COLUMNISTAS OPINION

Qué significa hoy enseñar

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Por cierto, el problema no es nuevo. La formación, basa­da principalmente en conocimientos formales y en teorías (aun suponiendo que sean relevantes), por un lado, y en prácticas o haceres, por el otro, ciega la experiencia escolar vivida o por vivir por los docentes en las aulas, resulta y resultó poco conducen­te para afrontar situaciones de enseñanza, tanto en el pasado como en el presente. Desde siempre las lógicas formativas se distanciaron de las lógicas laborales en cuanto a la relación con el saber y cierto también es que a la larga la enseñanza salía.

Ocurre que antes esta situación se sorteaba apelando a la biografía escolar vivida como alumno y a la práctica profesio­nal que iba acrecentando ese caudal de experiencia a lo largo del tiempo. Al enseñar, sobre todo cuando se es novato, sue­len repetirse modelos y estilos de enseñanza de los maestros y profesores con los cuales uno se formó durante su escolaridad vivida como alumno. Esa prolongada experiencia escolar pro­porciona un saber que tiende a imponerse cuando los docentes “regresan” a la escuela, sobre todo si no fue trabajada/recu­perada durante la formación profesional. La inserción laboral constituye una continuidad de ese aprendizaje experiencial que se irá acrecentando a medida que se enseña. Los docentes reconocen la importancia que representa para su desempeño lo que aprenden en la práctica, durante las horas de clases y escuelas transitadas con sus alumnos: “Yo creo que lo más valioso fue entrar al aula y empezar a trabajar, porque los conocimientos que me dieron en el profesorado fue­ron herramientas mínimas […] yo aprendí a ser docente en el aula” (docente de Biología).

Los saberes de oficio, necesarios para enseñar, tuvieron desde siempre como fuente principal las vivencias, las expe­riencias que se iban protagonizando en las escuelas primero como alumno y luego como docente de alumnos. Más allá de las críticas por el conservadurismo que acarrean estas formas vinculadas con la propia biografía escolar y con la socialización profesional, no se desconoce que antes (más tarde o más tem­prano) mediante estas formas la enseñanza salía.

Hoy la situación es del todo diferente. Ante la complejidad y la incertidumbre propias de las situaciones de clase, esos referentes individuales anclados en ideales, con sus formas de aprendizaje por ensayo y error y sus formas de transmisión asistemáticas, ya no resultan o bien parecen insuficientes para afrontarlas. Los docentes perciben que no lo consiguen, como reza el epígrafe de este capítulo.

La dificultad parece evidente. ¿Cómo es posible enseñar a otros sobre la base de modelos o situaciones asociados con la escolaridad que se haya vivido? Por más joven que sea el docente, las escenas escolares actuales nada tienen que ver con las que fueron vividas cuando uno fue alumno. ¿Cómo hacer para aprender mientras se enseña? Si bien siempre seguimos aprendiendo y nos seguimos formando en la escue­la, hoy más que nunca es necesario contar con ciertas bases o apoyaturas (contar con experiencia proveniente de expe­riencias) que nos permitan afrontar la complejidad propia de las situaciones escolares actuales y, a partir de ellas, seguir aprendiendo. Otorgar esos cimientos necesarios para saber y poder enseñar hoy es una responsabilidad que la formación docente inicial no puede eludir.

Lo que está en juego y merece ser cuestionado y puesto en revisión es la lógica “aplicacionista” implícita en los procesos formativos que supone aprender en determinados espacios de la preparación profesional los conocimientos y las técnicas que luego serán “bajados”, “aplicados” por los docentes en las aulas. Los mismos planes de formación mantuvieron vigente por muchos años una estructura deductiva por medio de la cual primero se aprendían los conocimientos más generales vinculados con la enseñanza; luego, los más específicos; y por último se realizaban las prácticas en las llamadas “escuelas de aplicación”. Incluso los currículos más actuales disponen, como vimos, de espacios diferenciales para el conocimiento teórico y para la práctica, resultando siempre necesario y pro­blemático, a la vez, articular lo que en su estructura se pre­senta disociado. Uno de los principales problemas que los formadores de docentes identifican en la formación refiere a la falta de articulación que se produce entre los conocimien­tos generales y específicos con el campo de la práctica: “Hay una propuesta de tres trayectos que la idea es que se articulen entre sí, pero no hay horas dispuestas para esa articulación” (formador de un instituto superior, coordinador del trayecto de la práctica).

El problema no se resuelve, sin embargo, aumentando horas o unidades curriculares, si permanece incrustada en las prác­ticas formativas esta lógica deductiva que hace agua en el pre­sente cuando enseñar, como hemos sostenido, es ante todo crear, inventar, innovar, salirse del guión o del libreto prepa­rado para llevar a cabo una clase determinada. Pensemos en la película Escritores de la libertad (2007), dirigida por Richard LaGravenese, donde una maestra novata intenta enseñar lite­ratura, tal como lo había aprendido, a un grupo de jóvenes atravesados por problemáticas de segregación y marginalidad social. ¿Qué le ocurre a esta joven profesora con lo que plani­ficó? ¿Qué hizo y cómo lo hizo para que esos jóvenes pudieran interesarse, leer, escribir y finalmente liberarse?

Hoy, dada la transmutación que han atravesado las insti­tuciones y las formas de transmisión cultural entre las gene­raciones, enseñar es menos que nunca “aplicar” o “bajar” lo aprendido en el profesorado o en algún espacio de capacita­ción al aula, como tampoco lo que hemos planificado. Enseñar hoy es aprender a permanecer en la confusión, en la impre­visibilidad, es poder pensar y decidir en contextos de cambio. En estos escenarios complejos e inciertos los saberes y el ins­trumental de los que disponemos constituyen una referencia, pero siempre estarán sujetos a ser revisados, re-creados, en función de lo que no sabíamos que iba a ocurrir y efectivamen­te ocurre.
Si aceptamos que de eso se trata enseñar en el presen­te, cabría preguntarse: “¿Cómo formar docentes que sepan y puedan crear, inventar, innovar, experimentar en una situación dada?”, lo cual sería equivalente a preguntarse: “¿Cómo formar docentes que sepan y puedan enseñar hoy?”.

*Doctora en Educación. De su libro Los artesanos de la enseñanza (Paidós).

Andrea Alliaud