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Qué post kirchnerismo

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Estoy escribiendo una película que transcurre en Buenos Aires, en el futuro. No es ciencia ficción; los tiempos del cine son lentos. Si la termino a fin de año se estrenará, con suerte, en 2015. Lo que en un país más normal no presentaría mayores problemas, en la Argentina es un rompecabezas desesperante. ¿De qué vamos a estar hablando en dos años? Hoy hasta la interacción más inocente tiene huellas de un clima de época que sólo puedo omitir vía inverosimilitud o abstracción extrema. No es una película sobre el kirchnerismo, pero es durante, y las convenciones del realismo me obligan a tenerlo en cuenta. Tengo la pared llena de dibujitos con escenarios posibles, quiero elegir el que menos tenga que ver con el kirchnerismo, y no hay ninguno.

Cuando empezó todo esto, mis amigos más kirchneristas objetaban el término, alegaban que el kirchnerismo no existía más que como apelativo escandalizado de señora gorda. Después empezaron a usarlo como emblema; hasta en esa progresión se parecen a los nazis. No sé qué dicen hoy, pero sospecho que habrán vuelto a rechazar el adjetivo. Como Kunkel, que dice que el kirchnerismo es un invento de Alberto Fernández. Lo cual es posible, pero eso no quiere decir que no exista.

La crítica cultural abusa del prefijo post. Si post punk tiene sentido para hablar de The Replacements, post minimalismo no dice nada acerca de la escultura de Richard Serra (a quien ya mencioné el domingo pasado, pero podríamos nombrarlo todas las semanas). Pero post kirchnerismo es demasiado, un post algo cuya existencia es hipotética y en un futuro incierto, incluso suponiendo que el “algo” vaya a terminar más o menos pronto.

Sólo hablan de post kirchnerismo quienes evitaron oponerse decisivamente a este gobierno. Sólo necesitan el término quienes no están en condiciones de ser anti. Greg Haines vino después del punk, pero no es post punk, no tiene nada que ver. Joy Division sí es post punk; elementos del punk son inseparables de su música. Si existiera, el post kirchnerismo incorporaría necesariamente –sugieren, sin sutileza, sus promotores– algunos elementos del kirchnerismo: ellos mismos.

El totalitarismo relativamente blando del Gobierno nos salvó de algunas cosas, pero presenta una dificultad para las mayorías que lo validaron durante años. En eso sí estoy de acuerdo con Fontevecchia: al no tener excusa razonable que justifique su comportamiento, buscarán probablemente un chivo expiatorio en Cristina, en los fanáticos, en los exponentes más trastornados. Por mí que hagan lo que quieran, que los deporten a Siberia. Pero no parece que haya sido la influencia de estos sectores extremos la que contaminó una cultura en problemas, sino la de una minoría importante de clase media, progresista o de izquierda, que finge hoy haber sido usada por el kirchnerismo real mientras lo fagocita en su lecho de muerte.

Horacio González y Milagro Sala pueden mandar a la mierda al kirchnerismo, pero son ellos kirchnerismo en cada una de sus moléculas. Y no me refiero sólo al repudio público que merecen por haber formado parte, sino al hecho de que ninguno de los dos –ni el resto de quienes habitan ese espectro oxímoron que va desde el intelectual analfabeto a la activista social millonaria– podría ocupar por mérito propio el lugar de privilegio que hoy ostenta. Los chicos de Hijos, que estaban locos de antes, ya no son chicos; su vida adulta está signada por los beneficios simbólicos y materiales que los convirtieron en esclavos del kirchnerismo para siempre. Massa, o Scioli, o cualquier excrecencia de este gobierno que nos toque después, deberán enfrentarse a la acción desesperada que otros sectores más trastornados asumirán para sostener su identidad imaginaria, y el resultado más o menos cruento será otra vez peronismo contra peronismo, aunque lo llamemos post no cambia nada. Todos vienen de ahí o pasaron por ahí, ninguna de las partes puede renunciar a los ejes fundantes del populismo y la patria, el único idioma que su constituency embrutecida está en condiciones de entender.

El kirchnerismo se perpetúa obligando a sus descendientes de izquierda y de derecha –populismo clásico, arribismo tecno-ibarrista, progresismo psycho, improbabilísimo macrismo en el poder– a vivir presos de la cultura degradante que usufructuaron: la impunidad del poder, el nepotismo, la rémora de Malvinas, el antinorteamericanismo, el aguante, el desprecio a la razón, las supersticiones que conforman el imaginario de la persona normal hecha mierda, el común denominador tan bajo que si tenés la suerte de arañar la superficie ni se ve, ves todo negro.
Y eso no es post kirchnerismo, es más de lo mismo.
 

*Escritor y cineasta.



Guillermo Raffo