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Religión y política

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En las últimas elecciones legislativas de Irán, el presidente Hassan Rohani y el ex presidente Akbar Hashemi Rafsanjani fueron elegidos para la Asamblea de Expertos junto a otros 27 candidatos progresistas en Teherán. Vale la pena saber por qué el presidente de la república quiso ser elegido experto y qué significa ser progresista en esta teocracia.
El líder progresista Rafsanjani está sindicado por la Justicia argentina como sospechoso de haber organizado el atentado terrorista en contra de la AMIA. Si sigue creciendo su tendencia, podría ser designado nuevo líder supremo de Irán, en reemplazo del ayatolá Khamenei. Sería un gran avance. El nuevo imán es más moderado: no insistiría en exterminar a los judíos en cien días, como anunció Khamenei en 2012, sino que se tomaría más tiempo. El Mahdi oculto, que vive en las montañas desde el año 860, le dará una nueva fecha para la aparición de Jesucristo en una mezquita de Damasco desde la que exhortará a los cristianos a unirse al Islam duodecimano o morir. La Asamblea de Expertos está integrada solamente por clérigos que tienen autoridad para elegir al nuevo imán.
Rohani es un clérigo que comparte la visión del mundo oficialmente aceptada por los teólogos. Si no fuese así, su candidatura habría sido vetada por el Consejo de Guardianes de la Revolución. Negoció la suspensión del programa nuclear porque no tiene tanto apuro en exterminarnos a los infieles, y porque el embargo económico de Occidente produjo estragos que Alá no pudo contrapesar. En el clero chiita hay unanimidad en leer el Corán desde una perspectiva misógina. En Irán, las mujeres deben vestir largas túnicas negras que oculten totalmente sus cuerpos y debiliten sus atractivos. Si una mujer es infiel con su esposo, se la entierra hasta el cuello y sus conocidos, empezando por sus hijos, deben reventarle la cabeza a pedradas. Los hombres también se visten con túnicas que no permiten delinear sus cuerpos, pero pueden ser infieles. La ropa de los occidentales, con pantalones ceñidos al cuerpo, les parecen propias del infierno. Para ellos, la mujer no debe sentir placer sexual. De hecho, hay cientos de miles de mujeres a las que se las castra para que no puedan experimentarlo. Los gobiernos clericales segregan a las minorías y también a la primera mayoría, las mujeres, y se meten en todos los aspectos de la vida de la gente. Mientras esperan el momento en que, de acuerdo con lo que dicen los teólogos clásicos, “la sangre de los infieles inunde la tierra”, se meten entre las sábanas, la cocina y los retretes, para reglamentar minuciosamente todas las actividades humanas y combatir el placer. Si un chiita deja la fe, es sentenciado a muerte de manera inmediata; también si es homosexual. Y corre graves peligros si le gusta la música o lee libros que no son del gusto del clero. El protocolo chiita es estricto: no pueden dibujar ni esculpir cuerpos humanos, no pueden siquiera ver a otros tomar vino, y destruyen toda manifestación artística que viole sus normas.
Irán es una democracia islámica que, según su constitución, está gobernada directamente por Dios. En la cumbre del poder está el imán, líder supremo, que es un alfaquí justo y virtuoso que gobierna “durante la ausencia del imán de los tiempos, con quien a veces dialoga”. En ocasiones excepcionales, también el presidente ha podido hablar con el Mahdi como lo hizo Mahmoud Ahmadinejad, que negaba la existencia de la Shoá y que firmó en 2014 un acuerdo con el gobierno de Cristina Kirchner. El líder supremo controla las fuerzas armadas, la Justicia y la inteligencia. Existen también un presidente elegido democráticamente y un parlamento. Todos los candidatos a legisladores deben ser habilitados por el Consejo de Guardianes de la Revolución, que se asegura de que todos ellos sean creyentes, musulmanes, chiitas ortodoxos, sin ninguna desviación teológica.
Hace algunos meses hubo en México un seminario en el que participaron algunos líderes de las revueltas de 2011 que derrocaron la dictadura egipcia del general Hosni Mubarak. Caído el régimen, se celebraron elecciones libres y triunfó Mohamed Morsi, candidato de los salafistas y los hermanos musulmanes. Llegados al poder por las urnas, quisieron imponer una legislación atrabiliaria, que tenía por eje la sharia y un gobierno manejado por religiosos. Los jóvenes tuvieron que salir nuevamente a las calles y terminaron respaldando el retorno de la dictadura militar, encabezada esta vez por el general Al-Sisi. Dijeron en el seminario que es preferible una dictadura militar que una democracia clerical. Cuando la religión pretende gobernar, el oscurantismo aplasta la libertad y no existe posibilidad alguna de que avancen la técnica y la ciencia.

*Profesor de la GWU, miembro del Club Político Argentino.



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