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Realidad encogida

Miles de personas buscan desesperadamente refugio mientras huyen de sus países devastados por guerras fratricidas, religiosas, económicas o políticas.

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Miles de personas buscan desesperadamente refugio mientras huyen de sus países devastados por guerras fratricidas, religiosas, económicas o políticas. De entre ellos, algunos miles mueren en el mar, sin llegar a ningún lado y tras haber sido engañados por siniestros mercaderes. Cada día sociópatas suicidas invocan normas de un dios impiadoso para detonarse en lugares públicos y acabar con cientos de vidas de hombres, mujeres y niños ajenos a ese delirio. Aeropuertos, estadios, restaurantes, trenes, aviones u ómnibus pueden convertirse en tumbas colectivas en un instante por el designio de un fanático. El narcotráfico se extiende sobre el planeta como una mancha oscura y adquiere más poder que muchos gobiernos. Según Polaris Project, ONG internacional que combate la esclavitud y la trata de personas, hay 27 millones de “esclavos modernos” en el mundo, lo que incluye a niños y adultos sometidos a trabajo forzado, prostitución, servidumbre a ejércitos dictatoriales o invasores, explotación sexual. En la Argentina, sin ir más lejos, a fines de 2015 había 4 millones de chicos hundidos en la pobreza, y 13 millones de personas en total sufren en el país esa condición (datos de Unicef y del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina). Un psicópata más peligroso que pintoresco aspira con posibilidades a la presidencia de Estados Unidos, un delirante que habla con pajaritos reencarnados destruye metódicamente Venezuela y provoca conflictos internacionales, patéticas convenciones para abordar el cambio climático y la contaminación terminan en parodias de acuerdos que no se cumplen, gracias al exitoso lobby de corporaciones que luego se escudan en algo llamado “responsabilidad social”.
Las postales se multiplican. Cada quien puede aportar una nueva. Un 1% de ricos cada vez más ricos baila en la cubierta del Titanic planetario mientras el 99% restante forcejea por los pocos botes disponibles (y quizás inútiles). Algo del aire de los tiempos recuerda a Brazil, la película dirigida en 1985 por Terry Gilliam, sátira cruel que mostraba una sociedad en imparable decadencia, gestionada por tecnócratas y burócratas ineficientes e irresponsables, y jaqueada por terroristas que actuaban en nombre del terror puro, duro y loco, sin excusas ideológicas. Pareciera, como sospecha el ensayista y crítico cultural inglés Terry Eagleton en su reciente e imperdible libro Esperanza sin optimismo, que la especie humana está tesoneramente empeñada en suicidarse. Eagleton recuerda, con incomparable sarcasmo británico, que ninguna razón lógica avala la imposibilidad de que el intento tenga éxito.
Estas son viñetas de la realidad. Y es en ese contexto que millones de personas en el mundo corren por calles de ciudades y suburbios, entran en edificios, invaden espacios públicos y privados, aferradas a sus teléfonos celulares como si fuera la placenta de la que dependen sus vidas, y lo hacen con un único fin: cazar pokemones. Monstruos de bolsillo (pocket monsters). Luego deberán entrenar a sus “prisioneros” para que luchen contra los de otro cazador. Ese ejercicio, según les prometen los manipuladores que los manejan como a una plaga de langostas teledirigidas, les permitirá acceder a una realidad aumentada. ¿Qué es “aumentar” la realidad? El párrafo inicial de esta columna da algunos indicios del mundo real que habitamos. Hay muchos más ejemplos y, sin duda, en algunos intervienen el amor, la fraternidad, la generosidad, la cooperación todos en versión real, no simulada tecnológicamente. Cualquier realidad fraguada es fraudulenta.
El peligroso síntoma de vacío existencial que esta cacería significa trae, antes que nada, un encogimiento de la realidad, reducida así a una especulación tecnológica banal (aunque no para quienes lucran con ella). Un atajo más para huir de todo compromiso colectivo, de toda interacción auténtica y empática con personas verdaderas, de toda pasión benéficamente transformadora, una nueva invitación a la soledad real en un mundo virtual. Un derroche de tiempo y recursos que la realidad “real” reclama desesperadamente mientras sus aspectos más oscuros aumentan. Allá y entonces los humanos cazaban de verdad para sobrevivir. Hoy cazan virtualmente mientras la vida les pasa por un costado y sin retorno. Brazil.

*Escritor y periodista.

Sergio Sinay