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Resignación vs. indignación

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Frente a los embates de la vida cotidiana, muchas veces solemos perder el sentido crítico para caer en una suerte de letargo colectivo.

¿No nos está pasando acaso algo de eso? Para colmo, las campañas electorales nos tuvieron como “dopados” de eslóganes y de frases huecas. Hay momentos en que, despertando de ese cómodo (o incómodo) sopor, la realidad nos da un cachetazo y nos recuerda que estamos vivos, que somos seres pensantes y que tenemos que reaccionar frente a lo que no nos gusta.

Y ahora, el golpe de las inundaciones y de los miles de damnificados que lo han perdido todo.

Mi amiga Mabel Pagano me comentaba la tristeza que le producían ciertos dichos que se han impuesto en los últimos tiempos, como “zafar”, “esto es lo que hay” o “ya fue”. ¿No te parece que es la filosofía de la resignación? –me preguntaba.

Y sí. No habría que trabajar, ganarse las cosas, lograrlas, sino “zafar” de las situaciones, pasar raspando los exámenes de la vida en todas sus facetas, escapar, quitarse los obstáculos de encima.

“Esto es lo que hay”. Nada podemos hacer. Ni siquiera intentarlo. Las cosas son como son y nadie las puede cambiar. Y eso va para todo: para la política, la economía, la educación, para las tristes realidades sociales que a diario se observan en la calle, en los medios de transporte, a la salida de los boliches nocturnos, etcétera.

Total, ¿por qué vamos a reaccionar? Si las cosas… ya fueron, sigamos de largo, lo pasado pisado, ¿verdad?
Balzac sostenía que la resignación es un suicidio cotidiano, y no le faltaba razón.

En las antípodas de esta actitud que se ampara en la resignación, recuerdo a aquellos “indignados” que salían a las calles de Europa, protestando.

El nombre de ese movimiento surgió a raíz del libro, titulado Indignáos (2010), del escritor y diplomático francés Stéphane Hessel, que fue también uno de los redactores de la Declaración Universal de Derechos Humanos, en el año 1948.

En Indignáos, Hessel planteaba la necesidad de una rebelión “contra la indiferencia y a favor de la insurrección pacífica”.
Estos alzamientos empezaron a producirse en España (el 15 de mayo de 2011, en Madrid) y luego se fueron extendiendo a muchos países de Europa (Francia, Bélgica, Alemania, Italia, Grecia), como respuesta a la crisis económica. Así nació en España el Proyecto llamado 15M, como consecuencia “del hartazgo de que los políticos no nos hagan caso”.

Según los españoles, el 15M era un estado de repolitización de la ciudadanía, en el cual la gente despierta y empieza a sentirse junta. “No somos marionetas en manos de políticos y banqueros”, manifestaban.

A partir del 17 de septiembre del mismo año, 2011, se forma en los EE.UU. la Occupy Wall Street, contra “la avaricia corporativa y la desigualdad social”. Eran acampes que ocupaban la zona financiera de Nueva York y que se fueron diseminando luego a ciudades como San Francisco, Boston, Los Angeles, Portland.

La “indignación” tiene distintas formas de protesta, que son sublevamientos, acampes, manifestaciones. Entre la resignación y la indignación, ¿habrá otro camino? Quizás ese estado intermedio se encuentre en el concepto de “aceptación”, que según algunos psicólogos es animarse a ver las cosas como son. Para el doctor Jon Kabat-Zin (profesor de Medicina, doctor en Biología Molecular y famoso investigador del estrés en la Universidad de Massachusetts), la aceptación no quiere decir que nos hayamos resignado a tolerar las cosas, con que “tengan que ser”. Significa que hemos llegado a la voluntad de ver las cosas como son, lo cual sería “preparar el escenario para que, pase lo que pase, podamos actuar de la forma adecuada y tener la convicción interna para hacerlo en serio.

La aceptación sería, entonces, el reconocimiento del problema, la lucidez para hacerlo y la capacidad de buscar la solución. Ni quedarse paralizado ni rebelarse por la rebeldía misma. Se trataría de una reacción realmente conducente. ¿No la necesitaremos? (Aunque, en estos días, una cuota de indignación no nos vendría mal).

*Escritora y columnista.



Alina Diaconu