COLUMNISTAS LA PERSONALIDAD DE DONALD TRUMP

Radiografía de un imbécil

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Es Donald Trump un imbécil? A Aaron James, doctor en filosofía por la Universidad de Harvard y catedrático en la de Irvine, California, no le cabe duda de que es así. Y dedicó su libro Trump, ensayo sobre la imbecilidad (Editorial Malpaso) a demostrarlo. No es broma. Nada es broma tratándose de Trump, aunque haya quienes lo tomen a risa. James, filósofo respetado, ya había consagrado un libro a la imbecilidad en general, y ahora aplica aquellas demostraciones a Trump.
Publicado poco antes de las elecciones de noviembre de 2016, es notable comprobar la puntualidad con la que el millonario se ajusta desde el poder a las peores previsiones de James. ¿Por qué debería sorprender que un tipo dado a las palabras y las actitudes violentas como candidato (o como showman televisivo) instigue a la violencia a sus seguidores desde la presidencia?, se pregunta James. Y ahí está el intemperante tuiteando una falsa pelea de lucha libre en la que supuestamente él aporrea a un periodista en el piso. O su dedo ansioso en el gatillo nuclear. O su verba cloacal disparando insultos a diestra y siniestra sin respetar investiduras, protocolos o simplemente la dignidad de las personas.

El imbécil no es un idiota ni un estúpido (sobre esta última categoría hay un imperdible trabajo del historiador italiano Carlo Cipolla titulado Las leyes fundamentales de la estupidez humana). Estos dos dañan y se dañan pero carecen de intencionalidad y de rasgos psicopáticos. El imbécil, en cambio, miente a sabiendas, desprecia la verdad, se cree el más gracioso y el más listo de todos, es un ignorante que habla con seguridad de temas que desconoce, emite opiniones de una linealidad y una simpleza elementales y precarias, tiene un amor propio desmesurado, niega sus propias palabras, busca ventajas (aun con trampas) en sus relaciones sociales, cree que, solo por ser él, tiene derecho a hacer lo que quiera despreciando leyes, reglas, acuerdos y normas, desoye y descalifica las quejas o las necesidades y derechos del prójimo, jamás pide perdón y, puesto a reclutar seguidores, se hace el gracioso de modo patético actuando como lo que James llama “payaso bobo”. El mundo está poblado de imbéciles, y este espécimen engancha y moviliza simpatizantes que acuden a sus ofertas. El populismo en todas sus variantes, acota el filósofo, suele ser un campo pródigo en ejemplos al respecto. “El que confía en imbéciles, termina comportándose como un imbécil”, dice el novelista Paul Auster (autor de la Trilogía de Nueva York, La invención de la soledad, La música del azar, Leviatán y otras obras notables).

Escrito con lucidez y sólidos conocimientos y argumentos filosóficos y políticos, el de Aaron James no es un libro ligero ni caricaturesco. Se eleva por sobre la deplorable figura de Trump para adentrarse en reflexiones tan necesarias como atinadas sobre el significado, los fundamentos y los mecanismos de la democracia y sobre los voraces y depredadores experimentos y modelos económicos que, especialmente desde la segunda mitad del siglo XX, vaciaron los fundamentos del capitalismo avizorados por figuras como Adam Smith o John Stuart Mill entre otros (un sistema cuya visión orientadora era el bien y la mejora común) hasta transformarlo en lo que es hoy: un capitalismo imbécil. Roto el contrato social que proponía Jean-Jacques Rousseau (basado en recursos como la cooperación, el respeto mutuo, la empatía,) hoy surge el prioritario deber moral de recomponerlo antes de que los imbéciles acaben con todo. James orienta el tramo final de su obra a proponer las bases de esa tarea.

Mientras tanto, a medida que se lee su libro, un cierto escalofrío recorre la piel del lector atento. Proviene de advertir que numerosos imbéciles estuvieron y están entre nosotros, muchos de ellos con poder, con funciones gubernamentales, con éxito y fama, con fanáticos seguidores. Como aquellas criaturas de la legendaria serie Los invasores, que pasaban inadvertidas hasta que el protagonista David Vincent las detectaba sólo para enfrentar entonces la incredulidad general. Menospreciar a un imbécil puede ser siempre fatal.

*Escritor y periodista.


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