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Quince lucas cash

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No hay inocentes sino más o menos culpables. Si a usted le fastidia el orgullo barato de quienes se autotitulan incondicionales del “sijulismo” –incondicionales de la prepotencia, la rosca, la prebenda–, sepa que, del otro lado, quienes hoy se muestran casi sensatos en sus planteos reformistas rara vez se opusieron, cara a cara, al mandato del dueño del fútbol argentino de los últimos 35 años. Eso no los convierte en ideólogos de la vergüenza. Ni los exime de responsabilidades.

Tampoco vayamos a quedarnos con que toda la responsabilidad de lo que sucede está en los que dirigen. Amantes de un personalismo pernicioso, solemos esconder nuestras miserias acusando a quienes elegimos de no haber cumplido ni con sus promesas ni con nuestro mandato. Sin embargo, puestos nuevamente ante las urnas, rara vez le pasamos facturas al que nos decepciona. No, al menos, como concepto de castigo de masas al traidor de la voluntad popular.

En lo que a la AFA se refiere, tenemos la sensación de que los socios de los clubes estamos tan lejos de sus decisiones como de llegar a Neptuno en globo aerostático. Error. La AFA es, estructuralmente, el punto de confluencia de clubes cuyas autoridades –incluidos los representantes ante la entidad– surgen de elecciones más o menos democráticas. En realidad, los clubes más populares del deporte masivo por excelencia son la muestra más patética de oligarquía electoral. ¿Alguien puede explicar cuál es la lógica que la voluntad de, a lo sumo, 15 mil votantes fije el destino de un club con cien mil socios y millones de fanáticos? Obviamente, la culpa no es de quienes votan sino de quienes prescinden de ese ejercicio. Y de quienes se aprovechan de manera obscena de esa ventaja. Como sea, ni en el más autocrático de los gremios es tanta la desproporción de quienes eligen respecto de quienes son representados por quien ejerce el poder.

De alguna manera, nosotros también somos responsables del disparate. No recuerdo en este momento ninguna campaña proselitista que haya girado, por ejemplo, alrededor de eliminar la presencia de barras bravas en los clubes. Ahí sí que casi todos se sientan en la misma mesa: por respeto a mi propia ignorancia, no diré que absolutamente todos los referentes de los clubes de fútbol discuten cualquier tema menos eliminar a los violentos. Desconozco si hay alguna excepción. Tampoco registro marchas en repudio a la existencia de esos barras. “¿Y yo qué puedo hacer?”, preguntan como pidiendo agarrarlos antes de que los maten. Reclamar. Repudiar. Darles la espalda. No cantar cuando ellos cantan. No festejarlos en redes sociales. Exigir que no participen de movidas nobles como la de Independiente de la última semana. A propósito. ¡¿Cuánta guita tenés que tener para gastarte quince lucas –cash, sacadas ahí mismo del bolsillo– en una camiseta y dos réplicas de trofeos?! Curioso mérito de gente sin oficio conocido.

No hay inocentes. Empezamos por dirigentes más o menos alcahuetes; ahora sumamos a los socios y a los hinchas. O a los entrenadores. Ninguno de los que se quejan por la falta de tiempo cuando los echan de los clubes se ha expresado fuertemente respecto del despropósito de no tener idea de cómo ni por qué jugarán sus equipos dentro de apenas un par de meses. O los futbolistas, que dejan que se construyan sobre sus compromisos deudas incobrables por contratos que, en su naturaleza, son impagables.

O nosotros, los periodistas. Con lo relativo que es la idea de haber estudiado una carrera no colegiada, el viejo asunto del “qué, quién, cómo, cuándo, dónde y por qué” que todo cronista debe preguntarse a la hora de elaborar la noticia es algo que hasta los más burros hemos escuchado alguna vez. Leo y escucho a un par de pares que también eso eligen descartar cuando se discuten las mieses que enchastran nuestras pelotas. Puestos a poner en duda la responsabilidad de sus amigos, patrones o mentores, se elimina todo tipo de pregunta. El ejercicio más frecuente es optar por la inversa. Después de treinta y pico de años de laburo –algunos muy bien remunerados–, no me quejo de mi suerte pero admito que no podría comprar más que un par de metros cuadrados de los departamentos de Puerto Madero en los que algunos dirigentes tienen edificios enteros. Estimo tener el derecho y la obligación de preguntarme, al menos, desde el sentido común. Es apenas una muestra del asunto, pero basta para comprender de qué la van los negadores sistemáticos.

