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Que hace Martino en la AFA

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Inescrupuloso, arbitrario, transero, especulador, tramposo, pendular, turbio, grosero, insolente, rapaz… No habría más que este decálogo de características a la hora de elegir un entrenador nacional a imagen y semejanza de la AFA, el organismo que lo contrata. Sin embargo, pocas veces dieron en la tecla. Como si algunos dirigentes quisieran tener la exclusividad de la miseria, los hombres que condujeron al seleccionado en los últimos cuarenta años han sido, mayormente, mucho mejores que eso.

Sin ir más lejos, Gerardo Martino no es nada de eso. Esta más bien en las antípodas: fueron precisamente sus reproches a la estructura de nuestro fútbol los que los vivos de siempre quisieron poner como obstáculo ineludible a la hora de elegir al sucesor de Alejandro Sabella, el subcampeón mundial que no fue echado y nunca renunció. “Julio no puede permitirse poner al frente de la nave insignia a alguien tan crítico de la organización de los torneos y de la forma de manejarse de la AFA misma”, explicaron mientras en la tele volvía a verse la imagen de un Tata indignado con ese grupo de hinchas de Newell’s que, enfermos de protagonismo, interrumpía con pirotecnia el viaje exitoso de su obra más acabada.

Martino es una gran noticia para el fútbol argentino. Un fútbol argentino tan habituado a medir a sus entrenadores por un porcentaje de eficacia de pronto se topa nuevamente con algo más. Ese algo más no responde sólo a una idea de juego. Con el ex volante de Newell’s se asoma una mezcla necesaria entre desdramatización de la periferia del juego y firmeza para sostener ciertos principios. Imagino una especie de borocotización en algunos dirigentes de ésos que se desviven por calzarse la joggineta azul con el escudito y subirse a todos los aviones que tome la celeste y blanca. Ojo. Nadie imagine un desprecio –por omisión– de los valores extrafutboleros de Sabella. Alejandro es un hombre con virtudes necesarias para nuestro deporte. Sucede que, al fútbol, estos asuntos de proyectos y valores no le interesan demasiado y Sabella quedó demasiado circunscripto a temas finalmente superficiales, como las ausencias de Tevez o el chorrito de Lavezzi.

A la par de lo filosófico, la llegada de Martino al seleccionado también tuvo su debut. Además de tardío, prestarle demasiada atención a lo sucedido en Düsseldorf es relativo. Queda a gusto del consumidor elegir priorizar las ausencias alemanas o las ausencias argentinas (por las dudas, las recuerdo: Garay, Lavezzi, Higuain y Messi, apenas). Destacar el partidazo de Di María y el acierto de Lamela o enfatizar en veinte minutos finales olvidables. Valorar la intención de apretar al rival en su terreno propio y manejar la pelota no menos de veinte metros más adelante de lo que se venía haciendo o detenerse en los errores de Demichelis y destacar “que la del miércoles no fue una revancha”.

Me quedo con lo positivo: no sólo el desarrollo y el resultado quedan en los registros sin tantos atenuantes –para los diarios no hubo más título que Alemania 2-Argentina 4, o Deutschland 2-Argentinien 4–, sino que, detrás de una búsqueda, resurgió un poderío ofensivo que imaginábamos imposible jugando con un solo delantero neto cuyo apellido no fuera Messi. Se trata de valorar la intención, que de eso y no otra cosa se tratan las cuestiones del juego.

Por algunos asuntos que andan pasando en nuestro fútbol, se escucha seguido hablar de que un técnico no puede cambiar las cosas en pocos días. La primera desmentida la insinuaron Independiente y Racing (por ahora, fue sólo la insinuación inicial). También llegó Gallardo. Su River ya es un buen equipo, que puede jugar mejor o peor pero que reinstaló un sello muy afín a la historia de su gente. Luego, Arruabarrena, quien muy respetuosamente negó que en dos días pudiera cambiar algo. Pero lo hizo: dio vuelta medio equipo entre incorporaciones y reordenamiento y, más allá de un triunfo y un empate –debieron ser dos triunfos–, Boca insinuó una idea después del bochorno de Bianchi. Finalmente, Martino. Que ni siquiera tuvo tiempo para más que un ratito de entrenamiento. Creer que el Tata –sin Messi, insisto– logró tanto con tan poco sería disfrazarlo de algo que no es (vendehumo). Y condicionar su futuro, haciéndole creer a la opinión pública que con dos centros y una charla se soluciona el juego.

