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Rinocerontes

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Ellos rugen y destrozan todo, multiplicándose como hongos. Son hombres y mujeres que han sufrido una extraña metamorfosis: la rinoceritis. Sólo queda un individuo, que se resiste hasta que las luces se apaguen: Bérenger.
Hace décadas, tuve el privilegio de ver la obra Rinoceronte, en el Odéon de París, con Jean-Louis Barrault. Ahora, el placer y la emoción fueron enormes al saborearla aquí, en Buenos Aires, en el Teatro San Martín, presentada por el Théâtre de la Ville, bajo la estupenda dirección de Emmanuel Demarcy-Mota.
Con los aplausos desbordantes de una sala colmada, sentí varias cosas: la perturbación que produce una obra estrenada en 1959 y que sigue absolutamente vigente más de medio siglo después. Y luego, nostalgias personales: el recuerdo de la colección de pequeños rinocerontes que Eugène Ionesco tenía en su departamento de la calle Rivoli y que se fue ampliando cuando se mudó con su mujer, Rodica, al bulevar Montparnasse (colección a la que se agregó también, debo decirlo, un diminuto rinoceronte de ónix, made in Argentina). Y otra añoranza: la pena de no poder llamarlo por teléfono para contarle el rotundo éxito de su pieza en Buenos Aires, ciudad que él conoció a fines de los años 60. Claro que su hija, Marie-France, se va a enterar…
¿“Teatro del absurdo”? No, Rinoceronte es hoy más “lógico” y más elocuente que nunca, casi una réplica de fenómenos político-sociales que ocurren en todo el planeta, y entre nosotros también.
Se sabe que Ionesco hizo con esta pieza una metáfora del nazismo. El mismo lo reconoció, numerosas veces. Releyendo ahora su libro Notes et contre-notes, no puedo dejar de traducir algunos conceptos más del autor:
“Rhinocéros, que se da en una gran cantidad de países, golpea de una manera sorprendente a todos los públicos. ¿No es acaso asombroso que la aventura de un personaje individualista y solitario, como el héroe de mi pieza, encuentre una adhesión tan importante en tantas personas del mundo entero? ¿Y no es acaso en esa profunda soledad que tiene lugar la comunión universal, más allá de toda logomaquia y separación? (…) Yo me pregunto si no he metido el dedo en la quemante llaga del mundo actual, en una extraña enfermedad que reina en diferentes formas, pero que es la misma, en su origen. Las ideologías, transformadas en idolatrías. Los sistemas automáticos de pensamiento se alzan, como una pantalla entre el espíritu y la realidad, tuercen el entendimiento, ciegan. Ellas son también barricadas entre el hombre y el hombre; deshumanizan y vuelven imposible la amistad, impiden aquello que se llama coexistencia, ya que un rinoceronte no puede ponerse de acuerdo con el que no lo es, o un sectario con el que no está en su secta”.
Esto lo aseveraba Ionesco en enero de 1961…Muchas otras de sus reflexiones de entonces nos acercan a la actualidad, sobre todo aquí, en este querido país que sufre los embates de una profunda decadencia moral, social, política, educativa. Donde, en vez de encontrar puntos en común, nos refugiamos en dicotomías, cuando no en violentos antagonismos.
En un reportaje aparecido en Le Monde (1960), Eugène le decía a Claude Sarraute: “No sé si usted lo ha notado: cuando las personas no comparten su opinión, cuando uno no se puede entender con ellas, tiene la impresión de dirigirse a verdaderos monstruos…”. Y allí entraría la imagen del rinoceronte, mezcla de candor y ferocidad: “Los rinocerontes lo matarían a usted, con la conciencia bien tranquila, si usted no piensa como ellos”. Ionesco cree que son siempre las conciencias aisladas las que representan la conciencia universal. Esos individuos serían los verdaderos héroes: como Bérenger, el hombre que se niega a convertirse en rinoceronte en un mundo lleno de rinocerontes.
“¡Soy el último hombre, seguiré siéndolo hasta el final!... ¡ No capitulo!”, exclama en su monólogo, antes de caer el telón.
El mensaje sigue vivo y seguirá vivo mientras haya rinoceritis en una sociedad, mientras sigan las divisiones, la intolerancia, las discrepancias irreconciliables y la imposibilidad de entendimiento entre pares. En ese estado de cosas, ¿podremos hacer como Bérenger, ser individuos y no capitular?

*Escritora y columnista



Alina Diaconu