COLUMNISTAS AÑO TOXICO

Que nos deparen sorpresas

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El año 2015 ha sido políticamente tóxico. En mi caso, nada para alegrarse. Por eso lo que espero de 2016 son sorpresas de vida que sepulten ballottages, encuestas y campañas.
Como la que tuve el viernes pasado cuando, casi por casualidad, fui a ver una obra teatral del off en el club de teatro Elefante. Sus integrantes, en una casa del barrio de Almagro, cavaron un amplio pozo de tres metros de profundidad. En su interior transcurre la acción de Duros. Tres de sus actores deambulan de un lado para otro de la excavación. El cuarto permanece a lo largo de los cincuenta minutos sentado, mudo, impertérrito, con un megáfono sobre sus rodillas. No hay diálogos, cada uno de los intérpretes pronuncia siempre los mismos sonidos o frases, escoch, pip, mana, espapoda y muy pocas más, que fracasan en la transmisión de sentidos. Sólo cumplir con un hábito que se supone humano y que no revela ni aclara.
Los espectadores asisten asomados al pozo, de pie, acodados sobre una precaria baranda de madera. La escena, a oscuras, sólo será iluminada con las linternas que se entregan a cada espectador. Es decir, uno mira lo que quiere mirar. Lo mirado es también espejo del que mira y acaba por decirnos algo del que mira.  

Los actores, cuyos nombres no retuve, evolucionan en el caótico espacio atiborrado de libros, juguetes, pedazos de objetos, algún balde con agua que se derrama introduciendo el barro como potente elemento dramático. Sin conectarse en ningún momento a pesar de la proximidad corporal. Sus acciones no tienen ningún sentido, tampoco sus sonidos. Cada palabra es como una innecesaria mancha en el silencio y en la nada.
Un elemento central de la representación es una escalera que quizás permitiría salir de ese infierno humano pero nunca estará colocada como corresponde, aquello que le daría identidad de escalera, sino que es usada para aquello que no sirve, por ejemplo una gigantesca sierra que nada corta. También la mudez del megáfono ahoga el alarido que podría trascender la opresiva tiranía del desierto vital. “¿Qué es lo que sé sobre el destino del hombre? Podría decirte más cosas sobre rábanos” (S. Beckett).

Duros pertenece al mejor Teatro del Absurdo. Por ello sus imágenes tienden a asumir la calidad de la fantasía, el sueño y la pesadilla. Es el rechazo del teatro realista y su base de caracterización psicológica, estructura coherente, trama y confianza en la comunicación dialogada, que pretende disimular su inutilidad absurda. “El arte es inútil, pero el hombre es incapaz de prescindir de lo inútil” (E. Ionesco).
El término fue acuñado por Martin Esslin cuando escribió El teatro del absurdo(1961) en el que presentó a los cuatro escritores que definieron el movimiento: Samuel Beckett, Arthur Adamov, Eugène Ionesco y Jean Genet. En mi criterio no pueden quedar afuera Alfred Jarry y Fernando Arrabal. Entre nosotros Griselda Gambaro y Tato Pavlovsky se aproximaron al género.

En la obra de Lisandro Rodríguez, también director, la contemporaneidad está en la aparición de un celular que se revela tan desierto de significación como lo demás. También es claro que algunas imágenes corresponden a la ensoñación estupefaciente también despeñada en el cero del subterfugio. De allí, imagino, el nombre de la obra.
Al salir alguien muy amable entrega un texto que pretende explicar lo que hemos visto. ¿Una broma? ¿O los del club Elefante, quizás asustados
por su eficacia dramática, se aferran a la posibilidad de un sentido que acaban de condenar por absurdo?
Ese papel se suma al desierto de significaciones, también el barbijo que al ingresar se provee a cada espectador. El espectáculo es maravilloso. Vayan.

*Historiador.



Pacho O'Donnell