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Qué bueno es tener amigos

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Imagíneme usted hace pocos días formando parte de una cola que empezaba en la puerta y terminaba en una ventanilla vidriada en los mostradores de una oficina pública. Hacía un frío espantoso y una sentía que se le iban congelando los pies, las manos, las orejas, las amígdalas y los epiplones. Pero ya se sabe que a los señores y señoritas de las oficinas públicas no se los puede apurar porque inmediatamente empiezan a disminuir la velocidad (¿velocidad?) con la que han estado trabajando hasta ese instante. De modo que una se aguanta y la cola progresa muy muy lentamente.

¡Y llegamos! Bueno, no, no se haga ilusiones: casi llegamos. La señora que está delante de mí ¡llega! Hace sus trámites y no sé a raíz de qué el empleado le dice:

—Encargue a alguna persona de su familia que venga a retirarlo.
Ella dice que no tiene familia, que es viuda y no tiene hijos. Pienso ay, pobre, pero claro que no lo digo. La cosa sigue:
—Bueno –el empleado parece decidido a ayudarla–, a alguna vecina, a alguna amiga.

Y ella dice lo que nunca le he oído decir a alguien. Dice que no se trata con las vecinas y que no tiene amigas. Ni una. El empleado y yo no podemos creer lo que oímos. Y no sé en qué termina todo eso porque me pongo a pensar en el desierto del Sahara y en los iglúes del Polo Norte.

¿Cómo que no tiene amigas, ni una? ¡Y yo que tengo un montón de amigas y de amigos! Y yo que me voy a un café no a tomar café o sí a tomar café pero eso es secundario, a conversar con una amiga o con varias o con un amigo o con dos o tres. ¡Y yo que puedo pasar un par de horas comentando alguna pavada o alguna cosa sumamente seria, preguntando, descubriendo, citando (culta que es una), riéndome o poniéndome seria y hasta siniestra! Qué suerte eso de tener amigos. Me gustaría tener más todavía. Me gustaría que, como a esa colega y amiga, me hubiera tocado ser amiga de Francisco cuando era Jorge Bergoglio. Me gustaría ser amiga de José María Campagnoli para decirle “Oíme, Pepe,” (¡ay, qué falta de respeto!), “oíme, no estás solo, yo estoy acá, todos mis amigos están detrás de mí porque sienten esto que te digo: no estás solo, así que metele p’adelante que vale la pena. Y cuidate, cuidate que accidentes suceden en la calle a menudo, cuidate. Cuidate que te necesitamos. Yo te necesito. Mis hijos te necesitan y no te digo mis nietos. Mis vecinos te necesitan. El viejito que vive en la esquina, la que atiende la peluquería, la dueña del kiosco, la gorda que vive a la vuelta, el tipo que atiende la verdulería, el kinesiólogo del gimnasio, la maestra que pasa frente a mi casa a las siete y media de la mañana, el chico de los diarios, todos te necesitamos. El país te necesita”. Eso le diría. Usted imagínese, estimado señor, querida señora, que el fiscal Campagnoli no tiene tiempo para andar haciéndose amigo de señoras que se dedican a escribir cosas que no les sucedieron nunca a gentes que no existieron jamás. Está ocupado en limpiar su nombre. ¿Limpiar? Pero ¿de qué estamos hablando? ¿Necesita un tipo que tiene una carrera irreprochable limpiar su nombre que reluce como oro tocado por el sol? Vamos, vaya usted señora, e investigue al investigador y dígame si esa rectitud, esa honestidad no merece todo lo que podamos hacer por él. Desde ya le digo que sí, que lo merece. Y que quienes tratan de hundirlo son los que deberían mantenerse en la sombra con sus chanchullos y sus trampas, la señora esa que ni me acuerdo cómo se llama y que tiene un alto cargo al que no honra y los chupamedias que se arriman al poder a ver si consiguen unas migajas. Migajas, dólares, propiedades, altos puestos en lugares estratégicos. El señor fiscal no buscó nada de eso. Armó un equipo del que siempre se acuerda y eso es bueno: se dice que el Señor Todopoderoso te va a preguntar algo cuando llegues a su lado. No si pecaste, no si fuiste virtuoso, no; te va a preguntar cómo trataste a quienes eran tus subordinados. Y ya sabemos que le va a sonreír a Campagnoli y se va a hacer a un lado para dejarlo pasar. Y así con esa gente y en esas oficinas se puso a trabajar. Raro, ¿eh? Y por eso, más raro aún, hay quienes se dedican a ensuciarlo y echarlo de su cargo. Bueno, tal como estamos viviendo, eso no es raro. Es para ponerse a llorar como esa mujer que no tenia a nadie. Pero el señor fiscal no está solo, ah no, no está solo.



Angélica Gorodischer