COLUMNISTAS ANALISIS

¿Qué es el kirchnerismo?

Aun para quienes se oponen a él, es esencial comprender la corriente política creada por los Kirchner. Autoritarismo, democracia delegativa y movilización, algunas de las claves.

PERFIL COMPLETO

¿Qué es el kirchnerismo? Para quienes nos oponemos a él, comprenderlo es esencial. Por descargo de conciencia seré prolijo, formularé primero preguntas cuyas respuestas son, para mí, demasiado obvias. ¿Es conveniente equiparar el kirchnerismo con el fascismo como lo hacen algunos? Esta comparación confunde mucho más que aclarar. El fascismo es un fenómeno político totalitario, con bien ganadas credenciales. El movimiento italiano tuvo tempranamente la compulsión de lograr, a través de la implantación de un régimen a su imagen y semejanza, la absorción total de la sociedad por parte del Estado; in extremis, los totalitarismos han apuntado a la cancelación del hecho social como una realidad autónoma del Estado y la política. Los fascismos históricamente existentes alcanzan estas cúspides siniestras con mayor o menor éxito, pero todos lo intentan. Si viviéramos bajo un régimen fascista, no solamente este diario no podría existir, sino que cualquiera de sus lectores debería tener miedo de que sus hijos, regimentados en las juventudes “...istas” o “...anas”, los denunciaran, o ellos a su vez fueran denunciados en sus colegios por tener padres enemigos del régimen.
El otro rasgo central es la movilización. El fascismo imprime un movimiento brutal a la sociedad, la politiza en una suerte de incandescencia revolucionaria, creando un monstruo que lo devora todo luego de unificarlo todo. Nada más lejos del kirchnerismo que este tipo de movilización. La esfera social continúa, afortunadamente, separada del Estado y la política no la domina. El kirchnerismo no ha pretendido llegar tan lejos; no procura instaurar un Estado policíaco ni una ideología, ni se interesa por el mundo privado.

Confusión. ¿El kirchnerismo es, entonces, un autoritarismo? En este punto se confunden las cosas. Porque se considera indistintamente movimiento político, gobierno y régimen. Como movimiento político, sin duda el kirchnerismo es fuertemente autoritario. El gobierno kirchnerista, a su vez, ha puesto en práctica sus pulsiones autoritarias, pero está lejos de asumir plenamente este rasgo autoritario. Y no por falta de vocación, sino porque se ha topado con barreras limitantes, institucionales tanto como sociales, que no ha querido o no ha podido transponer.
Días atrás CFK fue clarísima: sólo la voluntad popular puede poner límites al Gobierno, y lo contrario es inconstitucional. Este tremendo disparate es en verdad una queja. No nos dejan gobernar todo lo autoritariamente que querríamos. En algún caso relevante, no está claro si se trató de no poder o de no querer. ¿Podemos pensar que el kirchnerismo no anhelaba habilitar una tercera elección para CFK? CFK en la presidencia es la piedra de toque del arco político kirchnerista, y su salida pone todo en riesgo. Sin embargo, tuvieron el realismo suficiente como para limitarse: se abstuvieron de intentar forzar las reglas, y sobre todo de activar el fuego de la polarización en base a la “proscripción” de la Presidenta.
Y por las mismas razones resulta imposible hablar, a mi juicio, de un régimen autoritario. El impulso autoritario del kirchnerismo no ha podido plasmar el régimen político argentino a su imagen y semejanza. No se trata sólo de que hay elecciones y en ellas el Gobierno no controla el acceso al poder político. Se trata sobre todo de que instituciones que hacen a la factura republicana del régimen político funcionan, por más que los kirchneristas hayan querido atropellarlas reiteradamente. Los kirchneristas, que accedieron democráticamente, no ejercen el gobierno de modo plenamente democrático, pero este ejercicio, si bien tiene un impacto profundamente negativo, no alcanza para alterar la naturaleza del régimen.
Pero podemos calificar el régimen democrático tras casi 12 años de gestión kirchnerista como un caso particularmente virulento de democracia delegativa, según el término acuñado por nuestro recordado Guillermo O’Donnell: los kirch-neristas han conseguido ir insólitamente lejos en el camino de un gobierno sin responsabilidad, y para hacerlo no han vacilado siquiera en destruir instituciones (como el Indec). Y un régimen democrático delegativo no es un autoritarismo.

Cinco puntos. Entonces, ¿qué es el kirchnerismo? Como fuerza política, como voluntad de poder, se pueden identificar cinco puntos necesarios y suficientes:
1. Nosotros gobernamos, lo cual es bueno; pero gobernar indefinidamente es óptimo. Si no lo hacemos no es por falta de voluntad, sino porque consiguen impedírnoslo. Pero nosotros no somos el zorro frente a las uvas.
2. Los sectores populares son nuestra masa de maniobra y sustentación principal, y saber administrarlos, esto es, presidir una perpetuación controlada de su pobreza y su dependencia, aprovechando hábilmente además la fisura entre integrados y excluidos, es el mayor arte de gobierno.
3. La corrupción no es, como creen los cándidos, un mal necesario de la política; la política es corrupción, no sólo porque se trata de nuestros premios indispensables sino porque, y sobre todo, es el camino más adecuado para doblegar voluntades y debilitar actores de todo tipo, hacer alianzas, etc. La lucha política contra la corrupción es una contradicción en términos.
4. Gobernar es tener las manos enteramente libres. Los controles, tanto institucionales como provenientes de la sociedad, son obstáculos exasperantes que merecen toda nuestra hostilidad. El poder, que “proviene de la voluntad popular”, no se divide. La norma es, por tanto, la desigualdad ante la ley.
5. El Estado es, básicamente, patrimonio de quien gobierna.
Estas son, a mi juicio, las líneas maestras que definen al kirchnerismo como voluntad de poder. Pero la sociedad y la política han conseguido erigir límites. Gracias a eso, así como a la resiliencia institucional-democrática, el kirchnerismo no se consolida como régimen autoritario, por mucho que lo quiera. Pero prevenirse es crucial; una democracia que se duerme en el lecho de su legitimidad está condenada a sufrir, como lo está haciendo la nuestra, si no más. Y estamos ante una experiencia que pone a prueba el régimen democrático.

* Investigador principal del Conicet y miembro del Club Político Argentino.



Vicente Palermo