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Robin Hood era gay

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Robin Hood era gay y Lady Marian, una invención literaria. Eso al menos sostiene el profesor Stephen Knight, de la Universidad de Cardiff, que escribió un libro con el inequívoco título La reina del bosque. Según Knight, el príncipe de los ladrones tuvo una acalorada historia de amor, sí, pero con Little John. La Robin Hood Society inmediatamente reaccionó contra esa especulación en torno al legendario personaje, mientras que el grupo gay Outrage festejó con bombos y platillos la noticia. Knight, en una entrevista publicada por el Sunday Times, además de hacer hincapié en el hecho de que Robin Hood vivía en el bosque “sin mujeres”, encuentra que la historia del bandido es muy rica en signos indudables del “imaginario erótico”. ¿Qué signos? El bosque, según Knight, es ya un símbolo de virilidad, es cierto, pero las continuas referencias a flechas, carcajes, espadas y lanzas dejan todo muy claro. ¿Es posible que Knight no tenga un argumento mejor? Sí, lo tiene: el contexto histórico.

La historia de Robin Hood se remonta a fines del siglo XII, cuando Ricardo Corazón de León había emprendido la marcha a las Cruzadas. Pero las baladas datan de dos siglos después; son textos anónimos que los especialistas fechan en torno a 1450. Robin quiere decir petirrojo, un pájaro de color verde con pecho rojo. Knight dice poder afirmar con absoluta seguridad que en el siglo XV la palabra petirrojo es un eufemismo con el que se designa a los hombres de virilidad dudosa. En socorro de la tesis de Knight corre otro académico, Barry Dobson, profesor en la Universidad de Cambridge, que dice que en el siglo XII los homosexuales eran aceptados, y que fue más tarde cuando la Iglesia empezó a ser menos tolerante con ellos.

Lo extraño no es tanto descubrir que Robin Hood era homosexual, sino cuáles fueron los caminos que llevaron a ocultar ese hecho y tratar de explicarse el rechazo que provoca la noticia hoy día. Por otro lado, el comportamiento homosexual de los bandidos no debería extrañar tanto: el mismo comportamiento se da en cualquier organización de hombres cerrada, ya se trate de marineros, presidiarios o curas. Pero entonces: ¿quién fue Lady Marian? Nadie, una invención literaria que apuntaba a volver la historia más aceptable a la ética victoriana. Knight insiste: “La atmósfera que se respiraba en el bosque de Sherwood, en el siglo XI, era la de los merrie men (muchachos alegres), sin la más mínima huella de una mujer”. Y remite a las nuevas traducciones del chaucerian english, el antiguo dialecto en que se escribieron las primeras baladas, de las que surge, al leerlas con cierta dosis de perversidad, una figura de sexualidad, como mínimo, ambigua.

En el libro The Vision of Piers the Plowman (La visión de Pedro el labriego), de William Langland, que data de 1377, por ejemplo, se lo describe como un lusty young man, un “joven lujurioso”, apasionado por las jolly brisk blade, las “espadas gallardas y brillantes”. “Su amante era Little John, no Lady Marian”, concluye Knight, y si los anónimos escritores de las baladas no fueron más explícitos, eso se debe solamente a la hipócrita moral de la baja Edad Media.



Guillermo Piro