COLUMNISTAS SECESIONISMO

Quién, dónde y cuándo

La autodeterminación nacional suele definirse como el derecho de la gente a formar su propio Estado. Kurdos y catalanes demuestran que es un principio difícil de aplicar.

Kurdistan. Convocó a un referéndum rechazado por sus vecinos.
Kurdistan. Convocó a un referéndum rechazado por sus vecinos.
Días atrás, una aplastante mayoría de los kurdos del norte de Irak votaron por la independencia del Kurdistán iraquí. Hay unos treinta millones de kurdos repartidos entre cuatro Estados (Irak, Turquía, Siria, Irán), y los nacionalistas sostienen que merecen el reconocimiento del mundo. En España, unos 7,5 millones de catalanes hicieron el mismo planteo.

¿Importa que las encuestas muestren que los catalanes (a diferencia de los kurdos) están divididos a partes casi iguales en torno de la cuestión? ¿Importa que los Estados vecinos del Kurdistán iraquí tal vez resistan la secesión con la fuerza?

El principio de autodeterminación nacional entró a la agenda mundial en 1918 a instancias del presidente estadounidense Woodrow Wilson, y suele definirse como el derecho de los pueblos a formar un Estado propio. Pero ¿quién es el sujeto que se “autodetermina”?

Piénsese en Somalia, un país cuya población, a diferencia de la mayoría de los otros nuevos Estados africanos independientes, era básicamente uniforme en términos lingüísticos y étnicos; y en la vecina Kenia, formada por mandato colonial a partir de decenas de pueblos y tribus. Somalia sostuvo que por el principio de autodeterminación, los somalíes del noreste de Kenia y el sur de Etiopía tenían derecho a separarse. Kenia y Etiopía se negaron, y la cuestión nacional somalí dio lugar a varias guerras regionales.

Por una ironía del destino, luego la misma Somalia se fragmentó como consecuencia de una guerra civil entre clanes y líderes guerreros. Hoy, la región septentrional (Somalilandia) es un estado independiente de facto, aunque sin reconocimiento internacional ni membresía en Naciones Unidas.

Los referendos no siempre resuelven los problemas de autodeterminación. En primer lugar, está la cuestión de dónde se vota. En Irlanda, por ejemplo, los católicos siempre sostuvieron que si se tomaba como ámbito de votación para un referendo el área política de Irlanda del Norte, allí los protestantes eran mayoría de dos tercios y ganarían. Los protestantes replicaban que si se tomaba como ámbito de votación el área geográfica de toda la isla, ganaría la mayoría católica. Al final, tras décadas de conflicto, la paz llegó a Irlanda del Norte por la mediación externa.

También está la cuestión de cuándo se vota. En los 60, los somalíes querían un referendo inmediato, pero Kenia quería esperar cuarenta o cincuenta años, para tener tiempo de remodelar las lealtades tribales y forjar una identidad keniana.

Otro problema es qué ocurre con los intereses de la parte abandonada. ¿Le genera la secesión pérdida de recursos o algún otro tipo de perjuicio? El Kurdistán iraquí posee importantes reservas de petróleo, y se calcula que Cataluña aporta un quinto del PIB de España. El gobierno español sostiene que el referendo independentista en Cataluña fue ilegal según la Constitución española.

El ejemplo histórico no es alentador. Tras el desmantelamiento en 1918 del Imperio de los Habsburgo, la región de los Sudetes fue incorporada a Checoslovaquia, pese a que la mayor parte de su población era germanohablante. Tras el acuerdo alcanzado en Munich con Adolf Hitler en 1938, los alemanes de los Sudetes se separaron de Checoslovaquia y se unieron a Alemania. Pero la pérdida de aquella frontera montañosa debilitó seriamente las defensas checas. ¿Era correcto conceder la autodeterminación a los alemanes de los Sudetes al precio de dejar a Checoslovaquia militarmente indefensa (Alemania la desmembró seis meses después)?

Tomando otro ejemplo africano, cuando en los 60 la población del este de Nigeria decidió separarse y formar el estado de Biafra, el resto de Nigeria se resistió; una de las razones fue que la mayor parte del petróleo nigeriano había quedado dentro de Biafra, y se adujo que ese recurso pertenecía a todo el pueblo de Nigeria, no sólo al área oriental.
Tras el fin de la Guerra Fría, la autodeterminación se convirtió en un asunto álgido en Europa del este y la ex Unión Soviética. En el Cáucaso, azeríes, armenios, georgianos, abjasios y chechenos demandaron todos ellos la soberanía.

En Yugoslavia, los eslovenos, los serbios y los croatas consiguieron formar repúblicas independientes, pero los musulmanes de Bosnia y Herzegovina no obtuvieron el mismo resultado, y fueron blanco de una campaña de “limpieza étnica” a manos de fuerzas croatas y serbias.

En 1995, la OTAN envió una fuerza de pacificación a la convulsionada región, pero cuando en 1999 intervino militarmente en Kosovo, Rusia apoyó el rechazo de Serbia a los reclamos independentistas, y Kosovo todavía no fue admitido en la ONU. Pero a su vez, Rusia invocó el principio de autodeterminación en apoyo de la separación de Abjasia de Georgia en 2008, y de la invasión y anexión rusa de Crimea en 2014.

El principio de autodeterminación resulta éticamente ambiguo. Wilson creía que traería estabilidad a Europa central, pero en cambio, Hitler lo usó en los años 30 para debilitar a los frágiles nuevos Estados de la región.

Estas enseñanzas siguen siendo válidas. Menos del 10% de los Estados del mundo son homogéneos, así que dar primacía a la autodeterminación sobre otros principios éticos puede resultar, en muchas regiones, desastroso. De hecho, es común que grupos étnicos hostiles se encuentren geográficamente muy mezclados, lo que dificulta la partición (como descubrió la India en 1947). Tal vez por eso en este siglo sólo han ingresado a la ONU unos pocos Estados nuevos. Después de la separación de Sudán del Sur del resto del país, la agitación étnica continuó casi igual que antes.

A futuro, lo mejor que podemos hacer es preguntarnos qué es lo que se determina y quién lo hace. En casos de grupos que cohabitan con dificultades en un mismo Estado, a veces se les puede permitir cierto grado de autonomía en la determinación de los asuntos internos. Países como Suiza o Bélgica ofrecen a sus grupos constitutivos un nivel considerable de autonomía cultural, económica y política.

Cuando la autonomía no sea suficiente, está la posibilidad de un divorcio en buenos términos, como cuando Checoslovaquia se dividió pacíficamente en dos Estados soberanos. Pero los reclamos de autodeterminación absolutos son más proclives a originar violencia; por eso hay que tratarlos con sumo cuidado. Antes de invocar la autodeterminación como principio ético, obedezcamos una versión diplomática del juramento hipocrático: Primum non nocere (ante todo, no hacer daño).

*Ex subsecretario de Defensa de EE.UU.  Profesor en la Universidad de Harvard.  Copyright Project-Syndicate.

Joseph S. Nye*