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¿Qué nos mueve?

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Sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas” (Mc 6,34).
En esta breve cita evangélica se nos muestra lo que pone en movimiento a Jesús: sintió compasión. Esta es la misma palabra que se usa para describir lo que siente el buen samaritano que se hace prójimo del hombre asaltado en el camino y el padre que espera al hijo que abandonó la casa paterna. El término original que traducimos por “compasión” hace alusión a “dejarse llevar por las entrañas”. Esto nos indica el origen de la acción de Jesús, lo que lo ponía en movimiento.
También muestra lo que pone en movimiento a cualquier discípulo de Jesús: una conmoción ante el sufrimiento, o las necesidades materiales o espirituales que se descubren en los hermanos. Es el amor, la caridad, que impulsa a hacerse prójimo. La motivación, lo que mueve, nace en esa necesidad de acercarse, ponerse en contacto, comunicarse.
Cuando la Iglesia propone una acción, unas líneas de trabajo o un plan pastoral, procura atender una necesidad humana desde el Evangelio. Esto es así en todos los temas y en las más diversas actividades. Se puede entonces formular la pregunta: en el ámbito de la comunicación, ¿cuál es la realidad humana a iluminar, transformar o curar?
Un discípulo de Jesús que se siente llamado a servir en el ámbito de la comunicación ¿qué quiere hacer? ¿Ocupar un espacio en los medios? ¿Usar los medios como un inmenso púlpito? ¿Presentar el Evangelio solapadamente para que los valores cristianos penetren en las almas y las sociedades sin que éstas se den cuenta? ¿Que la comunicación entre las instituciones funcione mejor? ¿Lograr una mayor unidad de criterios y de acción? ¿Ser más eficaces en la presentación del Evangelio? Notemos que todas estas cuestiones son problemas de la Iglesia. Podríamos decir que son temas de tipo organizativo interno. No parecen ser dolores o sufrimientos humanos capaces de conmovernos “hasta las entrañas”. Mientras las respuestas sean de ese tenor será difícil encender el fuego, sentir la pasión de los misioneros, decir con Pablo “¡Ay de mí si no evangelizara!” (1 Cor. 9,16).
Podemos mirar más allá. Descubrir que la realidad humana a tener en cuenta es el deseo de comunión que hay en el corazón del hombre y el inmenso dolor de cada ser humano que no logra comunicarse y vivir en esa comunión para la que ha sido creado. Más concretamente, lo que sí puede poner en movimiento es ver las familias destruidas, los hermanos enfrentados, las comunidades divididas, la violencia, la soledad, el sinsentido de la vida, los conflictos estériles y tantas otras consecuencias que se siguen cuando se rompe la comunicación.
Ya sea desde una radio, una publicación parroquial, un canal de televisión, un espacio en internet o cualquier otro ámbito en el que el comunicador desarrolle su vocación, lo que lo impulsa es el hambre de comunión que está en los corazones como un llamado que no se puede acallar. El hombre tirado junto al camino que conmueve hasta las entrañas es el ser humano incomunicado, o sea, herido en lo más hondo de su ser porque no sabe, no quiere, o no logra entrar en comunión con sus hermanos.
Este es el desafío realmente conmovedor para un comunicador y lo que justifica una pastoral de la comunicación: crear y restablecer vínculos, construir y reconstruir caminos. El trabajo institucional, la organización, la formación técnica,
humana y cristiana, sin dudas necesarios, nunca serán objetivos en sí mismos sino instrumentos al servicio del encuentro y de la transformación de las personas.
Es preciso aclarar que, cuando en la Iglesia hablamos de la comunicación para la comunión, es probable que comencemos diciendo una torpeza. En general se comienza con una advertencia: la comunión plena no la vamos a experimentar nunca en esta vida, la verdadera comunión la experimentaremos en la casa del Padre; aquí, en este mundo, cada experiencia de comunicación es algo parcial y provisorio. Por ese camino vuelve a apagarse la llama del entusiasmo. Es como decirle al hombre tirado junto al camino que se lo va a ayudar pero que igual algún día se va a morir, o no ayudarlo por el mismo motivo.
No es verdad. La maravilla de la vocación del comunicador es que cada experiencia de comunión es plena para ese momento y esas personas. Por una parte es cierto que ese deseo de comunión no se saciará nunca, pero por otra es también verdad que sólo saciándolo lo hacemos insaciable. Cada experiencia de comunión anticipa el gozo de una comunión plena, y al entregar ese gozo aumenta el deseo. Esa experiencia de plenitud que acompaña la comunión es parte esencial del contenido de la Buena Noticia.
Al contrario, cada experiencia de ruptura angustia y entristece, paraliza y hace ver la comunión como un ideal inalcanzable, cada vez más lejano y finalmente imposible. Es la situación de una multitud de personas en nuestro tiempo, es lo que están viviendo infinidad de hombres y mujeres que necesitan de quienes los ayuden a vivir experiencias de comunión.
La experiencia de la no comunicación afecta el centro del ser humano y no puede ser respondida con argumentos racionales sino con experiencias de auténtica comunicación. La tarea del comunicador es crear esas experiencias de tal manera que permitan percibir el gozo que aumenta el deseo. Un fuego se enciende con otro fuego. La Pastoral de la Comunicación debería estar al servicio de esa vocación de los comunicadores: hacer gustar el gozo de la comunión a quienes viven en un mundo dividido, ya sea porque están atrapados en una cultura del consumo, o por una pobreza extrema e injusta, o una situación de violencia social. Esas realidades, y muchas otras, impiden el encuentro y la felicidad de la comunión y el compartir. (…)

*Sacerdote. Lic. en Sociología.
Fragmento del libro No basta con un click, editorial PPC.

Jorge Oesterheld