Es como poner en duda que el torneo de treinta equipos lo impuso Grondona por exigencia de las casas de apuestas que se asociarían de la mano del Gobierno. Se niega lo que Grondona nunca anunció oficialmente, aunque cada vez sean más los dirigentes que admiten que ésa fue la razón de la exigencia. Entonces, nos queda el argumento oficial: la federalización de los torneos. Aun admitiendo ese argumento como cierto –es mentira–, se cae a pedazos con poco que se lo analice. En primer lugar, porque para ser más amplio en las decisiones de fondo lo que se debe federalizar no es un torneo sino el Comité Ejecutivo. Y eso se rechaza de cuajo. Y en segundo lugar porque, presuntamente, se intenta federalizar la Primera División en vez de hacerlo con todas las categorías. ¿Imagina alguien que la dirigencia amiga de Dock Sud, Defe o Barracas Central aceptase decidir sus ascensos con equipos de Formosa, Catamarca o Chubut? Ja. De eso ni se habla. Hipócritas los de adentro. Hipócritas los que se parapetan desde afuera.

Más allá o más acá de la historia, está el peso de lo que cada uno elige consumir de la noticia. Los titulares giran básicamente alrededor de la cantidad de equipos que jugarán el año próximo en Primera, de los borradores para normalizar lo mal parido sin que los descensos se conviertan en una masacre deportiva o de la presunta lucha de poder entre clubes ricos y clubes pobres. A los muertos de esta semana de fútbol no los mató nadie. No son responsabilidad ni de los clubes, ni de la AFA, ni de la policía, ni de los gobiernos vecinales, provinciales o nacional. Son muertos que se parecen a las recientes inundaciones de la provincia de Buenos Aires. Sabemos que están, los mostramos y a nadie hacemos cargo.

Otro tanto sucede con el análisis de la pelea por el reparto de dinero del Estado que lo financia todo. Boca y River reciben casi cuarenta millones de pesos por año. Sólo con la recaudación como local ante Estudiantes y Boca, River embolsaría una cifra similar. Los ascendidos de 2015 recibirán cuatro millones de pesos extra por año. Sólo si se les permitiera jugar un par de partidos como locales ante los clubes de mayor convocatoria con presencia de público visitante, percibirían aún más que eso. Una vez más, toquemos todo menos a los barras. Reclamemos más dinero –en este caso, para peor, dinero del pueblo– pero que ni se nos ocurra ganar más ahorrando plata en operativos policiales o en millones que se llevan o impiden embolsar los mercenarios.

Esto de la elección de la parte de la noticia que queremos destacar no es asunto privativo del fútbol.

El tenis tuvo esta semana su muestra gratis.

La información señala que, para que Juan Martín del Potro se reincorpore al equipo argentino de la Copa Davis para el match con Brasil, la serie debería jugarse bajo techo y sobre cemento. Que el capitán sería Luis Lobo pero como emergente de un equipo de trabajo liderado por Palito Fidalgo e integrado también por Daniel Orsanic y Marcelo Gómez, el primer profe de Juan Martín. Que habría charlas importantes para potenciar el financiamiento del tenis argentino a través de la búsqueda de nuevos auspiciantes y de reformular estrategias para que nuestro tenis no dependa exclusivamente de esfuerzos privados sino que exista una estructura institucional que lo apuntale.

De todo esto, la opinión pública se queda con que Del Potro volvería a jugar contra Brasil, y es lógico que esta simplificación de todo fastidie al jugador y a su entorno, como entiendo sucedió. Es que su presencia en la Davis es importante pero no es lo fundamental. Es más, Juan Martín podría no jugar nunca más la Davis y aun así seguiría teniendo razón en gran parte de su planteo. La diferencia es que, probablemente, muchos que hoy le rinden pleitesía y lo escuchan con veneración y promesas de solución, ni siquiera le atenderían el teléfono.

Destacar lo que llama la atención y descartar lo trascendente es una estrategia a mano de los mediocres con ambición de poder. No es asunto ni nuevo ni privativo del deporte. Sin embargo, no por frecuente debería ser aceptado como una virtud.

Muchos menos de parte de quienes pretenden llamarse periodistas.



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