COLUMNISTAS ELECCIONES EN EUROPA

¿Qué hay de nuevo, europeos unidos?

El día que los argentinos conmemoramos la conformación del primer gobierno patrio, los europeos irán a las urnas en un contexto cada vez más crítico hacia la UE por la crisis del euro, su moneda común.

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Mientras que el lunes 12 de mayo, en India, los colegios electorales de los estados de Uttar Pradesh, Bihar y Bengala Occidental albergaban la última jornada de las elecciones legislativas que comenzaron el 7 de abril, 400 millones de europeos laten mientras llega el 25 de mayo.
El 16 de mayo, en India se proclamó vencedor el partido nacional-hinduista Bharatiya Janata Party (BJP), liderado por Narendra Modi, dando fin a la hegemonía decenal del Partido del Congreso, de la dinastía Nehru-Gandhi, con un récord de participación del 66,38% de los 814 millones de personas llamadas a votar.

Los europeos que se aprestan a sufragar del 22 al 25 de mayo, dentro de un clima de sosegada inapetencia –los sondeos auguran una reiterada baja en la participación, que cinco años atrás (2009) alcanzó el mínimo histórico del 43%–, no sólo alterarán la composición del Parlamento Europeo, sino que además darán el primer paso hacia el recambio de la Comisión (la “parte ejecutiva” de la Unión Europea, hoy a cargo del portugués José Manuel Durão Barroso) y del Consejo (un órgano intergubernamental con funciones de jefatura simbólica, comandado por Herman Achille Van Rompuy, belga). El eslogan con el que desde la Unión Europea se ha pretendido concientizar acerca de la importancia que tiene este tañido a urnas (“Acción, reacción, decisión”) no parece estar surtiendo el mismo efecto que si se tratara de una convocatoria a una maratón urbana.

En el caso de la Comisión, el Consejo propone al presidente y lo elige el Parlamento Europeo (los eurodiputados lo ratifican por mayoría simple, esto es, al menos 376 votos), a grandes trazos. Con idéntica generalidad, el Consejo Europeo –conformado por los jefes de Estado y de gobierno de la Unión Europea– “elige a su presidente por mayoría cualificada para un mandato de dos años y medio, que podrá renovarse una sola vez”.

Se trata de las primeras elecciones que se libran desde la entrada en vigencia del Tratado de Lisboa (2009), que introduce algunas innovaciones: se fija que el presidente de la Comisión deberá recibir el visto bueno de la mayoría del Parlamento. Por añadidura, los partidos políticos que concurran a los comicios tendrán que nominar a su candidato a presidirla.
De José Manuel Durão Barroso se ha dicho prácticamente de todo: desde que es “el último superviviente de la foto de las Azores” (con referencia a la reunión en la que el entonces presidente norteamericano, George W. Bush, el español José María Aznar y el británico Tony Blair decidieron lanzar la guerra de Irak), hasta que tiene corresponsabilidad por la crisis económica actual por sus políticas desreguladoras que han obturado iniciativas de inversión pública fuerte para combatir “un modelo que no ofrece futuro”. Entre una y otra descalificación, tras su decenio, el centroderechista es culpabilizado de no haberse impuesto ante los Estados miembros, en fin, de todos los males de Europa, entre ellos la eufemística “austeridad”.

“Elecciones 3.0” dentro del marco de “instituciones siglo XXI” son un homenaje que la necesidad rinde a la respetabilidad: el 55% de la media europea está desencantado con la Unión, cifra que en España lleva la desconfianza hasta el 72%. Consecuentemente, ha llegado la hora de dar la espalda a lo que ya comienza a emanar la fragancia de lo caduco.

De acuerdo con la mayoría de las encuestas, los partidos conservadores europeos superarían a los socialistas en las legislativas del 25 de mayo, dentro de un contexto donde los euroescépticos (eurofóbicos incluidos) “ganarían terreno”. Voto más, voto menos, la noche del día en que los argentinos conmemoramos la conformación del primer gobierno patrio, los diferentes partidos antieuropeos sumarán entre 100 y 200 eurodiputados, de un total de 766 euroescaños. Según una encuesta de Gallup, más del 50% de los europeos considera que “las cosas se están gestionando en la dirección equivocada en la UE”.

