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Relecturas obligadas

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Sumido en la pobreza que nos depara la política económica del Gobierno –apoyada por una inmensa mayoría de la población– no estoy en condiciones de comprar libros. No es la primera vez que me pasa: ya me había sucedido con Alsogaray en el 62, con Krieger Vasena, con el Rodrigazo, con Martínez de Hoz, con Menem-Cavallo-De la Rúa, y ahora con Macri. La historia no se repite dos veces: es siempre la misma. Por lo tanto, en esas circunstancias hice lo mismo que ahora, me entregué a releer libros de mi biblioteca que no leía desde hace años. Así encontré tres libros de Henry Fielding (inglés, muerto en 1754), uno de los más divertidos escritores de su tiempo (y del nuestro). Antes de avanzar, recordé ciertos reparos que sobre su obra marca Mario Praz en La literatura inglesa. De la edad media al iluminismo (Losada, Buenos Aires, 1975). Era una situación difícil para mí: por principio, Praz siempre tiene razón. Pero por suerte no encontré el libro de Praz (se lo presté a un editor de la calle Scalabrini Ortiz intentando que se reedite: me dijo que le había encantado pero no le veía posibilidades comerciales) y esos reparos quedaron sólo en el plano hipotético. Superado ese inconveniente, me lancé a Tom Jones (Planeta, Barcelona, 1989, en una traducción laboriosa de Enrique de Juan), luego a Amelia Booth (Seix Barral, Barcelona, 1969, traducida al castellano por un enigmático D.r.a.d.q., que decidió cambiar el título original, que es sólo Amelia), y finalmente a La vida y las andanzas de Joseph Andrews (Ediciones del Centro, Madrid, 1977, traducción de José. A. López de Letona), novela que, en verdad, no había leído antes.


Tom Jones me provocó las mismas carcajadas que hace décadas, sigue siendo fresca, irónica, y ácida. Amelia me volvió a parecer más sobria, algo fallida, tal vez algo moral. En Fielding funcionan mejor sus historias de amantes que las de matrimonios. En La vida y las andanzas de Joseph Andrews, retoma todo su espíritu caustico, sardónico, de una ironía demoledora. Fielding parodia a Pamela, novela de Samuel Richardson, para demolerla paso a paso, no dejar nada en pie. No me gustaría haber estado en el lugar de Richardson. Tomando como modelo a Don Quijote (ahora que lo recuerdo, hace años compré un librito sobre la influencia de Cervantes en la literatura inglesa, ya mismo me lo pongo a leer), al punto que el propio Fielding la definió como una “épica cómica en prosa”. Pero sobre todo, hay dos aspectos que me resultaron extraordinarios. Una, muy de esa época, la inclusión de otra novela dentro de la novela principal (recurso hoy algo olvidado, aunque entre nosotros, nadie lo hace mejor que Daniel Guebel). En este caso, la nouvelle se llama La historia de Leonora, seguramente el mejor paso de comedia de Fielding, que bien puede leerse como un texto independiente (la escena en la que “Las señoras del pueblo se empezaron a preocupar de su conducta”, convierte a Leonora en la gran libertina de la novela británica del siglo XVIII). Dos, quizás el aspecto más importante, es la mano maestra de Fielding para llevar la novela hacia un estilo que, un siglo después, se llamaría realismo. Las descripciones de las clases bajas inglesas son impecables, y no tienen nada que envidiarle a las que harán, más adelante, del otro lado del Canal de la Mancha, Balzac o Flaubert.



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