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Rapsodia Bohemia (ganar un Dylan)

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Elegido. Es el primer cantante en ganarlo.
Elegido. Es el primer cantante en ganarlo. Foto:Cedoc Perfil
A diferencia de lo que sucede en categorías como física, química o medicina, el premio Nobel de la Literatura suele ser un territorio en aparente disputa porque existe la creencia de que cualquiera puede hablar de autores que no ha leído, esencialmente, porque se supone que la capacidad de leer, en teoría, faculta para emitir una opinión, desdeñando el hecho de que una parte sustantiva de la comunidad global acusa los vicios de un acendrado analfabetismo funcional.

Empero, es justo en esa característica de nuestra naturaleza contradictoria que se cifra la subjetividad propia del arte, puesto que se trata de todo, menos de un saber irrefutable: sobre gustos no se disputa porque no es una ciencia absoluta.

El prestigio que otorga el galardón de la Academia Sueca –sobre todo en el rubro de la Paz, donde la política juega un papel preponderante– ha sido puesto en tela de juicio en numerosas ocasiones, no sólo por las omisiones, tan destacadas y generosas en literatura que servirían incluso para establecer un contracanon, sino por la sorpresa, cinismo o desparpajo de ciertas fallos: baste recordar el premio de literatura a Winston Churchill en 1953 o el infamante premio Nobel de la Paz a Henry Kissinger en 1973. Por mucho de esto mueve a preguntarse por la naturaleza misma del premio sueco, dado que suele pensarse que se trata de un galardón democrático que toma en cuenta el sentido crítico y estético del mundo cuando en realidad se trata de un premio privado con agenda propia. La plata es sueca –822 mil euros recibirá el cantante– y así lo recuerdan todos los años sus criterios y decisiones.

El caso de Bob Dylan –quien no necesita premio alguno para fulgurar, como lo ha hecho desde hace décadas, en el firmamento de los artistas inmortales– ha sido celebrado como una apertura de la Academia a la influencia de un artista decisivo en la música cantada del siglo XX, que ha sido transformada por su creatividad sincrética. Eso es un dato innegable, así como el hecho de que se trata de un reconocimiento a una expresión artística popular.

¿Indicio de un cambio en los criterios de premiación? Es posible, aunque más probable resulta el sentido de la oportunidad en una época en que las artes de la persuasión, como la literatura, se encuentran en franca retirada, una suerte de grito desesperado de un barco a la deriva que zozobrante vocifera ¡somos abiertos, tenemos onda, nos gusta el rock!
Los premios, pese a que parezca lo contrario, son quienes necesitan de los galardonados, nunca a la inversa. Por eso podróa decirse que este año la Academia Sueca ha conseguido un Dylan.

Rafael Toriz