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¿Quién habla?

“Qué importa quién habla”: así traía a colación Michel Foucault a Samuel Beckett, en la célebre conferencia “¿Qué es un autor?”, dictada en el Collège de France en febrero de 1969.

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“Qué importa quién habla”: así traía a colación Michel Foucault a Samuel Beckett, en la célebre conferencia “¿Qué es un autor?”, dictada en el Collège de France en febrero de 1969. En torno de esa formulación capital, Foucault desplegó un preciso recorrido histórico, para luego postular una “función autor” que permitiera debilitar y relegar la premisa de un autor empírico y fundante, la centralidad generativa de un sujeto por así decir “real”. Claro que, apenas hubo  concluido esa exposición tan brillante, y según quedó consignado en el correspondiente informe de la sesión, Jean Wahl, que la presidía, pronunció la frase siguiente: “Preguntaré de inmediato quién quiere tomar la palabra”.

Una cosa, por supuesto, no está en el mismo nivel que la otra. Pero no deja de llamar la atención que, apenas terminó de desarrollarse la fundamentación del “qué importa quién habla”, lo primero que surgió fue la pregunta de quién iba a tomar la palabra (y los que la tomaron, presencias reales o función autor, fueron, por ejemplo, Jacques Lacan o Lucien Goldmann).

Y hoy en día, cuando las nuevas tecnologías parecen haberlo transformado todo o casi todo en materia de comunicación, ¿importa quién habla o no importa quién habla? Debo admitir que a mí me importa. Tal vez se trate de un resto indeleble de mi educación familiar, que indicaba que al atender el teléfono en casa (cuando por fin hubo teléfono en casa) correspondía preguntar “¿Quién habla?”. Esa pregunta inicial era considerada un gesto elemental de cortesía (y en absoluto se le adjudicaba un sesgo de interrogatorio policial, como se hace a veces ahora. En aquellos años no era tan fácil formular semejante equiparación, o habría sonado lisa y llanamente insensata, sabiendo la verdadera dimensión del accionar de la policía).

Querer saber con quién estaba hablando uno era algo por demás comprensible, pero además era una manera clara de demostrarle respeto e interés. Ponerse a conversar con otro sin saber de quién se trataba resultaba ciertamente ridículo; y no querer saber ni quién era trasuntaba una indiferencia ya rayana en el desprecio.

Entre las cosas que traté de aprender de los profesores que me formaron consta la siguiente: cuando algún estudiante les dirigía una consulta o una observación significativa, le preguntaban primero el nombre, y luego sí pasaban a responderles. Atenuaban así la verticalidad del reparto jerárquico entre el espacio del estrado, con apellido y con nombre, y el espacio de los meros pupitres, el de las caras anónimas. Si llegaba a abrirse, más aun, un debate, una lucha de argumentos y posiciones ideológicas, esa pregunta se volvía incluso indispensable y promovía que cada cual se hiciese responsable de lo que estaba diciendo (no ya en el sentido jurídico, aunque Foucault consideró también ese aspecto, sino en el que hace estrictamente al responder. ¿Cómo responder o dejarse responder cuando el que nos habla no es ni se hace responsable?).

David Viñas, en términos de un “hacerse un nombre”, y Josefina Ludmer, en términos de “posiciones de sujeto”, analizaron en la literatura los mecanismos de poder por los cuales ciertos personajes figuraban en los textos con apellido y con nombre, otros solamente con nombre, otros con seudónimo, otros con nada. Nominación, “seudonimia” y anonimia, como estratos de dominación; el subalterno como aquel que no tiene nombre o tiene un nombre “menor”.

¿Me vendrá de ahí, también, de esas clases y esas lecturas, mi preferencia indeclinable por los intercambios de palabras dispuestos en el marco de la mayor paridad posible? En un reciente artículo publicado en la revista Ñ, Nicolás Mavrakis proponía una hipótesis interesante: que los trolls operan desde la violencia y la necedad para poner así en evidencia la violencia y la necedad que hay en el mundo. Me dejó pensando: ¿qué clase de seres pueden prestarse a una inmolación semejante, admitir hasta ese punto la propia denigración? Me propongo, por lo tanto, de ser posible, tener hacia los trolls el respeto que ellos mismos no se tienen.