COLUMNISTAS PRUEBA PISA

¿Qué haremos con nuestra educación formal?

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Las pruebas PISA 2013, dadas a conocer esta semana en todo el mundo, proporcionan una nueva evidencia de algo ya sabido: la educación básica en la Argentina está muy mal. Siempre puede haber algunos consuelos, o algunas explicaciones parciales que sirven de consuelo. Pero, en lo esencial, no hay vueltas: la educación no mejora. Hay otros indicadores para completar el cuadro, como por ejemplo la caída de la matrícula en las escuelas primarias estatales y la migración de población escolar hacia el sector privado, en todos los distritos del país con la sola excepción de Santa Cruz y Tierra del Fuego (datos difundidos por el Centro de Estudios de la Educación Argentina de la Universidad de Belgrano, basados en los Anuarios Estadísticos del Ministerio de Educación). En el balance, cabe concluir que la educación argentina está fracasando. Aunque no se dispone de datos comparables para largos períodos de tiempo, no parece haber lugar a dudas acerca de que se trata de un proceso de largo plazo.

El problema no es exclusivamente argentino, desde luego. Estos resultados llevan a replantearse los supuestos básicos del sistema de educación formal que el mundo entero ha adoptado –bien que con resultados muy diferentes–. La educación formal da respuesta a distintos problemas sociales. De todos ellos, el de más antigua data es el problema de articular la formación de capital humano que toda sociedad necesita con la demanda de un capital cognitivo igualmente imprescindible para el desempeño de los individuos.

La sociedad argentina desde hace tiempo está más enfocada en algunos temas laterales que, por importantes que sean, no hacen a ese eje central. Uno de esos temas es la “inclusividad” del sistema, a veces confundido con la “equidad”. La accesibilidad plena al menos al nivel primario, que en la Argentina fue establecida como principio de Estado en el siglo XIX, es concebida como un piso para la igualdad de oportunidades. Cuando la calidad educativa es mala, a menudo en nuestro país se alega que esto es resultado de una alta inclusividad, lo que no es más que decir que el sistema está fracasando, porque aunque el acceso a la escuela alcanza a muchos el acceso al saber alcanza a pocos. En otros países donde las cosas tampoco resultan satisfactorias se agitan debates sobre la política educativa de los gobiernos.

Los chicos y jóvenes que van al colegio aprenden poco, muy poco. La mayoría de nuestros jóvenes no están accediendo a una buena formación y están entrando a la vida adulta desprovistos del mayor bagaje que exige el mundo de hoy, el conocimiento. En nombre de la “inclusividad”, o en aras del autoritarismo, desde hace décadas venimos arrojando a la vida a millones de jóvenes de la manera más inequitativa concebible, diciéndoles: arréglense como puedan, con los recursos que Natura les dio, porque nosotros –el Estado, la sociedad– no podemos darles más que esta miserable educación que reciben.
Es cierto que las pruebas PISA, como cualquier indicador, no miden todo. Pero, ¿qué más hay de relevante que podría ser medido? Pensando en la vida que les aguarda a nuestros estudiantes de hoy, ¿qué conocimientos adquieren que podrán serles útil? ¿Cómo aprenderán lo que necesitan para insertarse en una economía productiva?

En la Argentina la declinación posiblemente se acentuó fuertemente a partir de 1966, cuando se instaló en los gobiernos una visión primitiva, ideologizada y a la vez burocrática de la educación. Pero al mismo tiempo –y seguramente por otras causas– las élites argentinas fueron desentendiéndose de lo que sucedía con la educación pública, la cual alcanzaba a la vasta mayoría de las escuelas primarias y una proporción muy alta de las secundarias. Las élites fueron dejando de percibir a la escuela pública como la fuente de su educación y fueron abandonando la demanda de calidad educativa. Los sindicatos involucrados sumaron en la misma dirección, y buena parte de la clase política los fue acompañando. La calidad, la exigencia, el esfuerzo, los altos estándares de excelencia, no son valores dominantes en la Argentina de estos tiempos; más bien al contrario, son valores rechazados, es “políticamente incorrecto” hablar de ellos.

Algo hay que hacer con la educación formal, revisándola profundamente. No alcanza con discutir el tema en los comentarios periodísticos y en algunas ONG de gente preocupada y experta. Hay que instalar el tema en la agenda de la política de nuestros días.

*Sociólogo.



Manuel Mora Y Araujo