COLUMNISTAS MACRI Y TRUMP

Riesgos de una cita incierta en la Casa Blanca

La Casa Rosada, que había apostado a continuar con Clinton la agenda desplegada con Obama, ahora debe adaptarse al nuevo escenario que implica la llegada del magnate.

Conocidos. Hace más de treinta años hicieron negocios inmobiliarios juntos.
Conocidos. Hace más de treinta años hicieron negocios inmobiliarios juntos. Foto:Cedoc Perfil
Después de 14 años, un presidente argentino volverá esta semana a la Casa Blanca. Desde que asumió en diciembre de 2015, Macri impulsó un giro en la política exterior, su mentado “regreso al mundo”, que implicó subordinar las decisiones del Palacio San Martín a las de Estados Unidos y Europa. Dio la espalda a las instituciones regionales, como la Unasur y la Celac, y procuró seducir al mundo de los negocios –Foro de Davos– y tomar la agenda de las potencias occidentales. Suponía que así abriría más mercados para las exportaciones, atraería inversiones y lograría mayor financiamiento externo. Alineándose a Estados Unidos, logró que Obama visitara la Argentina en marzo del año pasado. El costo no fue menor: pagó a los fondos buitre lo que pedían, al precio de un gran endeudamiento externo, y tomó la agenda política, económica, ideológica y militar de Washington. Más allá de la foto con Obama, no logró casi nada a cambio.

El gobierno esperaba un triunfo electoral de Hillary Clinton, favorable a los megaacuerdos de libre comercio a los que aspiraba a sumarse Macri. El batacazo de Trump complicó los planes de Macri y Malcorra. Y provocó, junto al Brexit, un cambio global cuyas consecuencias todavía estamos evaluando. El magnate retiró a Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico (TPP), tiene una prédica proteccionista que apunta a equilibrar su comercio exterior y cuestiona, al menos discursivamente, la globalización neoliberal que Macri elogia. En concreto, ya en enero la nueva administración republicana resolvió suspender el ingreso de limones argentinos y quitó las facilidades para las visas que había concedido Obama. En marzo, los productores estadounidenses de biodiésel iniciaron una campaña contra las importaciones provenientes de la Argentina, a la que acusan de dumping –una de las excusas, junto a las fitosanitarias y los subsidios agrícolas, con las que históricamente Estados Unidos despliega un proteccionismo selectivo que afecta especialmente a nuestro país–.   

Trump impuso los temas del encuentro bilateral: acuerdos en materia de defensa e inteligencia (peligroso injerencismo militar), discusión de la creciente influencia china en la región (Washington y Pekín disputan áreas de influencia y los estratégicos recursos mineros y agropecuarios que provee la región) y la situación de Venezuela (así como Macri fue una pieza clave en la cobertura diplomática del golpe parlamentario contra Dilma Rousseff en Brasil, Washington aspira a que ahora sea su alfil en el ataque contra Venezuela). La Casa Rosada buscó con insistencia la visita a la Casa Blanca, pero teme que Trump involucre a Macri en algún tema ríspido. Además, poco puede esperarse en materia comercial, rubro en el que Argentina tuvo un déficit bilateral de casi 3 mil millones de dólares el año pasado, que puede profundizarse si Argentina abre más su mercado, mientras Estados Unidos aplica nuevas restricciones. El miércoles el Presidente viajará a Houston, para procurar inversiones petroleras en Vaca Muerta y seguir insistiendo con la lluvia de inversiones, que hasta ahora nunca se produjo.

Ajeno al cambio de contexto, la estrategia de Macri apunta a continuar remozando las relaciones carnales de los noventa, cuidando más las formas. Malcorra negoció durante semanas la llamada telefónica de Trump a Macri –que se produjo en febrero y duró sólo cinco minutos– y ahora la visita a la Casa Blanca. El presidente argentino, en vez de converger con sus pares de la región para fortalecer la integración latinoamericana y a partir de ahí negociar con más fuerza con las potencias extra-regionales, busca sacar provecho de la debilidad de sus pares neoliberales –Peña Nieto, Santos y Temer–, para posicionarse como el interlocutor de Trump en la región. Imaginan que así obtendrán beneficios. Pero la historia demuestra lo contrario: la estrategia de abonar la fragmentación regional sólo genera más debilidad, dependencia y falta de autonomía.

Además de los magros resultados que tuvo hasta ahora subordinarse a Estados Unidos, Macri tiene un problema adicional. Trump no es Obama. El magnate republicano es un misógino y un xenófobo, que eligió a los hispanos como blanco de sus ataques para ganar las elecciones. Genera un creciente rechazo en la región, que aumentará a medida que profundice la veta unilateralista y belicista que mostró estos días con Siria, Afganistán y Corea del Norte. En consecuencia, mostrarse cercano o sumiso a él tendrá un costo político-electoral significativo. El mexicano Peña Nieto puede dar cuenta de ello. Y Argentina es un país con una larga historia de rechazo al injerencismo y la prepotencia estadounidense.
En 2018, la Cumbre presidencial del G20 se realizará en nuestro país. O sea que Trump debería visitarnos pronto. Imagino un escenario más parecido al de Bush en Mar del Plata en 2005, con decenas de miles rechazándolo, que al de Obama en 2016. La reunión del jueves será el primer capítulo de una relación bilateral que dará que hablar.

Profesor UBA. Autor de Vecinos en conflicto. Argentina y Estados Unidos en las conferencias panamericanas.

Leandro Morgenfeld*