COLUMNISTAS NUEVO PRESIDENTE DE IRAN

Rohani integró el comité que habría ordenado el ataque contra la AMIA

El sucesor de Ahmadinejad fue acusado por el ex oficial iraní que ya declaró ante la Justicia argentina.

Es entre patético y vergonzoso para la Argentina, pero nada sucede en Irán de cara a las proclamas del gobierno de Cristina Kirchner. Tras haber sido elegido el 15 de junio como nuevo presidente de la República Islámica con el 50,7%  de los votos, Hassan Rohani abrió un período temporal de alivio y expectativa. Rohani sabe que Irán está muy golpeado y aislado por los últimos años de extremismo ideológico y mesianismo nuclear en los que embarcó a su país Mahmud Ahmadinejad, que debe dejar la presidencia el 3 de agosto.

Pero no hay cambios epocales demasiado fuertes en el corto plazo a la vista. Irán sigue siendo un régimen teocrático a cuya cabeza hay un Líder Supremo, expresión del clero dominante. El ayatolá Alí Jamenei, de 74 años, expresa al clero conservador. Presidente de Irán entre 1981 y 1989, fue designado Líder Supremo sucesor del ayatolá Jomeini en junio de 1989, cinco años antes del ataque contra la AMIA. Nada importante acaece en Irán fuera del poder y el control del comandante de la casta clerical dominante. Para los chiítas en el poder, Jamenei es, como Jomeini, expresión actual y directa de la voluntad de Dios.

Irán es un país conducido con puño de hierro por el régimen clerical. La campaña electoral se libró en medio de los habituales y estrictos controles a la prensa y aplicando un brutal oscurecimiento de las pantallas: los 43 millones de usuarios de internet que zafaban de la censura oficial usando los “virtual private networks” (VPN), se quedaron sin poder navegar. Sólo los candidatos elegidos por el Líder Supremo pudieron competir y la mitad de ellos lo hizo de manera precaria, incluyendo arrestos domiciliarios.

En su primera conferencia de prensa, Rohani dijo que Irán procurará expandir relaciones con América latina. Es por ahora ambiguo el sentido de estas declaraciones. Teherán tiene vínculos privilegiados con Venezuela, Cuba, Bolivia, Nicaragua y Ecuador. Los tuvo con el Brasil de Lula, pero se enfriaron desde que asumió Dilma Roussef. ¿Se propone Rohani cambiar el curso de la trayectoria de Irán en el continente, rompiendo con la política de penetración a través de las siniestras redes de la Fuerza Quds y de sus servidores terroristas clandestinos de Hezbolá?

Lo de Rohani será un desafío lleno de  turbulencias. Nacido en 1948, proviene de una familia religiosa y se preparó como clérigo en la ciudad de Qom, lugar donde fue ganado para la causa de Jomeini. Activista muy joven en la lucha contra el régimen del Shá, fue varias veces encarcelado antes de la revolución de 1979. Al igual que Jomeini, se exilió en Francia, no en un país de mayoría islámica. Los fundamentalistas, antes como ahora, son astutos: se graduó en una universidad de Glasgow,  en Escocia. Pero las credenciales “reformistas” de Rohani deben ser observadas con cuidado, al igual que su posición teóricamente moderada. Ha sido un cuadro jerárquico del régimen: secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional (CSSN) entre 1989 y 2005 (otra vez, durante los atentados terroristas de 1992 y 1994 en la Argentina). Los perfiles que los analistas de servicios de inteligencia occidentales han trazado de Rohani no lo describen como reformista de manera fehaciente. Como cabeza del CSSN dirigió al equipo negociador iraní en el diálogo con la comunidad internacional, aún en curso.

También es cierto que Rohani ha auspiciado algunos planteos comunes con las ideas reformistas de quienes el sector ultramontano más duro denomina “corriente sediciosa”. Eso le significó a Rohani la simpatía de ex presidente Mohammad Jatamí, un reformista resuelto, así como el de los pragmáticos, antes referenciados en Akbar Hashemí Rafsanyani. Rohani tuvo la ventaja de ser el menos intimidatorio ante una patrulla de candidatos ultraduros. Lo votó la clase media en bloque, mientras que los “horribles” fragmentaron los votos del pueblo conservador tradicional.
Hay mucha gente en Irán harta con un régimen que ya tiene casi 35 años y no logra sacar al país del aislamiento y la condena internacional. Son millones de iraníes a los que les apetecería vivir en un país más abierto, moderado y liberal. Rohani estaría dispuesto a liberalizar la estrangulada economía, en procura de una sociedad más libre y con mejores relaciones con Occidente. Pero no será gratis, ni fácil, como lo demuestra el caso de la impresentable movida argentina para pactar un “entendimiento” que nadie con poder avaló ni apoyó en Irán. El iraní es un régimen fuerte, pétreo y muy abroquelado en la alianza entre el clero y el poderoso aparato militar y de inteligencia. Esa gente no juega juegos. El Líder Supremo está para eso: Jamenei es la garantía de la inmutabilidad.

Del pacto con la remota Argentina de Cristina Kirchner y Héctor Timerman nadie habla y a nadie le interesa. De hecho, en su reciente aparición días atrás, el vocero de la cancillería iraní, Sayed Abbas Aragcho, reiteró la doctrina oficial de Teherán: el atentado contra la AMIA fue realizado por Israel para envenenar las relaciones de la Argentina contra Irán. A diferencia de otros jerarcas de la casta dirigente, Rohani pareciera haber concluido que el programa nuclear de su país tiene un costo demasiado alto y convendría reformularlo. Propone “una interacción constructiva con el mundo”, pero ha sido él quien durante años fue el rostro del régimen en su cruzada nuclear. Hay un cierto cambio de retórica, pero no mucho más. Lo esperan y lo observan figuras poderosas y poco conocidas, que junto a Jamenei conducen al país.

Desde una óptica argentina, conviene tener en cuenta que según el ex oficial de los servicios de inteligencia iraníes Abolghasem Mesbahi, que huyó de Irán a finales de 1990, la decisión de lanzar el ataque contra la AMIA la tomó en agosto de 1993 un comité de operaciones especiales supeditado al CSSN en agosto de 1993. Fue en 2006 que Mesbahi prestó testimonio de que Rohani, entonces secretario del CSSN, era también miembro de ese comité especial que ordenó el ataque contra la AMIA, el Líder Supremo Jamenei dirigía ese comité especial, y junto a Rafsanjani tomó la decisión final de seguir adelante con la operación.

La foto de Timerman interrogando en Irán a los acusados por la Argentina, por ahora no podrá ser tomada.



Pepe Eliaschev