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Riquelme en manos del doctor House

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–Os conozco, señor y sé que sos bueno por naturaleza.
–(Indignado) ¡Yo no soy bueno, y seré malo, cuando me dé la gana!
–Oh, no os encolericéis, señor… Acordaos de que estáis enfermo Molière (1622-1673);

de ‘El  enfermo imaginario’ (1673): Argán dialoga con la criada Antonia: Primer acto, escena V
 
Lo vi llegar, barba prolija, ojos celestes, el pelo algo revuelto, saco azul, la camisa afuera del pantalón, jeans y un par de zapatillas grises con cordones blancos. Pese a que rengueaba de su pierna derecha, avanzaba más rápido que la mayoría de los que circulaban por la redacción, apoyado en un bonito bastón de madera con una empuñadura que me recordó a uno que le vi a Borges. Aún no había llegado a mi escritorio y ya parecía harto de ese bosque de boxes con teclados y pantallas. Se paró frente a mí y dejó su tarjeta debajo de un vasito de plástico con agua a medio tomar. Se presentó.

—House. Gregory House. Y aunque no parezca, soy médico, Asch. Quizá me conozca más por mi banda de blues, donde uso mi nombre real, Hugh Laurie. No es tan buena pero al menos allí no muere nadie, al menos en mi presencia. Necesito información. Por cierto, ¿usted sabe algo de este trabajo, si se le lo puede llamar así? ¿Qué pretende con esas raras columnas sobre fútbol que escribe? ¿Ser un snob o algo así? Vine por Riquelme. Me contrataron para curarlo, si es que tiene alguna cura. Dígame todo lo que sabe y rápido. Tengo poco tiempo y casi nada de paciencia.House movía nerviosamente sus pies. No parecía dispuesto a mantener un diálogo extenso. Agregó su última línea. —Me dijeron: “Tiene el desgarro más largo del mundo” y no pude resistirme. Quiero explorar esa grieta. Soy fan del turismo aventura.
—No sobreactúe, House. Suena más cínico que en la serie. ¿Lo vio?
—Esta mañana. Entré por la puerta más lejana y me confundió con un colega, porque me contaron que dijo: “Uy: ¿y ahora quién se rompió?”. Le expliqué que lo revisaría a la tarde y que mi equipo de expertos rastrearía el club para detectar cualquier sustancia nociva. No cambió su expresión durante el minuto que hablamos, como si fuese una estatua viviente de esas que uno ve en las plazas. Casi le dejo unos cuartos de dólar.
—Nada personal, House. Riquelme siempre ha tenido esa expresión de chico triste…
—Uf. No será un enfermo fácil; y los que lo son, están sanos. Lo sorprendí succionando una mezcla de hierbas con agua caliente mediante un extraño sorbete plateado. ¿Eso es brujería? La gente recurre a cualquier cosa para curarse. Hasta a los médicos. 
—Se llama mate. Es la infusión tradicional del país, House. 
—No me diga ¿Y es verdad que aquí se comen las vísceras de las vacas? ¿Y cotizan un dólar azul? Qué país exótico. Pero volvamos a Riquelme. ¿Qué hace? ¿Es deportista?
—Uno de los mejores futbolistas de la historia. Pegada magistral, de la nada crea jugadas de gol, define partidos. No es fácil convivir con él, eso sí. Tiene a su grupo de incondicionales, y el resto del plantel suele detestarlo. Siempre fue así. Pero creo que ahora, aunque suene extraño, añora a sus antiguos enemigos.
—Ahora me tendrá a mí. ¿Alguna vez entrenó bien? No parece. Camina como esos tipos que leen el diario mientras toman café en su gasolinera y, molestos por la interrupción, se arrastran de mala gana hasta tu auto para llenarte el tanque. ¿En la cancha es igual?
—Allí puede ser genial. El problema es que cada vez juega menos y en junio el club tiene que decidir si le hace un nuevo contrato, o no. Ya está grande, pero la gente lo adora. Un problema para la mayoría de los dirigentes que no lo soportan, aunque nadie lo diga en voz alta. Una vieja historia.
—Déjeme leer su historia clínica. Ehm… Desgarro en el aductor izquierdo contra All Boys el 24 de noviembre del 2013. Ahá. Grave, parece.
—“Me duele hasta cuando bajo del auto”, se quejaba, pobre.
—¿Antes o después del desgarro?
—House, por favor... Estaba convencido que iba a necesitar más de 60 días para recuperarse.
—Extraordinario. ¡Un paciente que se diagnostica solo mientras yo cobro la consulta! El sueño de mi vida. ¿Qué pasó después? Trabajo kinesiológico intenso, bsss, bsss, sesenta minutos de futbol contra Defensores de Belgrano.  Bien. ¿Y entonces?
—Todos esperaban verlo jugar en verano, pero pudo ni debutar en el torneo oficial. Había mucha ilusión con que pudiera ir al banco hoy, pero no pudo llegar.
—¿Y no cobró? Jeh; solo bromeo, Asch, sé a lo que se refiere. Dejeme seguir leyendo. Una distensión en el gemelo complicó todo aún más. Nunca practicó con normalidad. Ahá. ¿Y cuál es la idea? ¿Que juegue el próximo partido y sea Messi? ¿Creen que soy el padre Karras de El

Exorcista? El presidente Angelici me confesó que mi diagnóstico será decisivo para decidir su futuro. Le dije que lo mío sería intensivo y muy rápido. Si lo sano, gano yo; y si no, ganará él. Je. Era un chiste, pero él asintió, serio. No me entendió, creo. O sí.. Igual yo me llevaré mi cheque. Mmm… ¿Qué más dice acá? “En un momento dejó de jugar porque ‘se sentía vacío’ pero volvió a los meses”. Epa. Hay que ver con qué lo rellenaron. ¡Allí puede estar la clave! Oh, debo irme, Asch. No me ha sido muy útil, pero gracias de todos modos. Y si lo vuelvo a ver ni se le ocurra darme un… ¿cómo es que se llamaba? Oh, sí: ¡mate!

Se fue tan rápido como llegó, inclinado como el Aguirre de Kinski pero a toda velocidad. Un tipo desagradable pero con cierto encanto. Estoy seguro que con él Riquelme tendrá una recuperación milagrosa, llevará a Boca hasta lo más alto y le renovarán el contrato, como a Bianchi.
Y si falla… Nos quedará el consuelo escuchar a la banda del tal Hugh Laurie. Que tal vez agregue un nuevo tema a su repertorio: ‘El blues del Enganche Melancólico’. Algo sofisticado, lento, en tonos menores, con largos solos; un estilo que fascinará a unos y enfurecerá a otros.
Más o menos la misma historia de siempre.



Hugo Asch