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Recuerdos del Pantano

Trabajé en una sección de notas especiales de un diario a la que los periodistas denominaban, despectivamente, el Pantano: una pequeña isla de cuatro o cinco escritorios donde morábamos los que no veníamos del riñón deportivo. Desde la mesa donde se definían las políticas editoriales del diario, se veía al Pantano como a una zona remota de la otra punta de la redacción, la Siberia. En medio de ese infierno llegó para compartir conmigo el puesto de editor un periodista flaco y alto, llamado Gustavo Grabia. En un sistema capitalista es una anomalía que uno de los editores no quiera dominar al otro, pasarlo, doblegarlo.

Sobre todo cuando era notable que el periodista nuevo era mucho más capaz que yo. Mientras yo me ahogaba en un vaso de agua por cualquier eventualidad del día a día, el periodista nuevo surfeaba los temas sin mojarse los pantalones.

Siempre lograba los mejores títulos y sus reportajes eran fantásticos. Pero lo más extraño era que le gustaba ayudarte. Era raro: trataba de que no se notara que él era el mejor. En Viaje al fin de la noche, de Louis Ferdinand Céline, el protagonista de la novela conoce a un hombre bueno con el que comparte una choza en el Africa. El tipo sólo vive para una sobrina a la que le manda el dinero que junta trabajando en las colonias. Céline no puede con su curiosidad y una noche, cuando este tipo ya está dormido, se acerca con una vela y le escruta el rostro: “Dormía como todo el mundo, con un aire corriente. Sin embargo, no sería nada tonto que los hombres de esta clase tuvieran cierta cosa visible que los diferenciara en el rostro”.



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