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Hola a todos. Gracias por escuchar y compartir. Como la mayoría de ustedes, cada mañana reconozco mi adicción y me prometo: “hoy consumiré menos”. Sigo las reglas del paso a paso, “un día a la vez”, y ya hace cien días que bebo menos, fumo menos, salgo menos, y ahorro en todo lo que puedo. Consumo menos de luz, de gas, camino, ando en bicicleta, reduje el asado a un chori y una tira de marucha y, ahora que viene Semana Santa y el pescado aumenta al triple, voy a reemplazar el kilo de merluza por un filet de cornalito, sin espinas.

En fin, qué les voy a contar que no sepan. Hago lo que puedo, como todos. Pero, la verdad, cuesta un huevo –que también aumentaron– mantenerse sobrio y lúcido, convencido de que se necesita, como mínimo, el doble de años de lo que se tardó en arruinar lo poco que teníamos –la convivencia, la solidaridad, la ley, la Justicia– para volver a construir lo destruido.

Es como lo que te dicen los médicos cuando te muestran la radiografía de los pulmones: mire, ¿ve? Acá y acá, son villas miserias, cada vez más grandes, zonas oscuras, negadas. ¿Y esto? Una metástasis de mafias, trapitos, manteros, policías, narcos, taxis, gremios. ¿De qué se sorprende? Si de los treinta y pico de democracia que tiene, se fumó casi veinticinco de menemismo, duhaldismo, kirchnerismo. Y no le estoy contando los dos años en que intentó dejar y se masticó a De la Rúa como un habano sin encender, pensando que así no le hacía mal. Para limpiar esto, mínimo, treinta años de gobiernos laburantes y honestos.

Todo bien. Entiendo. Salgo del consultorio, me meto en un bar, me tomo un café y de pronto me agarran unas ganas de fumarme una cadena nacional de tres horas que ni les cuento. Quiero “zafar”. Volver al “deme dos”, al “uno a uno”, a fabricar billetes y a consumir sin límites. Miro la tele del bar como si ella estuviera ahí y la saboreo. Le escucho decir que “el pueblo”, que “la patria”, que “los buitres”, que ahora sí tiene un vicepresidente y lo veo a Boudou, a Guillermo Moreno que le dice algo al oído, a Milani, a Parrilli, Kunkel, a Diana Conti, Débora Giorgi, a Felisa Miceli, a Schoklender, a Ricardo Jaime, ¡a Mariano Recalde! ¡a De Vido!, todos sentados en primera fila, aplaudiendo. Y me harto de humo. Entro en una niebla que me saca de la realidad y  ahí, “resisto”.

Resisto hasta que empiezo a toser y no paro. Es una tos que me nace de las entrañas, como un vómito continuo que intentara revolverme íntegro de una vez. El médico me recomendó que venga al grupo. Dice que juntarnos, hablar, nos puede hacer bien. Que me olvide de la tos, que va a aparecer cada vez que me los nombren, que ya es crónica. Crónica TV, me digo, y veo las placas rojas ardiendo de indignación en la garganta, Me recuerdan el tendal de muertos que dejaron. Los 52 de Once, los 89 en las inundaciones de La Plata, los desnutridos, los que cayeron por drogas, por represión, por “sensación de inseguridad”.

Por último, quiero aprovechar para agradecer a los que me atienden el teléfono a las tres de la mañana y ponen la oreja. Ya no recibo la dosis diaria de vulgaridad y maltrato de Aníbal Fernández. Ellos me calman, me explican porqué me siento así. Somos parte de una sociedad adicta. formateada con todas las promesas, relatos, excusas y explicaciones para justificar sus recaídas. Pasamos de la euforia al llanto, del éxtasis a la crisis. Y en todas las situaciones nos sentimos amparados porque siempre hay un “otro” culpable ahí, “el imperialismo”, “la oligarquía”, “la derecha”, alguien que nunca somos nosotros.

El programa de rehabilitación –salvo la parte en que sugiere no tener relaciones sexuales con alguien del propio grupo– nos permite comprender en principio que lo más importante es cuidar la vida que nos toca. Pero me parece que falta la ilusión necesaria. Tenemos que saber para qué nos sirve semejante sacrificio. De algún modo necesitamos “ver” el futuro en el que todo lo que hacemos ahora tendrá sentido, y entender porqué el esfuerzo debe ser incesante y continuado. Hay una enorme cantidad de energía disponible a la espera de que la movilicen y la extraigan. Somos una enorme “vaca muerta” harta de verla pasar, de su propia bosta y de tirarse gases en las redes sociales.

*Periodista.



Carlos Ares