sin este concepto, sacado de la jerga de la tapicería, el discurso se vuelve psicótico. Jacksonismo trata de puntuar el fenómeno Jackson, de liberar los miles de sentidos que se esconden en este freak construido de ritmo, tristeza y capitalismo.

Fabian Casas