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Reto democrático

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En las últimas décadas, la policía se convirtió en objeto de debates públicos en muchos países, en general a raíz de agresiones perpetradas contra la población. Esta violencia fue considerada como un uso abusivo de la fuerza física delegada a la policía por el Estado, que, en principio, detenta su monopolio con el fin de preservar el orden público y garantizar la seguridad pública. Estas son, de hecho, las dos grandes misiones que, junto con otras más específicas como la investigación, el servicio de información o la vigilancia de las fronteras, caracterizan el trabajo policial en las sociedades contemporáneas: por un lado, el mantenimiento del orden en los espacios públicos, en particular en contextos de concentración de personas; por el otro, la protección de la seguridad de la gente, en especial ante actos de delincuencia. Ambas funciones dan lugar a prácticas muy diferentes y, por consiguiente, a desviaciones distintas.

El control de una manifestación callejera poco tiene que ver con el patrullaje en los barrios populares, y el hecho de aporrear a una muchedumbre a tontas y a locas no responde a la misma lógica que el hostigamiento focalizado de determinados individuos, aun cuando a veces desembocan en el mismo resultado trágico: la muerte de una o varias personas. Las democracias contemporáneas estuvieron más expuestas a uno u otro de estos problemas en función de sus historias singulares. Así, en Italia y en España, los debates en torno a la fuerza pública versaban, en primer lugar, sobre la violencia policial durante las protestas (contra la celebración de una cumbre internacional en Génova en julio de 2001, o contra la política de austeridad del gobierno conservador en Madrid en septiembre de 2012), mientras que en Gran Bretaña o en los Estados Unidos hacían referencia, sobre todo, a la violencia policial contra minorías o inmigrantes (en el caso de las revueltas de Londres en agosto de 2011, luego de la muerte de Mark Duggan durante un control de identidad, o de Ferguson en agosto de 2014, tras el homicidio de Michael Brown por un policía). También América Latina debió enfrentar estos dos tipos de uso excesivo de la fuerza pública, en especial con la represión de manifestaciones de poblaciones indígenas en Ecuador, o en la lucha contra la droga en las favelas de Brasil, donde las víctimas se cuentan por miles cada año. Por su parte, en el transcurso de los últimos años, Francia conoció las situaciones, y los analistas intentaron, a veces, vincular ambas formas de violencia. Sin embargo, se trata de realidades que remiten a procesos sociológicos independientes y cuya equiparación no parece echar luz sobre el funcionamiento de la policía.

Este libro hace referencia al trabajo de las fuerzas del orden sólo en el marco de su misión de seguridad pública y se esfuerza por comprender sus interacciones con la población de la periferia de las grandes ciudades. La justificación de esta elección responde a los repetidos disturbios de los que se plagó la vida de los barrios populares en los últimos treinta años. Una y otra vez, estos motines estallan tras el deceso de adolescentes o de adultos jóvenes –siempre hombres, siempre de sectores sociales modestos, siempre de origen inmigrante no europeo que viven en complejos de viviendas sociales– durante interacciones con la policía, ya se trate de homicidios o de accidentes. Por lo demás, el recorte temporal de la investigación que realicé corresponde al período que se extiende entre las revueltas de octubre de 2005, luego de la muerte de dos adolescentes refugiados en una subestación eléctrica para escapar de los policías que los perseguían en Clichy-sous-Bois, y las de noviembre de 2007, tras la muerte de dos jóvenes en motocicleta atro- pellados por un patrullero en Villiers-le-Bel (en el primer caso, los incidentes se propagaron al resto del país y terminaron en la proclamación del estado de emergencia, mientras que en el segundo, fueron contenidos de inmediato por una masiva intervención de las fuerzas el orden). No obstante, mi investigación no trata sobre los desórdenes urbanos –aun cuando relato varias escenas que tienen lugar en ese contexto–, sino, por el contrario, sobre lo que sucede cuando no hay ningún muerto, ni vehículo incendiado, ni edificio destruido.

En resumen, se trata de aprehender lo cotidiano de la vida de las periferias urbanas. Con este fin realicé un trabajo etnográfico. Para los lectores, el término puede evocar sociedades lejanas y, probablemente, culturas tradicionales, y aprendí a evitarlo en la presentación de mi trabajo frente a prefacio a la edición en español  17 audiencias de no especialistas, en especial cuando se trataba de la propia policía, por sus connotaciones exóticas. Por lo tanto, corresponde aquí dar alguna explicación al respecto. La etnografía consiste en introducirse en la experiencia de hombres y mujeres en un contexto determinado y comunicarla: su forma de aprehender el mundo, de pensar su lugar en la sociedad y su relación con los otros, de justificar sus creencias y sus acciones. Es un intento por atravesar el espejo, por decirlo en cierto modo, y explorar otro universo, que a menudo comienza siendo ajeno pero que poco a poco se vuelve más familiar.

En otras palabras, no se trata de producir alteridad, como puede suponer la imagen estereotipada del antropólogo a la que los propios antropólogos no son del todo reacios, sino, por el contrario, de producir cercanía, de descubrir que quienes parecían tan diferentes, irracionales o incomprensibles se asemejan a nosotros más de lo que pensábamos, actúan con más coherencia de lo que concebimos, y en todo caso, piensan y se comportan de un modo que puede volverse inteligible para todos. Esto es tan cierto para los nambikwara de Claude Lévi-Strauss y los balineses de Clifford Geertz, como para los policías de Baltimore o París. Acabo de definir que la etnografía consiste en introducirse en la experiencia de los otros y comunicarla: ambos verbos son cruciales. Desde un punto de vista genealógico, la etnografía remite al trabajo de campo, como sabemos desde Bronislaw Malinowski. Desde una perspectiva etimológica, se refiere a escribir, como aprendimos con James Clifford y George Marcus.

 

*Antropólogo y sociólogo Fragmento del libro La fuerza del orden, editorial, SXXI editores.



Didier Fassin