Sin embargo, Argentina jugó distinto –mejor– de lo que necesitó replantearse para llegar a la final en Brasil. La enorme mayoría de los jugadores del seleccionado son hombres calificados en sus equipos. Es decir, son señores que no sólo juegan bien al fútbol sino que entienden el juego. Es más, no pocas veces deben adaptarse en poco tiempo a las variables de un cambio de entrenador –piensen en el pobre Di María viajando sin escalas entre Mourinho, Ancelotti y Van Gaal– o a la esquizofrenia de un mismo conductor que pasa de tres delanteros a cinco defensores por el solo hecho de tener que viajar en tren de Turín a Piacenza. ¿No es posible aceptar que los matices que convirtieron en entretenido y promisorio el debut de Martino hayan tenido que ver con la capacidad de los futbolistas de comprender una idea, aunque no hayan tenido horas de campo para ponerlas en práctica? Apuesto a eso.

En todo caso, que los equipos más convocantes de la Argentina se animen a que sus equipos sean producto de una idea y ya no de un legajo –dicho esto por Díaz y por Bianchi– puede ser una señal de aire fresco.

Como sea, y en honor al comienzo apocalíptico de estas líneas, no puedo dejar de pensar qué hace un señor como Martino dentro de la AFA. Lo celebro, pero no consigo darle coherencia a la foto. Como con Bielsa. O con Sabella.

Gerardo es el responsable máximo de cómo se juega, pero es una persona que siente el fútbol más allá del juego. Es decir, su inquietud por saber si Messi estará ante Brasil en China o si alguien chillará porque Tevez se suba a ese bondi no le quita tiempo para leer con inquietud y tristeza todo lo otro que convierte a nuestro fútbol en una vergüenza sin límites.

Mientras Di María sellaba uno de los goles más lindos de los últimos tiempos de la celeste y blanca, un barrabrava le ponía una 45 en la sien a un jugador de Sacachispas en la previa de un entrenamiento. Mientras Lamela la clavaba en un ángulo, un partido internacional se jugó sólo por la buena onda de un arquero con la cabeza rota de un piedrazo, por la falta de temple de un árbitro que no se hizo cargo y por la falta de puntería de quien no logró vaciarle el ojo a Orion.

De acuerdo con cierto orden establecido, el ejemplo debe venir de arriba hacia abajo. Más aun: hay miserias que, inevitables en la base, deberían corregirse a partir del decoro de quienes mandan. Dicho de otro modo, los dirigentes, los responsables, los que mandan deberían empeñarse en elegir para los cargos más sensibles a las personas más confiables. Y aun así quedar expuestos al error (al que esté pensando en Boudou, le aclaro que es asunto suyo). El problema del fútbol argentino es la ecuación invertida. Hoy, en uno de esos cargos más sensibles asoma una persona mucho más útil y digna para nuestro deporte que los mismos dirigentes que lo “eligieron”.

Ojalá éstos sean, finalmente, tiempos de enderezar cuestiones, de hacerse cargo de un pasado miserable del que la enorme mayoría de quienes conducen hoy han sido partícipes y/o cómplices. De arreglar las cosas a partir del recuerdo y no de la omisión. “Si no olvido, moriré”, se escuchó cantar más que nunca por estas horas tan tristes al eterno Cerati. A veces, también se puede morir por olvidar. Si no se hace cargo, ése será el rumbo inevitable del fútbol argentino.



Gonzalo Bonadeo