COLUMNISTAS APUNTES EN VIAJE

Remís

Me contó de su padre que había sido operario en la fábrica de pinturas Alba toda su vida y lo habían chupado en la dictadura, unos meses antes de que él naciera.

Foto:Marta Toledo.

Tengo por regla no hablar con los taxistas, responder con monosílabos si me buscan conversación e ir todo el viaje con la vista clavada en el celular como si estuviese leyendo o respondiendo mensajes de vida o muerte. Algunas veces saco un libro y trato de leer, como en los colectivos. Sin embargo, en el ambiente del auto el libro no resulta. Es extraño que sí pueda concentrarme en un vehículo lleno de gente, de frenadas, de conversaciones unilaterales por el celular entabladas a viva voz, pero no pueda hacerlo en el cubículo individual o casi, un cubículo que sólo nos contiene a dos personas, el chofer y yo. No puedo porque siempre está la radio varada en el lugar del dial más desagradable. Odio los taxis, pero los tomo seguido: porque soy cómoda, porque hace frío, porque llueve, porque hace calor o llego tarde o porque sí.

Pero rara vez me subo a un remís. Excepto para ir fuera de la ciudad o cuando voy a pueblos o ciudades más chicas donde el taxi no existe y reina el remís, como en el conurbano.

Nunca sé muy bien si hablar o no con el remisero. Tengo claro que no es un taxista. Pero ¿hasta dónde no es un taxista? ¿Hasta dónde no tendrán los mismos intereses, las mismas opiniones sobre las cosas?

En los últimos días fui en remís a Moreno y a Los Polvorines.

A Moreno fuimos y volvimos en silencio. Muy temprano a la mañana, un día frío y gris, por momentos caía la garúa. Me gusta la autopista en esos días, los árboles y los edificios parecen fantasmas asomándose desde el suelo, inclinándose sobre los cientos de coches con las luces encendidas, difusas por la niebla, como si fueran criaturas malditas tratando de atraparnos con sus finos dedos de gasa.

A Los Polvorines fui pensando en dormir una siesta. Eran las tres de la tarde y llovía, hacía cuatro días seguidos que llovía. Pero antes de subir a la autopista el chofer me sacó conversación: me dijo que a él le gustaba charlar, que hacía poco trabajaba en el remís y que lo único que le gustaba de su trabajo era conocer gente. No soy muy conversadora, pero a veces me gusta escuchar y Tito, así se llamaba el hombre, lo sabría unos kilómetros después, tenía una voz agradable. Me contó de su padre que había sido operario en la fábrica de pinturas Alba toda su vida y lo habían chupado en la dictadura, unos meses antes de que él naciera, por tener una revistita del sindicato en su locker. Por suerte lo soltaron, pero para cuando salió él ya había nacido. Tito me dijo que a él le gustaba leer y que se alegraba cuando lo llamaban de la universidad porque siempre era para llevar escritores o profesores. Pero no siempre los viajes son buena conversación, me dijo. Hace unos días fue a buscar a una chica al hospital de San Miguel. En la agencia le dijeron que entrara y avisara, que la chica iba a esperar adentro porque tenía a su bebé delicado. Se metió en la maternidad. Dijo que había pañales sucios tirados por ahí y muchas mujeres angustiadas. Encontró a su pasajera: una chica de 14 años, con un nene recién nacido. Él tiene una hija de 7. Es inteligente, dijo y agregó con modestia: bah, todos los chicos ahora son así. Le pidió que le comprara Caperucita Roja pero quiere el cuento contado por el Lobo. Se ríe. Los ojos le brillan en el espejo retrovisor.

El conurbano está particularmente oscuro por la lluvia, pero en un tramo el cielo se abre en retazos azules. Le digo que parece que va a escampar. Él mira de reojo por la ventanilla y dice que sí, que eso dijeron en la radio.