Para ejemplo de lo que se cuece dentro del conservadurismo europeo, nada como escuchar a un miembro del Partido Popular de España. A partir de la base de aceptar que en las elecciones europeas los ibéricos podrán decidir la posición que España ocupará en Europa y la Europa que quieren para España, se empeña en subrayar que lo que está en juego es aplicar o no en el plano de la Unión las políticas que los socialistas Alfredo Pérez Rubalcaba (secretario general del Partido Socialista Obrero Español, PSOE) y Elena Valenciano (integrante del Congreso de los Diputados por Madrid) –ambos candidatos en las listas del PSOE a las elecciones europeas– propugnaron, que “nos condujeron a una profunda crisis económica, agravada por el inmovilismo y la falta de medidas del anterior gobierno, cuando Rubalcaba era vicepresidente (…). En esta época socialista las cuentas públicas estaban descontroladas, el déficit desmesurado, un sector financiero requería un saneamiento urgente y había una economía en recesión que nos condujo en tres años a 3,8 millones de parados” (Antolín Sanz, presidente del Partido Popular de Avila). De ello concluye que hay que elevar a dimensión europea “las políticas de (Mariano) Rajoy y (Miguel) Arias Cañete, que afrontaron desde el primer momento esta situación con firmeza, adoptando medidas difíciles pero necesarias”. En otras palabras, la receta que se abatió sin tapujos desde que en el curso de la cumbre del G20 de 2011, en Cannes, Angela Merkel empezó a gritar “Das ist nicht fair” (“esto no es justo”), luego de lo cual el euro renació de entre las inminentes cenizas de su (pen)última vida, según lo relata en el Financial Times de manera consumada Peter Spiegel. ¿La receta? Ah, sí: normas presupuestarias estrictas se volverían inviolables; las autoridades nacionales serían despojadas de sus facultades respecto de la supervisión bancaria; y las imprentas del Banco Central Europeo se convertirían en prestamistas de última instancia para países de la Eurozona devenidos en deudores recalcitrantes.

Por encima de los localismos españoles (el socialismo tiene por lema “Cambiemos Europa - Paremos a Rajoy”), la postura no conservadora acusa a sus adversarios de querer “destruir el Estado social”, porque “nunca creyeron en la sanidad universal y gratuita, en las ayudas a la dependencia o en la negociación colectiva”. En definitiva, así como hay euroescépticos también hay “fóbicos del Estado de bienestar”, que aprovechan las crisis como coartada para destruir el Estado social.

Dado que nada se opone más a dos oponentes que un opositor a ambos, existen los antieuropeos, variopinto (y acaso abundante luego del 25 de mayo) grupo que conforma un ramillete que va desde la extrema derecha hasta la ultraizquierda, pasando por el populismo, quienes podrían llegar a constituir una bancada con pivote en el Frente Nacional Francés y el Partido por la Libertad holandés (¿serán capaces de ganar en sus respectivos países?), a los que podrían sumarse los eufóricos eurofóbicos británicos del UKIP (“Partido por la Independencia del Reino Unido”), los neuróticos antieuros germanos de Alternativa para Alemania (“AfD”), los populares populistas italianos de Beppe Grillo o los rayanos con la izquierda radical de Syriza (“Coalición de la Izquierda Radical”) en Grecia. Los tópicos de embestida son plurales, sin que haya que excluir a Putin y su rapsodia ucraniana y los separatismos, aunque la UE haya dejado muy en claro que un Estado nuevo en Euskadi, Cataluña o Escocia saldría automáticamente de la Unión.

Luego de tres años de crisis en la Eurozona, en un resort francés frente al mar de la villa de Cannes, se reunieron Merkel, Sarkozy y Obama a comienzos de noviembre de 2011. Ninguno de los dos intrépidos barones conseguía convencer a la habitualmente controlada dama de que incrementara la contribución alemana para erigir el cortafuego para la Eurozona (“gran bazooka” o “pared de dinero”), remedio que detendría las caídas de los naipes Grecia, Italia y compañía del castillo respectivo.

“Esto no es justo. No voy a cometer suicidio”, exclamó Merkel con lágrimas en los ojos. Hasta ahora, la Unión Europea, la Eurozona, Alemania, Merkel y Obama siguen vivos. Pero hubo pérdidas y, cuando las hay, detrás están las víctimas.



Rafael Bielsa / Federico Mirré