COLUMNISTAS DISCURSOS IDEOLOGICOS

Relato, ficciones y política

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El Gobierno nacional ha logrado construir un discurso que utiliza con mucha eficacia en su comunicación con la sociedad. Se trata de un discurso cargado de contenidos ideológicos, que le sirve para elaborar un “relato” con el cual presenta una versión particular de los sucesos públicos. Estos dos elementos del discurso (relato e ideología) mantienen una relación diferente con la realidad: mientras el “relato” la distorsiona, los contenidos ideológicos la imaginan diferente como proyecto de cambio. El “relato” se mueve en un presente que mira hacia atrás, mientras la ideología construye un futuro que se promete desde el presente. Y es ese futuro imaginado el que se usa para encubrir una lectura sesgada de la realidad pasada y presente, con una fuerza que lleva a muchos a no ver las cosas que ocurren, o a verlas de manera diferente. Tanto el “relato” como los discursos ideológicos, al distanciarse de la realidad, pueden considerarse ficciones; pero mientras el primero es el resultado de la acción de fingir, el discurso ideológico es resultado de una acción derivada del verbo imaginar. La primera es una ficción mentirosa, la segunda es una herramienta legítima muy presente en la reflexión y en la acción sobre la dimensión política de la sociedad.

Las principales categorías que han servido para dar sustentabilidad a la vida en sociedad son ficciones que se construyeron como teorías o fundamentos filosóficos. Entre ellas las que hacen posible lo que tanto sorprendía a Hume: la facilidad con que el conjunto de la población obedece al gobierno de una o muy pocas personas. Para facilitar esta obediencia fueron creadas sucesivas ficciones, como la de un poder que provenía de Dios para justificar que una sola persona gobernara a muchos y que éstos aceptaran su dominio; o, caída la monarquía, la ficción del pueblo y de la soberanía popular, que legitima el gobierno de unos pocos. Todo esto se encuentra desarrollado en La invención del pueblo, de Edmund Morgan, libro del que se ha dicho que es “provocativo, que desafía el sentido común, innova en sus enfoques y propone un camino original para analizar la vida política” y que “narra de manera magistral la historia de esa invención” (Hilda Sábato). A este tipo de ficciones pueden agregarse otras, como la de “sociedad”, que marcaría la superación del “estado de naturaleza” a través de imaginados “contratos sociales”, o la de “representación”, que trata de legitimar acciones gubernamentales por presuntos mandatos que están lejos de especificar qué es lo que debe hacerse al llegar al poder.

Los discursos ideológicos son otras ficciones legítimas que se usan para dar forma a propuestas de cambios que llevarían a sociedades nuevas o diferentes. Recurriendo a este tipo de ficciones se da un sentido trascendente a los programas de gobierno que se proponen al electorado, siempre que no se caiga en propuestas demagógicas que harían de esta ficción otra mentira. Completadas con una ficción que permita imaginar la nueva sociedad que se busca, las propuestas electorales van más allá de las demandas materiales de los ciudadanos para ocuparse también de sus componentes emocionales.

Las propuestas electorales se limitan, en general, a plantear distribuciones equitativas del ingreso, omitiendo incluso especificaciones relativas a cómo se producirá la riqueza que se quiere distribuir. Pero la omisión más seria se refiere al papel que se espera jueguen los ciudadanos en la realización de las ofertas programáticas. Las propuestas republicanas, con sus derechos y garantías de una importancia y vigencia ineludible, se apoyan en la ficción de un ciudadano que es sujeto pasivo de derechos, lo que resultaría insuficiente para hacerlo sentir un actor necesario en la concreción del proyecto de cambios.

Para que esto ocurra se requiere que la propuesta sea capaz de convencer a los ciudadanos apáticos de que hay espacio y oportunidad para activar sus posibles “utopías” postergadas; y a los enemistados con la política por frustraciones acumuladas, de que se abre un camino para dejarlas atrás. Sin caer en el “relato”, parece necesario imaginar ficciones que “enamoren” a los ciudadanos; que les permitan sentirse partícipes de un proyecto que los incluye y de una epopeya que merece los esfuerzos y sacrificios necesarios para sortear los obstáculos que toda gran tarea encuentra en su camino.

*Sociólogo. Socio del Club Político Argentino.



Omar Argüello