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Recen por ella

Fin del relato K, dislates económicos y culpas ajenas por la inseguridad.

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Foto:Dibujo: Diego Temes

El arreglo con Repsol por la confiscación de YPF ha dado un primer fruto: la aceptación por parte del Club de París de iniciar las negociaciones para solucionar el pago de la deuda que la Argentina mantiene con sus países miembros, paso ineludible para que la Argentina pueda acceder a fuentes de financiamiento provenientes de los mercados internacionales. Toda la retórica quijotesca del kirchnerismo va llegando –como su gobierno– a su fin, ante el imperio de una realidad que ha tenido y tiene un alto impacto en la vida de la gente. Sería éste un muy buen momento para que la Presidenta tomara una decisión clave: combatir la inflación desde sus causas y no desde sus efectos.

De ser verdadero, el índice de inflación que se dará a conocer mañana estará alrededor del 4%. Es lo que el secretario de Comercio Interior, Augusto Costa, llama “sendero de traslado de los precios”. Como no podría ser de otra manera, el Gobierno va a despotricar contra el mundo –empresarios, banqueros, medios y un largo etc.– para justificarse. Todo ese aspaviento dejará descubierta, al fin y al cabo, una verdad: la Presidenta no tomará ninguna medida orientada a reducir el déficit fiscal, que es el origen de los males que afectan a la economía argentina.
Quienes hablan con la jefa de Estado constatan, por otra parte, su apoyo absoluto a Axel Kicillof. Una muestra de ello la tuvo Daniel Scioli hace unos días. “Tal vez sería útil que pudieras hablar con (Guillermo) Nielsen, que tiene algunas ideas interesantes para aportar”, le sugirió a Cristina Fernández de Kirchner el atribulado gobernador bonaerense. “Te agradezco mucho, Daniel, pero a mí me gustan los planes heterodoxos como los que propone Axel”, lo cortó la Presidenta, cuya respuesta no deja de ser curiosa, ya que el ajuste implementado por el ministro “chiquitito pero cumplidor” se inscribe en la más estricta ortodoxia: devaluación, aumento de la presión impositiva y reducción de los salarios.

Una de las víctimas de este descalabro ha sido el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, quien, de ser un presidenciable del kirchnerismo cuando asumió su cargo pasó a ser, según sus propias palabras, un aspirante a primer concejal de Resistencia. Así, Capitanich ha demostrado poseer una notable capacidad para coronar exitosamente su suicidio político y hacer realidad el vaticinio de esta columna. Ojalá demuestre la misma eficacia en lo que queda de su gestión. A los industriales que se reunieron con la Presidenta y parte del gabinete el viernes 7 les llamó la atención la poca participación y el rostro ensimismado del jefe de Gabinete.   

La mano diestra de Juan Carlos Fábrega y su equipo produjo un alivio significativo en la fiebre del dólar. La medida por la que se obligó a los bancos a desprenderse de sus dólares ha sido la aspirina que trajo una calma pasajera a la plaza cambiaria. Sin embargo, en la cúpula del Banco Central se vive con ansiedad la inacción del equipo económico para avanzar con la implementación de un plan antiinflacionario serio. “Si eso no ocurre, todo esto no servirá de nada”, rezongan en alta voz.

Norberto Oyarbide ha sido hasta aquí un juez intocable. Hoy día comparte esa condición con, entre otros, su par Sebastián Casanello. En 1998 la comisión de acusación de la Cámara de Diputados, presidida por Elisa Carrió, impulsó el enjuiciamiento del magistrado reprochándole tres delitos: amenazas, enriquecimiento ilícito y cohecho agravado. La suspensión por parte de Oyarbide del allanamiento por él dispuesto el 19 de diciembre pasado a la financiera Propyme, como consecuencia de un llamado del subsecretario de Legal y Técnica de la Presidencia, Carlos Liuzzi, golpea tanto al magistrado como a su jefe, Carlos Zannini. “Liuzzi es un hombre de Zannini; nunca supe bien por qué Carlos lo protegía tanto”, recuerda un encumbrado ex funcionario del gobierno de Néstor Kirchner y de los meses iniciales de la primera presidencia de Fernández de Kirchner. La orden para que el jueves pasado los miembros oficialistas que integran el Consejo de la Magistratura frenaran la iniciativa de poner en marcha el juicio político a este juez que da vergüenza vino desde lo alto del poder. El silencio de Justicia Legítima demuestra que ahí la indecencia de los jueces adictos interesa tanto como la nada.

En la Babel de Olivos hay quien piensa que las inesperadas declaraciones del juez reconociendo su decisión de frenar el allanamiento ante los llamados  de Liuzzi –un verdadero sincericidio– son una advertencia dirigida directamente a la Casa Rosada (en la causa de la AMIA, el juez Ariel Lijo procesó al ex juez Juan José Galeano por haber interrumpido un allanamiento –dispuesto por el mismo Galeano– a las propiedades de Kanoore Edul ante un llamado de Munir Menem). La locuacidad de Oyarbide, quien cerró rápidamente la causa de enriquecimiento ilícito contra el matrimonio Kirchner (al que sobreseyó), podría ser aún mayor. Eso produce el desasosiego K.

Mientras este ambiente de intrigas envuelve a las alturas del poder, en el llano cunde el desamparo ante la ola de violencia e inseguridad que no da tregua. Cuando el miércoles pasado el puñado de manifestantes que cortaban el Puente Avellaneda tiró desde cuatro metros de altura a Raúl Lezcano quedó en evidencia que, para muchos sectores de la sociedad, la vida no vale nada. Lo mismo ocurrió con los numerosos hechos criminales de alto impacto que se sucedieron en la semana.

El nivel de descomposición social que hoy experimenta la Argentina, y que crece, es tal vez la herencia más difícil que deja la mal llamada “década ganada”. Como pasa con otros rubros, el Gobierno adjudica la culpa a los otros. En este caso, el otro es Scioli. Lo hizo Capitanich, con el hecho de Puente Avellaneda, y lo hizo también el ministro del Interior y Transporte,  Florencio Randazzo, con el crimen del joven chofer de la línea 56 acaecido en la madrugada del viernes. La ministra de Seguridad, Cecilia Rodríguez, ¿dónde está? Por su parte, al secretario de Seguridad, Sergio Berni, que apareció presuroso en el domicilio del diseñador Jorge Ibáñez, fallecido lamentablemente el viernes, no se lo vio ni en el Puente Avellaneda ni en el lugar donde mataron al conductor del colectivo. Kirchnerismo puro.

Producción periodística: Guido Baistrocchi.



Nelson Castro