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Quién encuentra a Maldonado

El lunes recorro algunas zonas de la ciudad y advierto que algo falta en el paisaje.

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El lunes recorro algunas zonas de la ciudad y advierto que algo falta en el paisaje. Tardo horas en darme cuenta de que no hay policías en la entrada de los bancos; paso por la puerta de la comisaría de mi barrio y a cambio de ver a los uniformados floreándose a fuerza de sacar pechera con sus bellas compañeras de trenzas, me encuentro con uno solo, que más bien parece un refugiado buscando pasar inadvertido. Quizá sea el exceso de humedad, me digo, la bruma que lo arrastra todo. Estarán tomando mate, tereré, té con leche en la guardia. Tampoco hay autos azules circulando. A la noche camino por una calle bastante transitada, paralela a una avenida de gran circulación, y veo una banda de pibes que tratan de hacerse de una moto. Los vecinos asoman a los balcones y les chistan. “¡Eh, chorro!”. Los pibes se van, vuelven al rato, de nuevo son chistados, salen de raje, se toman el 60-Panamericana Tigre.

Me sigo preguntando qué ocurrirá. Me hacen escuchar un audio, una grabación que va circulando: es el diálogo entre dos policías, se escucha el “efecto radio” y brilla la jerga policial. Lo que se entiende es que los mandaron a encerrarse en las comisarías, a no salir con las prendas identificatorias, a precaverse de posibles atentados. Se entiende también que desde arriba les dicen que en la marcha del viernes, la marcha por la aparición con vida de Santiago Maldonado, va a haber infiltración (no se sabe si de los terroristas kurdos con gomera que visualiza el imaginativo Lanata o de la propia policía) y muertos piqueteros. Eso dicen. Muertos piqueteros.

El refrán acierta cuando asegura que un paranoico nunca se equivoca. Los hechos no están definidos por su existencia sino por las palabras que los construyen en términos perceptibles, de lo que termina resultando que un efecto genere una causa. La afirmación policial invita al terror, y luego lo anticipado ocurre. En otro orden de cosas: en la discusión que se produjo en Intratables entre Brancatelli y Vidal, la razón no asistió más a una parte que a la otra; es sólo que la segunda se quedó con la última palabra, aunque sus argumentos fueran a medias incompletos y a medias falaces.

En las redes sociales hay un enfrentamiento que tiene un rasgo a la vez infantil y canalla. A los que piden por la aparición con vida de Santiago Maldonado hay otros que les replican “recordándoles” que en el país hay más desaparecidos, que los hubo, que los habrá siempre. Implícitamente, los replicantes parecen admitir, aceptar, la presunta responsabilidad por el hecho del Gobierno, y la justifican citando, sin saberlo, la frase de Jesús: “Quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra”. Eso equivale a una lapidación colectiva, en la que nosotros mismos nos arrojamos proyectiles a la cara. También se suma al dislate Hebe de Bonafini cuando aplica un criterio meritocrático-macrista para calificar las desapariciones según el grado de heroicidad atribuible a las víctimas.

Por su parte, la disposición del Gobierno a investigar la desaparición de Santiago Maldonado es simétrica a la que en su momento empleó el kirchnerismo para abordar la muerte del fiscal Nisman. La disputa entre ambas facciones no es una pelea por la verdad sino una guerra por la supremacía, que de momento rompe los negocios que tejieron cuando uno gobernaba la Nación y otro la ciudad de Buenos Aires. Son tiempos de canje. La presunción que recorre los mentideros políticos es que si Maldonado fue efectivamente secuestrado y muerto por algún gendarme “al que se le fue la mano”, el Gobierno debe desviar la necesaria investigación y amparar a la fuerza (usando cualquier método distractivo, hasta imitando los zapatos embarrados de Berni) para que a cambio los peritos de gendarmería le entreguen las pruebas forenses que demostrarían que Nisman fue asesinado.

Aunque parezca extraño, ninguna de las dos partes de este conflicto representa nuestros intereses. Lo que está ocurriendo es una actualización de la disputa por las tierras. No es extraño que Esteban Bullrich haya mencionado la Campaña del Desierto. Ahora los generales de la conquista se llaman Benetton y Lewis.



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